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Un vecino estresante, por Antoni Puigverd

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Nadie esperaba el cisne negro de Ceuta, a pesar de que era perfectamente previsible. Buena parte de la mitad norte de África está devastada por las sequías (el cambio climático se manifiesta allí desde hace años) y por conflictos entre facciones en los que a menudo intervienen ejércitos depredadores: los mercenarios rusos de Wagner, terroristas de Estado Islámico y otras corrientes armadas radicales, pero también potencias emergentes como Turquía o grandes imperios como China. Los jóvenes de los países del Magreb y del Sahel sueñan con huir y poner rumbo al norte. Al paraíso europeo. Los estados del Magreb funcionan (aunque, claro está, no democráticamente). Sus economías están creciendo. Aun así, regímenes del estilo de Marruecos necesitan las divisas que envían sus emigrantes. Ahora bien, si la situación de los jóvenes marroquíes es crítica, la de los habitantes del Sahel es desesperada. Hablamos sobre todo de una franja de transición entre el Sáhara y la sabana que va del Atlántico hasta el mar Rojo: Mauritania, Senegal, Mali, Burkina Faso, parte de Níger, del Chad, Sudán y Eritrea. Países a los que hay que sumar, por semejanzas climáticas y estructurales, zonas de Nigeria, Camerún, Gambia, Guinea, Sudán del Sur y Somalia. La revista Limes de geopolítica ha bautizado toda esta zona de África con el nombre de Caoslandia, de explícita significación. Los estados fallidos son el terreno ideal para mafias, guerrillas y mercenarios al servicio de potencias extranjeras, que tienden a depredar las riquezas del territorio. La vida humana carece de valor allí y, por ello, las rutas hacia Europa son, a la vez, una necesidad (huir del caos) y un gran negocio para quienes mercadean con los migrantes. Desde la fuga de Afganistán (todavía con el demócrata Biden), las élites americanas saben que controlar el mundo en solitario tiene un coste insoportable. EE.UU. se ha desgastado hasta dejar desamparada a su propia ciudadanía. Trump y Biden coinciden en el cambio de rumbo: Norteamérica abandona las riendas del planeta para centrarse en el continente americano. Que Trump, en un error estratégico que contradice su programa electoral, se haya dejado arrastrar por Israel a una guerra contra Irán, de difícil salida, no invalida el hecho principal: el deep state norteamericano cree que es mejor delegar en 'estados corsarios' el objetivo de mantener el orden. Uno de estos estados es Marruecos. Para contener a Caoslandia en el Atlántico norteafricano, el papel de Marruecos es esencial. Y tiene premio: el Sáhara español, armamento ultramoderno y ayuda para el desarrollo tecnológico. Marruecos trabaja en un dron de lucha antiterrorista que puede ayudarle a dar un salto industrial importante. Si Turquía es la potencia imperial emergente en el Oriente mediterráneo, Marruecos, a menor escala, se propone imitar ese papel en la confluencia del Mediterráneo con el Atlántico. El puerto de Tánger y el que pronto se inaugurará en Nador plantean una opa a la actividad portuaria española y, al mismo tiempo, permitirán desarrollar parques empresariales colosales que estrangularán la actividad de Ceuta y Melilla. Más que asaltar Ceuta y Melilla, Marruecos usará estas ciudades para estresar a España Más que asaltar Ceuta y Melilla, Marruecos usará estas ciudades para estresar a España. Como vemos en Ceuta, el otro gran factor de estrés es la llave de paso migratoria, cuyo control también es marroquí. Francia, respetando el santuario de ETA, hizo algo parecido durante años. Como es habitual, la derecha no ha reaccionado con patriotismo, que implicaría favorecer un pacto de estado en una hora tan crítica. Lee también Elogio del sentido del deber Antoni Puigverd El trauma de Ceuta está arruinando las últimas reservas de Sánchez, el odiado: tal perspectiva entusiasma a amplios sectores mediáticos y políticos, que abanderan una reacción nacionalista. Pero cuando Sánchez caiga, el nuevo gobierno, previsiblemente de PP-VOX, deberá lidiar con el poder estresante que las circunstancias geopolíticas conceden a Marruecos. El PP logrará decapitar finalmente a Sánchez, pero la coalición con Vox reproducirá en el interior del gobierno el mismo esquema que vemos en el interior de España: una corriente nacionalista (Vox) escandalizándose ante las concesiones pragmáticas que, por responsabilidad, Feijóo tendrá que hacer al estresante vecino.
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