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2027: sumar votos o construir identidad

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La elección de 2027 todavía no comienza formalmente, pero la carrera política ya está a todo lo que da. El 10 de septiembre iniciará el Proceso Electoral Federal 2026-2027 y el próximo 6 de junio los mexicanos acudirán a las urnas para renovar las 500 diputaciones federales, además de miles de cargos locales. Las precampañas federales serán del 4 de enero al 12 de febrero y las campañas del 4 de abril al 2 de junio. Estarán en juego 17 gubernaturas, congresos estatales y cientos de ayuntamientos: será el primer gran examen electoral del gobierno de Claudia Sheinbaum y la primera medición rumbo a 2030. El tablero partidista no será el mismo de 2024; Morena, PAN, PRI, PT, Partido Verde y Movimiento Ciudadano competirán, pero se sumarán dos nuevos partidos nacionales: PAZ y Somos México, registrados por el INE en junio pasado. La magnitud de la elección explica la anticipación. La Lista Nominal ya supera los 101 millones de ciudadanos y el INE estima que para 2027 serán más de 102 millones los electores. Para Morena y sus aliados, será la oportunidad de demostrar que el respaldo obtenido en 2024 puede mantenerse aún con el desgaste propio del gobierno, mientras que para la oposición será la posibilidad de volver a figurar en el mapa político nacional. En este contexto destaca el llamado de Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, para construir una alianza opositora; Alito ha planteado que unidos podrían disputar hasta 12 de las 17 gubernaturas en juego. La lógica priista es evidente: después de los resultados de 2024, el partido necesita detener su retroceso y conservar presencia territorial. Pero hay una pregunta inevitable: ¿la alianza es igual de redituable para todos sus integrantes? Las encuestas ayudan a entender la urgencia del llamado, una medición nacional de Buendía & Márquez para El Universal, específicamente sobre la elección de la Cámara de Diputados de 2027, coloca a Morena con 39 por ciento de intención de voto, seguido por PAN con 11 por ciento, PRI con 10 y Movimiento Ciudadano con 9 por ciento; más abajo aparecen el PVEM con 6 y el PT con 3 por ciento, mientras 22 por ciento no declara preferencia. La experiencia de 2024 obliga al PAN a ser cauteloso, en aquella elección la alianza opositora obtuvo el 27.45 por ciento en la contienda presidencial, muy lejos del resultado de Claudia Sheinbaum. Después de aquella experiencia, el PAN comenzó a discutir la necesidad de recuperar una identidad propia y su dirigencia nacional ha mostrado reservas frente a una alianza nacional con el PRI, al grado de considerarla inviable. Con Movimiento Ciudadano el escenario es todavía más complicado; en 2024, Jorge Álvarez Máynez obtuvo el 10.32 por ciento de la votación presidencial, más de seis millones de votos. El dato resulta significativo porque el partido naranja consiguió esos resultados compitiendo solo y construyendo una identidad propia, ¿por qué compartiría una boleta con el PRI y arriesgar aquello que le ha permitido consolidarse? Pero los beneficios de una alianza opositora en 2027 no pueden desdeñarse por completo. En algunos estados, la división del voto opositor favorecerá a Morena: tres partidos compitiendo por separado pueden sumar más votos que el partido gobernante y, aun así, perder la elección. Una candidatura común podría convertir esa suma dispersa en un triunfo, además de que Morena llegará cargando con el desgaste de nueve años de gobierno. El problema aparece cuando la mirada deja de estar en 2027 y se coloca en 2030. Para el PRI, una alianza puede significar oxígeno político, gobiernos y diputaciones; para el PAN puede complicar la reconstrucción de una identidad propia, y para MC puede diluir el discurso que los ha presentado como una alternativa distinta. Una alianza puede ser electoralmente rentable y al mismo tiempo, políticamente costosa. La discusión de fondo no debería limitarse a si PRI, PAN y MC pueden ganar juntos, sino a qué quieren ser después de 2027. La oposición necesitaría algo más que sumar siglas: debería ofrecer candidatos, propuestas y una narrativa capaz de convertir el descontento en votos. Si el PRI pretende que la alianza solo sea la suma de partidos para repartir candidaturas, tal vez consiga algo, pero difícilmente construirá un proyecto de largo plazo. En política se pueden aprovechar las oportunidades de corto plazo pero sin perder de vista el futuro. Una alianza puede asegurar posiciones inmediatas, pero también puede desdibujar a quienes necesitan construir una identidad propia para la siguiente elección presidencial. Esa es la disyuntiva que enfrentan las dirigencias partidistas: ir aliados con el PRI para ganar posiciones o construir un proyecto para competir en 2030. Por Héctor Serrano PAL
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