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María Cecilia

La belleza que destruimos

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La semana pasada, Xavier Marcet llegó a dar una conferencia en la Universidad de Lima. Su enfoque de gestión empresarial pone a la persona en el centro de la organización, entendiendo que el éxito económico y la rentabilidad son compatibles con el bienestar de los trabajadores, el desarrollo de sus capacidades y la generación de valor para la sociedad. Frente a modelos centrados exclusivamente en resultados financieros, esta corriente, muy en línea con el capitalismo consciente, promueve un liderazgo basado en la dignidad humana, la confianza, la ética, la colaboración y el propósito compartido. Marcet ha creado una fórmula para describir su visión de la forma correcta de hacer empresa: competitividad, porque sin resultados positivos una empresa dejará de existir; bondad, entendida como el respeto por las personas, colaboradores, proveedores, clientes y demás stakeholders; y belleza, cuál es el legado. Como no solo de acumulación de riqueza vive el hombre, Marcet usa como ejemplo a los Medici, la familia de banqueros y comerciantes que por siglos dominó la vida política, económica y cultural de Florencia. Su importancia no radica solo en el poder y la riqueza que acumularon, sino en su legado. Fueron grandes mecenas del Renacimiento y financiaron arte, arquitectura, ciencia, educación y cultura. Supieron transformar parte de su riqueza en algo que trascendió. Esto me llevó a pensar en el Perú. ¿Qué queda cuando el crecimiento económico y la rentabilidad de una inversión dejan de ser las únicas variables que importan? Pocas ciudades peruanas han logrado preservar su tradición y arquitectura. ¿Dónde quedó nuestra riqueza colonial y republicana? Antiguas casas de Lima dan paso a edificios de 40 pisos, con pequeños departamentos, desarrollados bajo la lógica de que el valor del terreno y la rentabilidad del proyecto pesan más que aquello que se pierde. Lima necesita vivienda y necesita densificarse. Pero densificar no significa destruir. El problema aparece cuando autoridades débiles (y corruptas), planificación deficiente y desarrolladores concentrados solo en maximizar el rendimiento de cada metro cuadrado no entienden el daño que generan. Poco importa la presión sobre los servicios de agua y saneamiento, en pistas y veredas, en la congestión, el malestar de los vecinos y, sobre todo, en la desaparición de aquello que una vez destruido no se recupera. No es solo Lima. Construcciones enormes frente a la laguna Huaypo y la pérdida de la identidad de los pueblos de la sierra, donde las tejas son reemplazadas por calaminas y hay construcciones inconclusas por doquier, son ejemplos de cuánto vale construir, pero no cuánto vale conservar. Muchas ciudades que admiramos entendieron la diferencia. Protegen el patrimonio urbanístico estableciendo restricciones para conservar el carácter de barrios enteros. Los edificios se remodelan por dentro, pero las fachadas no se tocan. Los parques mantienen su diseño original, como espacios públicos que invitan a una convivencia social. No porque estén en contra del crecimiento o de la inversión, sino porque comprendieron que el patrimonio, el paisaje urbano y la belleza generan valor. Nosotros, enfocados en el crecimiento económico y el rendimiento financiero, destruimos todo aquello que vamos a buscar en Europa. Una empresa puede ser rentable y empobrecer el lugar en el que opera. Una ciudad puede crecer y al mismo tiempo perder aquello que la hacía única. Competitividad y bondad no bastan si olvidamos la tercera palabra de Marcet: belleza. Porque la rentabilidad explica cuánto hemos ganado. La belleza dice algo mucho más importante: qué decidimos dejar cuando ya no estemos. *El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.
La belleza que destruimos
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