Nunca he ido a una manifestación. Jamás me he puesto detrás de una pancarta o he coreado gritos a favor o en contra de una ... causa. No lo digo orgulloso, ni mucho menos. Seguro que ha habido situaciones en todos estos años donde existieron razones más que suficientes para salir a la calle, para reclamar, para lamentar o para acompañar. Por lo que sea, yo jamás me he decidido a hacerlo. Por supuesto respeto al que sí lo hace. Es más, seguramente, actúe con mucha más conciencia solidaria que yo, pero en mi caso, hasta ahora, ha sido imposible sacarme a la calle.
Y veo complicado que la cosa cambie. Las manifestaciones pueden tener la mejor de las intenciones, pero yo les sospecho algo más. Un aprovechamiento político, bastante lógico por otra parte. Si uno protesta contra el poder, siempre habrá alguien dispuesto y encantado de asumir ese poder. En el caso de Ceuta, es evidente que la inmensa mayoría estamos frente a esa invasión, que uno no es racista por querer que su país tenga un buen control en sus fronteras y que sus servicios de inteligencia sepan advertir a tiempo de hechos como los que han sucedido. Pero convertir una manifestación de apoyo a un pueblo como el ceutí en una retahíla de insultos y cánticos ofensivos deja la cuestión solidaria en un segundo plano y pone en el primero el objetivo político. No digo que eso sucediera en Gijón, pero lo sentí en cierta medida en Madrid, donde la crispación ya está llegando a niveles importantes.
No voy a manifestaciones porque no me veo en el mismo barco que muchos de los que acuden a esas manifestaciones. Es una especie de de elección por descarte: si esta persona está en esta lucha, yo no quiero luchar al lado de esta persona. Me pasa incluso a la hora de votar. No me veo votando lo mismo que votan algunos con los que no me iría ni a apañar duros. Entonces, muchas veces se me acaban las opciones porque en todos los lugares ideológicos me topo con argumentos para no estar en ellos. Es un lío, te quedas sin opciones, pero lo siento así.
Sólo hay algo en lo que rompo totalmente con esta forma de actuar y de pensar. El fútbol: me da igual quien sea del Sporting. En ese caso, sería capaz de compartir colores con el mayor tirano del mundo, por suerte no hay noticias de que sea así, que jamás valoraría dimitir de mi militancia rojiblanca por ello. Incluso soy capaz de seguir cánticos iniciados por ultras con los que no me une absolutamente nada para que mi equipo meta un gol. Pero hasta ahí, ni más ni menos. A veces, no manifestarse es otra forma de manifestarse. Es como el silencio, que tiene mucho más significado que muchas palabras vacías. Estoy con Ceuta, con España y con la inmensa mayoría de los que pasado miércoles salieron a la calle. Con otros, ni a apañar duros.
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