Opinión | El correo americano
Xabier Fole
Milo Yiannopoulos fue arrestado por los agentes del ICE. Puede que a muchas personas su nombre no les resulte familiar. Pero este comentarista británico se hizo muy famoso hace unos años situándose en la vanguardia de la derecha alternativa. Era un provocateur, salido de la escuela Breitbart, un medio especializado en la difusión de bulos, conspiraciones y discursos de odio. En aquellos tiempos, muchos se quedaban fascinados ante la presencia de un joven, en apariencia osado y locuaz, que compadreaba con miembros ilustres del supremacismo blanco y realizaba declaraciones incendiarias sobre las mujeres o la identidad racial. Les parecía muy interesante que un activista tan moderno, declarado abiertamente homosexual, se convirtiera en el portavoz de un movimiento que, entre otras cosas, lamentaba el colapso de la masculinidad, defendía la familia tradicional y denunciaba el totalitarismo de la ideología de género (¡el presentador Bill Maher lo llegó a calificar como 'un Christopher Hitchens gay!').
En aquel entonces ya se empezaba a otorgar cierta respetabilidad a quienes, en nombre de la libertad de expresión, generaban controversias para hacerse un nombre en la política, como si decir sandeces, solo por el hecho de que estas sandeces ofendieran a determinada gente, constituyera, en sí mismo, un gesto admirable o un discurso a tener en cuenta. Curiosamente, esta peculiar forma de entender la guerra cultural no concuerda con la posición que se manifiesta en las trincheras conservadoras, desde las cuales se señala constantemente el victimismo del otro bando. Si al ejercer el derecho a la igualdad uno no puede recibir un trato especial tan solo por haber padecido una discriminación histórica, convendría entonces no elevar tampoco la categoría de aquellos cuya única virtud fue sufrir una cancelación: ser en ocasiones injustamente censurados no significa que el material prohibido merezca un lugar entre los clásicos. Recurriendo a aquella frase tan manida atribuida erróneamente a Voltaire, una cosa es dejarnos la vida para que cualquier persona diga las idioteces que le venga en gana sin ser penalizada y otra muy distinta es hacer de esas idioteces una obra de arte imperecedera o un proyecto ideológico con pretensiones de gobierno.
Yiannopoulos había comenzado a distanciarse del trumpismo poniendo su talento al servicio de sus disidentes. Las discrepancias eran las mismas que amenazan con romper la coalición, las que nacieron de ese aislacionismo herido que promete regresar a una suerte de revolución traicionada. Pero el provocador, como algunos de sus nuevos aliados, obvió la regla indispensable del culto a la personalidad, que consiste en celebrar al líder incluso cuando desvaría (incluso todavía más cuando desvaría), y los fanáticos más leales decidieron entregar su cabeza como recompensa. La cuestión es que Yiannopoulos fue detenido y expulsado del país. Y ahora algunos recuerdan su apoyo a esa agencia policial, el ICE, para la cual pidió 'inmunidad total', que, según sus propias palabras, lo sometió a un trato humillante. Ahora Yiannopoulos condena 'la brutalidad' que antes esos hombres de la ley aplicaban a los otros. Confiesa haber estado muy asustado, que llegó incluso a derramar unas cuantas lágrimas. Y relata una escena degradante que nunca fue capaz de comprender cuando los protagonistas no eran más que daños colaterales.
El problema, sin embargo, no es la deshonestidad y la cobardía de Yiannopoulos. Lo verdaderamente grave es que estemos hablando de él. Por alguna extraña razón a este personaje se le concedió una autoridad en la esfera pública. Fue aupado y destruido, como tantos juguetes rotos de nuestra era de clicks y likes. Y ahora le vamos a reclamar sus contradicciones y sus esfuerzos fallidos, como si sus intervenciones públicas surgieran de un pensamiento coherente y de una seria inquietud intelectual, y no de la ambición de alguien que aspiraba a transformarse en una celebridad tras desentrañar el secreto del escándalo: su rentabilidad. La moraleja, sin embargo, a pesar de lo que pueda parecer, no es el consumo de la propia medicina, sino el insulto que supone su experiencia personal para aquellos que jamás ocuparon los titulares. Él todavía vale una entrevista. Su caída de caballo, ay. Su desencanto. Como si se tratara de un Platón de la web que regresa para descubrirnos Siracusa.
Mientras tanto, el cliché sigue perpetuándose en una prensa que ya no puede ignorar el ruido. Primero fueron a por unos y no dijo nada. Luego fueron a por otros y tampoco. Y ahora que fueron a por él…. dio una exclusiva sobre cómo los arrestados son tratados como si fueran miembros de una banda criminal. ¡Escándalo! 'Duele mucho más de lo que parece en televisión', le dijo a Piers Morgan. Es que el provocateur sigue buscando la complicidad entre esos espectadores que, por el momento, niegan la realidad, hasta que un día se indignan al comprobar que también forman parte de ese colectivo deshumanizado que tanto despreciaban. n
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