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Mario Antón Lobo

Comercio

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En aquel tiempo Pepito Grillo llegó a la conclusión de que, suprimiendo la herencia, se alcanzaría la felicidad sobre la Tierra. De lo malo no exterminaba a la media humanidad discrepante, como otros. De lo bueno sus padres le dejaron unos ahorrillos. Ay, amigo: ¿a ti te pueden dejar algo y a los demás nada? No se sabe el grado de coincidencia entre Pepito y Antonio Escohotado. Sí que este se planteó lo de 'la propiedad es un robo y el comercio su instrumento'. Resultado: los tres volúmenes del 'Los enemigos del comercio'. Después de este trabajo, casi una historia universal, se comprende que todavía algunos terrícolas se anden por la Edad de Piedra, otros por la Edad Media y otros, el primer mundo, se vea rodeado de confort, por mucho que no pueda erradicar la injusticia, el sufrimiento, o que políticos astutos se encaramen al poder. La clave: el comercio. El comercio empezó cuando aquel siervo de la gleba se la jugó huyendo del feudo sobre un carrucho tirado por un jamelgo, sobreviviendo a bandoleros y soldadesca. Otro que lo vio se dijo: yo ofrezco más, mejor y más barato. De esta forma llegamos a Henry Ford con su Ford T o a Amazon. Los perdedores lamentan que esto no se quede parado en la República de Venecia o en el florecimiento de Ámsterdam. Pero nadie aseguró un buen negocio, menos un monopolio, para toda la vida. El que espabila gana. Por eso hay tanto funcionario. De lo cual resulta que nos quedamos sin autónomos. Esa gente amable que nos ponía los productos a pie de calle, nos encendía luces y colores en invierno y nos trataba con una amabilidad más o menos sincera. Nunca enfermaban, pocas vacaciones y reparto justo de la calidad, si no de la caridad, para que cada uno se satisficiera según su presupuesto. Ellos mismos dudan de que sus hijos estudiaran tanta filosofía, literatura, aprobaran oposiciones o se colocaran tan bien. En eso no se distinguen de labradores ni ganaderos, autónomos también. Las calles de las ciudades viejas mueren flanqueadas por escaparates ciegos, lunas blancas y letreros tristes: se vende, se alquila, liquidación por jubilación, cerrado. En el quicio de sus puertas se adumbra suciedad que ya nadie recoge por las mañanas. Las franquicias pizpiretas posadas en algunos huecos apenas resucitan la alegría antigua: tahona, churrería, relojería, ferretería, confecciones, fotografía, librería, lencería, zapatería, mantequería, ultramarinos, droguería, cordelería, ¡una cantina! Paisanos y turistas pasean el tontódromo. Con su aglomeración tapan las ausencias de tenderos. Todos resignados por haber vuelto de las grandes superficies. Conseguido. Ya estamos más cerca de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. Tres mentiras que la historia ha traducido en una democracia formal, donde los votos ratifican al tirano, eso sí, mediante un buen tratamiento demoscópico. Y nosotros que pensábamos que la democracia era buena porque deja cambiar al gobierno sin pasar por la guerra civil. El comunismo, que empieza con la envidia, sigue con la mentira y acaba en el asesinato, no necesita volver a matar a millones, de hambre, frío o huidos de las trincheras. Ahora compra mercados, puertos, y nos hace ver que sus productos, además de los únicos posibles, son maravillosos. Aunque algunos sigan danto la matraca con el gasto social y el bien común. Pepito Grillo duda si proponer la vuelta a la economía de trueque. Dudando, dudando ha envejecido y no sabe si la pensión dará para la residencia.
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