A pesar de los intentos fallidos de defensa desde las fuentes oficiales o de las lecturas tibias de quienes en el fondo están de acuerdo con lo que sucede en el país, lo cierto es que acá, en el Nuevo Ecuador, el acoso a los periodistas continúa. Ese es el diagnóstico. No importa si antes había más o menos restricciones a los medios de comunicación y a quienes ejercen ese oficio. Ese no es el punto. Tampoco importa tanto si las formas que se utilizaban para acallar antes eran similares o distintas. No es el momento de las comparaciones. Ya habrá espacio para ello. Lo de fondo ahora es reiterar que las presiones siguen presentes y que no se las observa en situaciones aisladas, sino que, por el contrario, hay un patrón de conducta que busca silenciar a los más visibles pues de esa forma generar un "efecto derrame" hacia el resto.
Recientemente fue Gisella Bayona quien ha decidido dar un paso al costado. Su argumento es que prefiere la tranquilidad familiar a la tensión generada luego de una semana de fuerte acoso y ofensas de diversa naturaleza. Antes fue María Sol Borja. Su programa de televisión fue retirado por presiones de diversa naturaleza, políticas fundamentalmente. Hernán Higuera está también en la lista. Dejó la investigación de un mayúsculo escándalo de corrupción en el que el gobierno no tiene forma de evitar las responsabilidades pues su familia recibió los coletazos por su atrevimiento con el poder. Sobre el caso de Roberto Aguilar no es necesario abonar en detalles pues cualquier ciudadano medianamente enterado sabe lo que allí sucedió. Ahora mismo, Fabricio Vela, ha dejado su programa de televisión denunciando razones políticas para tomar esa decisión.
A lo relatado de forma escueta y absolutamente incompleta en cuanto a periodistas perseguidos, hay que agregar las denuncias no explícitas de varias salas de redacción que viven entre las permanentes llamadas oficiales que intentan modificar los contenidos de lo que se informa. Entre unos hechos y otros, es suficiente para tener una imagen de lo que es este país en términos de irrespeto a la opinión pública. Si todo lo que ha ocurrido hasta hoy no es suficiente, o tenemos un problema con la convivencia democrática o estamos tan atemorizados que preferimos callar. Pero es precisamente en esos momentos de dificultades con las libertades en los que es necesario salir a defenderlas, cada cuál desde sus espacios. Todos los lugares son valiosos y decisivos, ninguno pesa o influye más que otro.
Desde este sitial, por ejemplo, digo que lo que ocurre en este país ahora mismo nos acerca a lo que se vive en Nicaragua, Cuba o Venezuela. No hay exageración en este señalamiento. Acallar al periodismo no tiene signo partidista ni bandera ideológica. Los de derecha y los de izquierda, distantes en otros aspectos, son similares en sus intentos de silenciar las voces disidentes. Hacia eso vamos en este país y las pruebas están ahí expuestas. Si aún hay dudas, basta ir a índices internacionales, como los de Reporteros sin Fronteras, V-Dem o Freedom House y en cualquiera de ellos es posible observar la situación del país respecto a los demás de América Latina. No hay mucho espacio para dudar de que lo que ocurre acá sigue, paradójicamente, el camino que se pretendía evitar.
Afortunadamente, aún quedan espacios para evidenciar el malestar ciudadano y esos, contrariamente a lo que los gobiernos irrespetuosos suelen creer, no se los puede censurar ni amenazar con retirar la pauta oficial. Esos espacios son las conversaciones de boca a boca, las de lo cotidiano, las del ciudadano de a pie. Las tertulias del almuerzo familiar o las reuniones de amigos. El intercambio de ideas entre estudiantes, el debate puntual de compañeros de oficina o el comentario punzante del más enterado de los trabajadores de la fábrica. Todo sirve. Frente a eso, ni el más amplio despliegue de inteligencia militar o policial es capaz de contener los malestares. En esos espacios, en los que no hay micrófono de por medio, el descontento avanza a pasos agigantados. No importa que no se exprese en movilizaciones sociales. La molestia ciudadana ya encontrará otros medios pata evidenciarse.
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