Hay una frase que se repite con frecuencia entre quienes practican ejercicio de manera regular: «Cuando termino de entrenar me siento mucho mejor que cuando empecé». Lejos de ser una simple percepción, esa sensación tiene una explicación biológica. Nuestro organismo pone en marcha un complejo sistema de respuestas químicas en el que las endorfinas desempeñan un papel protagonista. Estas hormonas, conocidas popularmente como las «hormonas de la felicidad», no solo mejoran el estado de ánimo, sino que pueden convertirse en una herramienta clave para crear y consolidar hábitos físico-deportivos duraderos.
Las endorfinas son neurotransmisores producidos por el cerebro y la hipófisis que actúan como analgésicos naturales. Se liberan especialmente durante la actividad física, reduciendo la percepción del dolor y generando una sensación de bienestar, calma y satisfacción. Este fenómeno explica por qué, tras una caminata, una sesión de fuerza, un partido de pádel o una carrera, muchas personas experimentan una especie de recompensa emocional que las anima a repetir la experiencia.
Sin embargo, construir un hábito deportivo no depende únicamente de una descarga hormonal. Las endorfinas funcionan como un refuerzo positivo dentro de un proceso más amplio. Cuando una persona asocia el ejercicio con emociones agradables, aumenta la probabilidad de que vuelva a practicarlo.
La evidencia científica muestra que actividades moderadas, practicadas de forma constante, también estimulan la producción de endorfinas. Caminar a paso ligero, montar en bicicleta, nadar, bailar o practicar yoga pueden generar ese efecto de bienestar. Lo importante no es la intensidad puntual, sino la regularidad.
Aquí aparece uno de los mayores desafíos de nuestra sociedad. El sedentarismo se ha instalado en la rutina diaria debido al trabajo frente a pantallas, los desplazamientos en vehículo y el ocio digital. Esperar a «tener ganas» de hacer ejercicio suele ser un error, porque la motivación muchas veces llega después de empezar, no antes. Además de las endorfinas, el ejercicio favorece la liberación de dopamina y serotonina, sustancias relacionadas con la motivación, el aprendizaje y el equilibrio emocional. Este cóctel neuroquímico ayuda a combatir la ansiedad, mejora la calidad del sueño y aumenta la capacidad de concentración. Por eso, el deporte no solo fortalece músculos y corazón; también fortalece la salud mental.
Crear un hábito físico-deportivo implica diseñar un entorno que facilite la constancia. Fijar horarios estables, elegir actividades que resulten agradables, comenzar con objetivos alcanzables y celebrar los pequeños progresos son estrategias mucho más eficaces que depender de la fuerza de voluntad.
En la edad adulta y en las personas mayores las endorfinas desempeñan un papel protector. Mantener una rutina de actividad física ayuda a preservar la autonomía, reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas y contribuye a un envejecimiento más saludable y optimista.
En definitiva, las endorfinas no son una solución mágica, pero sí un poderoso aliado. Entender cómo responde nuestro organismo al movimiento permite cambiar la perspectiva: hacer ejercicio deja de ser una obligación para convertirse en una fuente natural de bienestar. El verdadero objetivo no es entrenar un día con intensidad, sino encontrar una actividad que nos invite a volver mañana. Porque los hábitos físico-deportivos no nacen de un esfuerzo puntual, sino de la repetición de experiencias que hacen sentir al cuerpo y a la mente que moverse merece la pena.
*Presidente de la Academia de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte de España
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