No he seguido in situ el juicio a Lindsay Clancy en el Tribunal Superior de Plymouth, Massachusetts, ya me hubiera gustado, pero todo el mundo ha podido acercarse al estrado a través de la prensa norteamericana, dividida, como el país, entre los que consideran que es un monstruo, y que merece ser castigada por ello, y los que creen a la defensa y la exculpan porque padecía algún trastorno mental provocado por su depresión posparto. Lindsay estranguló con una goma de gimnasia a sus tres hijos, el más pequeño de ocho meses, en el sótano de su casa. El juicio ha sido declarado nulo por 11 a 1. Solo uno de los miembros del jurado se oponía a que se la absolviera.
Pero no traigo aquí un juicio paralelo a Clancy sino el asombro por la cerrada defensa feminista, que no conoce lo que el jurado sino que actúa con los mismos o con menos elementos que el que esto escribe. El caso, de tan mediático, se convertirá en una serie, en uno de esos documentales sobre el «true crime» tan a la moda. Quién sabe si en una película en la que Meryl Streep hará de abuela, si es que hay alguna abuela en este guion, y con Jodie Foster de abogada. El Hollywood guay.
Resulta que el debate público destapa que existen madres que matan a sus hijos. No solo hombres. También mujeres. ¡Y no lo sabíamos, y eso que sucede desde antes de las tragedias griegas! Un sector feminista se manifiesta a través de las redes en España, no ya en Estados Unidos, porque la señalada es una mujer que padecía depresión posparto. Los hombres que adujeron brotes sicóticos que se pudran sin más en la cárcel. Hay una decena de mujeres cumpliendo Prisión Permanente Revisable en España por matar a sus hijos. Cristina Rivas, por drogar y asfixiar a su pequeña de cuatro años; Ana Sandamil hizo lo propio con Desirée, de 7 años... Nombres que no coparon portadas ni fueron centro literario, como José Bretón.
Nos quedamos sin saber qué pensaba Gloria Steinem, el icono feminista que murió esta semana, tan divina como culpable, sobre este caso que se ha convertido en bandera ultrajada. Ligar el veredicto social sobre el asesinato de unos niños con ser más o menos feminista es de una frivolidad excesivamente morada. Convertir, con solo mencionarlo, la depresión posparto en un atenuante no es más que otro crimen mediático que ciega a la Justicia. Puede que Lindsay Clancy sea inocente, no tengo idea, pero desde luego no lo son aquellos/as que la defienden solo porque se ha unido en la ecuación mujer y salud mental.
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