Esta mañana estaba yo sentado en el parque haciendo una de las cosas que más me gusta como es no hacer nada, cuando lo vi. ... Era uno de esos locos bajitos que decía Serrat tratando de caminar. Sus esfuerzos eran tan encomiables, tan grande su persistencia en el fracaso, que daban ganas de levantarse a darle un abrazo.
Resultaba casi divertido ver cómo alargaba una de sus piernas de lechoncillo tanteando indeciso antes de venirse abajo estrepitosamente. Pero el enano, valiente y tozudo, no desistía en su empeño. Volvía a levantarse apoyándose en las dos manos y de nuevo intentaba dar su primer paso, los brazos en alto como buscando una manilla donde agarrarse en caso de emergencia antes de volver desmadejado al suelo igual que un gavilán desplumado.
Por suerte todo esto ocurría en la arena de un parque infantil y su madre, ángel guardián, acudía veloz a socorrerle.
-Es que es un poco torpe- se excusó al ver que los observaba.
-Oh, no –dije un tanto avergonzado-. En realidad esto del andar es bastante complicado. Necesitamos casi dos años para lograrlo.
Le pregunté a la «lista».
-Mire lo que dice la IA.
Me observó desconfiada sin saber muy bien en qué grupo de majaras encuadrarme. Al final accedió con una media sonrisa. Loco sí, pero no de los peligrosos debió de pensar.
-Para dar un solo paso, los glúteos mayor, medio y menor son clave para estabilizar la pelvis y propulsarla hacia adelante. Los flexores de la cadera, como el psoas ilíaco, levantan la pierna. En el muslo, los cuádriceps extienden la rodilla, mientras que los isquiotibiales la flexionan y desaceleran el movimiento. Finalmente la pantorrilla, los gemelos y el sóleo empujan el suelo mediante el talón de Aquiles y el tibial anterior eleva el pie junto con...
-Visto así, no me extraña que mi pobre hijo se haga un lío y se caiga si tiene que pensar en todo lo que debe accionar y, además, en un orden preciso.
Cogió al niño en brazos y se despidió con una medio sonrisa. Me entraron ganas de preguntarle si sabía cuántos músculos intervenían en algo tan necesario como la sonrisa. Pero no me atreví, claro. Mientras la veía alejarse con paso grácil y atlético, no pude dejar de pensar en el año y pico que aquella mujer había necesitado de aprendizaje, caídas y chichones y llantos para lograr caminar de aquella manera no exenta de un ligero bamboleo de caderas, como si lo hiciera por la cubierta de un barco en alta mar: la eficacia, comprobé, no va reñida con la sensualidad, sino todo lo contrario.
Mientras me dirigía hacia casa tratando de no pensar qué músculo tenía que accionar para levantar el pie derecho sin que tropezara con el izquierdo o, lo que era peor, que a los dos les diera por levantarse del suelo a la vez, me dije cuán infinitamente más complejo era aprender a amar cuando después de toda una vida de ensayo y error, de caídas y recuperaciones, seguíamos rompiéndonos universalmente la crisma de aquella manera tan patética. Amar no sólo a la parienta sino al pariento del piso de abajo, al del otro lado de la frontera, al que intenta caernos bien y no soportamos, al chino de la tienda que siempre está de mala hostia…
¿Cuántos músculos y tendones y huesecillos microscópicos del corazón serán necesarios poner en marcha para aprender a amar?
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