A cuento de lo que estamos viviendo –terremotos, incendios, entradas masivas, falta de soluciones económicas y sociales, indefensión ante los intransigentes...–. Sabed –sepamos– que la ... paciencia también tiene un límite. Hay algo que la política y la Administración pública parecen haber olvidado con demasiada frecuencia: el ciudadano –tú y yo, nosotros– no está para esperar eternamente a que quienes gobiernan hagan aquello para lo que han sido elegidos y aquello que las leyes les obligan a ejecutar.
Con demasiada asiduidad –¡intolerable!– nos piden paciencia. Paciencia cuando no contestan. Paciencia cuando un expediente se eterniza. Paciencia cuando una solicitud queda olvidada en algún despacho. Paciencia cuando nadie sabe decirnos quién es responsable –«es de otro departamento»– Paciencia cuando los datos son contradictorios. Y paciencia, otra vez, cuando después de meses tenemos que volver a empezar el proceso –olvidado a conciencia–.
La calma puede ser comprensible ante una dificultad puntual. Lo que no puede convertirse en normalidad es que la ineficacia administrativa termine siendo asumida como algo inevitable. Porque detrás de cada expediente hay una persona, una familia, un negocio o un problema que necesita una respuesta.
Aquí está una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: se exige al ciudadano que cumpla escrupulosamente sus obligaciones, mientras algunas Administraciones parecen considerar los plazos y las respuestas como algo negociable.
Si nosotros no pagamos un impuesto a su vencimiento, existen consecuencias. Si no presentamos una documentación cuando corresponde, podemos sufrir sanciones. Sin embargo, cuando es la Administración quien se retrasa, escuchamos con demasiada frecuencia las palabras mágicas: «está en trámite».
Los cargos políticos y administrativos deberían recordar que ocupar un despacho público no concede privilegios frente al ciudadano. Al contrario: implica una responsabilidad mayor. Gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras, anunciar proyectos, publicar fotografías o mantener el «tú más». Gobernar también –además– consiste en atender los problemas pequeños, aquellos que no salen en los periódicos y que no generan titulares.
Lo repito: una democracia no se mide únicamente por votar cada cuatro años. También se mide por la capacidad para responder, justificar sus decisiones y tratar a los ciudadanos con igualdad y respeto. Y, sobre todo, sin cuentos de «iluminados».
(0)Comments