Removió Roma con Santiago buscando el audífono perdido. Siguió todos los pasos que había dado desde primeras horas de la mañana, escudriñó hasta el más olvidado rincón de su casa, llamó a un pariente que sabía poseedor de un detector de metales y del que ... se había burlado más de una vez viéndole sacar alguna moneda de las arenas de la playa tras toda una tarde con el pitito del detector para arriba y para abajo. Mas el dicho detector en su casa no dio con el audífono, y no paró de detectar cosas extraviadas, una cucharilla bajo el frigorífico o un alambrito enredado en la pata trasera de un sofá de tres plazas que al moverlo denunció la poca profesionalidad de la señora de la limpieza. Del audífono perdido, nada.
Aquella noche estuve insomne, planificando la mañana del día siguiente, lunes. En primer lugar, iría a por un audífono nuevo, luego a la tertulia para tomar café con los cuatro de siempre y enterarse de la misa la mitad. Como siempre. Y para celebrar su medio apagón informativo se acercaría al sitio ese nuevo del que le habían hablado, el del atún preparado de maneras diferentes. Todas con la letra 't' por delante, tartar, tataki y otras maneras de estropear el atún de almadraba, el de derecho. Pero al audífono perdido no dejaba de darle vueltas.
Vueltas como las de ese aparatejo con pinta de robot achatado y redondo de nombre flamenco, el roomba. Inocente en apariencia, pero más listo que el hambre. Lo acababa de poner en marcha, como todas las noches, para que recogiera los pelos del perro, que parecía con tanto soltar pelo que estuviera espelechando. El aparato iba de un lado a otro a su bolo, porque se ve que son inteligentes y hasta se ocupan de los rincones, de los bajos de los muebles y de recoger todo lo recogible que en un piso de señor mayor algo descuidado pudiera haber, hasta el audífono que se había tragado el día anterior mientras cumplía obedientemente con su trabajo de recoger los pelos del perro y todo lo que por el suelo se encontraba tirado, hasta el audífono se tragó el robot rastrero al paso vertiginoso y eficaz de su implacable girar.
A altas horas de la noche, en mitad del insomnio del medio sordo y en su silencioso deambular por la casa, asomó el robot su redondez por el dormitorio cuando el hombre estaba trasvelado, sentado en el borde de la cama con el pijama puesto. Le había hecho siete nudos a un pañuelo pensando en el audífono extraviado, y en el momento de la robótica aparición empezaba a recitar la cantinela esa de san Cucufato, san Cucufato, los cojones te ato y no te los desato hasta que encuentre el puñetero audífono. El aparatejo pareció incluso que detuvo su deambular por un momento, el hombre le miró y aseguraría que le sonrió, de no ser porque le tomarían por loco o, lo que es peor, que estaba chocheando. Se levantó como medio centímetro del suelo, el robot limpiador, no el hombre, que ya tenía el pijama puesto y con su edad no estaba ya para dar saltos. Volvió el robot limpiador a girar con un sonido como gutural, como queriendo hablar, y expulsó de sus fauces cepillantes el audífono, limpio como una patena. Ahí lo tienes, creyó escuchar el hombre, que recogió el audífono y temeroso de Dios y de las nuevas tecnologías apagó el robot Roomba 05 Plus. Quería dormir tranquilo. Sin sobresaltos.
(0)Comments