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Javier López-Escobar

Nuevo curso

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El verano aún no ha terminado, pero septiembre ya huele a nuevo curso. La explosión de alegría del primer día de vacaciones ha ido perdiendo intensidad hasta convertirse en el deseo de volver a la rutina, de reencontrarse con los amigos del colegio o los compañeros de oficina y, por qué no, de envidiar un poco su bronceado. El estío suele propiciar el descanso y, con un poco de suerte, casi todos hemos logrado alejarnos durante unas semanas de las preocupaciones de un verano que comenzó con un Mundial de fútbol. Pero poco después arrasó montes y haciendas, y dejó varadas en el mar las vidas de muchos jóvenes desesperados, empujados hacia costas españolas por gentes sin escrúpulos. Ceuta en mi memoria y mi corazón. Atrás quedan el sosiego del pueblo, el olor de la vieja casa de la abuela —que nos devuelve a la infancia—, el mar o el prado: la verbena, los encierros y las noches de cielo estrellado. Todo ello cede el paso a los madrugones, los atascos, el trabajo, el ruido de los vecinos y las noches de firmamento umbrío, apenas distinguible entre las luces artificiales de la ciudad. El cuerpo tarda un tiempo en acostumbrarse de nuevo a vivir pendiente del reloj. Tras los largos días de verano, eternos para los niños, cuando el tiempo se mide por la temperatura de la arena, el hambre o la posición del sol, cuesta reconciliarse con las alarmas, las agendas, los calendarios y los horarios del metro, del autobús o de la fábrica. Por estas fechas, los informativos vuelven a mostrarnos las imágenes de cada año: retenciones en las vías de entrada principales, familias con las maletas preparadas emprendiendo el viaje de regreso, dejando atrás los juguetes olvidados en el jardín, las bicicletas apoyadas contra la tapia o la sombrilla aún cubierta de arena. Es la silenciosa resignación con la que niños y adultos regresan a su vida cotidiana. Los reporteros les preguntan por sus vacaciones y escuchan las respuestas de siempre. Mientras tanto, las cámaras muestran a los viajeros detenidos unos instantes junto a las palmeras del paseo marítimo o apoyados en el malecón que los separa del agua. Saben que en unos minutos partirán y tratan, casi sin darse cuenta, de grabar en su memoria cada rincón, cada forma, cada luz, cada aroma y cada sabor; el tono cambiante de los reflejos en la orilla y el rumor del oleaje. Miran los árboles, el cielo y las nubes con la secreta esperanza de conservar intactos esos recuerdos cuando el invierno ya sea una realidad. Dicen regresar renovados, quizá porque, en el fondo, intentan acumular dentro de sí la mayor cantidad posible de sol, como si pudieran almacenarlo para que les proporcione calor y belleza durante los meses venideros. «Cargar las pilas», lo llaman. Al volver, los pies descalzos olvidan poco a poco el contacto de la hierba, la arena o las baldosas frescas de la casa familiar, y regresan al encierro de los zapatos del colegio o del trabajo. El olfato todavía conserva la memoria del salitre, la crema solar, la sandía fresca o la tierra mojada tras una tormenta, mientras empiezan a imponerse otros aromas: el del papel nuevo, el de los libros sin abrir, el desinfectante de los pasillos o el café de primera hora. El final de las vacaciones se vive a menudo como una pequeña tragedia doméstica; sin embargo, encierra también la promesa de nuevos retos, el impulso de aprender, crecer, superar dificultades y seguir avanzando. Sirva esta reflexión como regreso a este espacio que tan generosamente pone a mi disposición El Adelantado de Segovia. Un regreso especialmente grato porque será precisamente durante este nuevo curso, dentro de pocas semanas, cuando se cumplan ciento veinticinco años desde que Rufino Cano de Rueda adquiriera la cabecera de El Adelantado («El espabilado», como le apodaba cariñosamente mi padre) y la convirtiera en diario vespertino, iniciando una trayectoria que ha acompañado la historia de nuestra provincia hasta nuestros días y que, confío, seguirá haciéndolo durante muchos años más, con Teresa Herranz de Contreras, bisnieta de don Rufino, al timón —porque también los periódicos empiezan cada cierto tiempo su propio curso nuevo—.
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