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Roger Senserrich

Prohibido aparcar

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El urbanismo, en el fondo, es un problema de geometría. Hablamos de la ordenación del espacio, sobre el uso del suelo; de qué podemos hacer con el único bien en una economía del que no podemos producir más. Las ciudades tienen la superficie que tienen y, salvo extravagantes proyectos intentando ganar terreno al mar, tienen que apañarse con ese espacio. Dadas las enormes ventajas y beneficios de trabajar o vivir en el centro de Madrid, Barcelona, Valencia o cualquier urbe española, más vale que usemos ese espacio de la mejor manera posible. El suelo urbanizado, tanto en España como en casi todo el planeta, dista mucho de operar con lógica de mercado. Esto no es porque sea un bien especial que opere fuera de la lógica de los libros de economía, sino porque suele estar extraordinariamente regulado, con los gobiernos (municipales, autonómicos, nacionales) estableciendo toda clase de leyes, ordenanzas, planes y restricciones sobre su uso. Aunque como izquierdista de pro soy amigo y aficionado a las regulaciones, lo cierto es que, en cuestiones de eficiencia y planificación económica, ni políticos ni burócratas suelen ser demasiado competentes tomando decisiones. Y el urbanismo no es una excepción. Las ciudades tienen que resolver dos cuestiones fundamentales. Por un lado, qué permiten hacer en los espacios privados, es decir, qué puede uno construir en un solar. Aquí, como he dicho otras veces, soy de la opinión de que el propietario de un terreno suele tener mejor criterio que el concejal de urbanismo sobre estos temas, y que (vistos los precios) seguramente es buena idea dejar que construyan mucha vivienda. Mover a mucha gente En paralelo, debemos resolver cómo configuramos el espacio público, es decir, calles, plazas y demás sitios por donde nos movemos, y cómo los conectamos con espacios privados. En un lugar como el centro de Madrid o Barcelona, ese espacio debe tener en mente la necesidad de mover a mucha gente. Hay oficinas, lugares de trabajo y ocio; los desplazamientos son constantes. Es esa densidad, esa concentración de actividad, lo que hace que las ciudades sean atractivas, y debemos facilitar que esos espacios compartidos sirvan para integrar esos usos de forma eficaz y agradable. Porque una ciudad agradable es, por supuesto, parte del trabajo de nuestros responsables de urbanismo. Que por algo queremos vivir en ellas. Es en esta necesidad de mover personas que volvemos a ese problema de geometría. Tenemos calles, que son finitas. Cada metro cuadrado que dediquemos a infraestructura de transporte, además, lo hace en detrimento de otros usos privados seguramente mucho más atractivos, o espacios públicos agradables, que es algo que queremos. Con esto en mente, no es difícil ver que hay medios de transporte que son mucho más eficientes en su uso de espacio. Un coche normalito ocupa siete u ocho metros cuadrados, y suele llevar entre una y tres personas en un día bueno. Para llegar a cualquier sitio, exige una superficie asfaltada continua de más de dos metros de ancho. Una vez allí, aparcarlo no solo se come esos ocho metros cuadrados «muertos», sino un montón de espacio en viales y demás. Las infraestructuras que los llevan tienen la mala costumbre, además, de tener primero una capacidad bastante escasa antes de atascarse, y de ser incompatibles con el peatón, que no suele apreciar ser atropellado. Obsesión por los parkings subterráneos En comparación, una línea de autobús, tren o metro puede llevar mucha más gente que una calzada de autopista, en mucho menos espacio. Eso significa que puedes dedicar menos terreno a vehículos y mucho menos espacio a almacenarlos. Dado que el espacio es el bien más escaso y preciado en el centro de cualquier ciudad, la decisión natural de los responsables de urbanismo debería ser menos coches y más medios alternativos. En España, durante años, muchas ciudades han tenido la dichosa costumbre de, por un lado, obsesionarse con dar fluidez al tráfico de vehículos privados y, por otro, dedicar cantidades ingentes de recursos a crear lugares donde almacenarlos. Tenemos una desmesurada obsesión en construir aparcamientos subterráneos en el centro de nuestras ciudades, subvencionar su coste y, además, añadimos la mala costumbre de imponer mínimos de plazas de aparcamiento en edificios de nueva construcción. Por fortuna, algunas ciudades se han dado cuenta de que esto no tiene demasiado sentido. Barcelona, que tiene aparcamientos subterráneos en absolutamente todas partes, ha tomado la decisión de eliminar regulaciones que exigían que las viviendas y centros comerciales de nueva construcción tuvieran un mínimo de plazas para coches, para imponer máximos. Y tiene todo el sentido del mundo: no podemos añadir más calles sin demoler media ciudad, así que no podemos tener almacenes de vehículos en todas partes. Madrid, Valencia y Zaragoza han tomado tímidas medidas en la misma dirección. La decisión obvia, sin embargo, es seguir el ejemplo de Barcelona, o ir incluso más allá: menos aparcamientos y, en los existentes, hacer que reflejen su coste real; es decir, que sea caro aparcar en el centro. Porque esa plaza de garaje y las calles que llevan a ella podrían estar siendo destinadas a algo mucho más productivo o agradable que a dos toneladas de metal durmiente.
Prohibido aparcar
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