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Piedad Valverde

Piedad Valverde: Pertenencias

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En el hueco de las escaleras de mi casa tengo guardada una maleta de cartón piedra. En ella, escrito a lápiz y con una letra ... que el tiempo casi ha borrado, puede leerse: «J. Miguel». Esa maleta la llevó mi tío, hermano de mi madre, a Suiza en los años sesenta, siendo muy joven. No sé qué metería dentro. Quizá una camisa, un pantalón y una muda limpia. Hay una foto de aquella época en la que aparece él con unos calzones remendados. Parece ser que mi abuela pidió prestado para proporcionarle ropa decente. La maleta estuvo mucho tiempo en el desván de mis abuelos. Yo me la traje a La Rioja porque me dio lástima tirarla. Mi tío emigró a Suiza porque deseaba casarse y construirse una casa. En dos años consiguió ahorrar lo suficiente para realizar su sueño. Tuvo más suerte que otros vecinos del barrio, que pasaron décadas separados de sus familias y solo podían verlas durante las vacaciones, porque la legislación del país helvético no permitía la reagrupación familiar. A día de hoy, Miguel, con casi ochenta años, continúa rememorando aquella aventura, especialmente el frío y la oscuridad propios del norte de Europa. Más de una vez le he oído relatar cómo se helaba la mezcla de hormigón y que había que golpearla con el palustre. Mirando aquella vieja foto, me pregunto qué impresión les causaría mi tío a los ciudadanos suizos, con su piel quemada por el sol implacable de Andalucía y sus alpargatas desgastadas. Seguramente lo verían como un ser inferior que aceptaba cualquier trabajo. Esta pequeña historia familiar me viene a la cabeza con motivo de las personas migrantes que, desde hace un mes, recorren las calles de Ceuta. En la televisión los vemos cargados con bolsas similares a las que utilizamos para ir al supermercado. En alguno de estos reportajes el presentador del informativo se refería al contenido de esas bolsas como sus pertenencias. No sé cuántas cosas caben en una bolsa cuando lo que estás haciendo no es viajar, sino escapar de la miseria. Pero hay algo que sí sé: la tristeza con la que mi abuela despidió a su hijo. Imagino sus manos temblorosas mientras trazaba las líneas de aquellas dos palabras: «J. Miguel», con la pretensión de que no extraviara sus escasas pertenencias. Seguramente mi abuela desconocía la suerte que correría su hijo y lo vio partir con angustia e incertidumbre. La misma incertidumbre que sentirán las madres de los que, cada día, cruzan el Estrecho. Cuando escucho las palabras «invasión», «caza de migrantes» o «mano dura», pienso en mi tío Miguel. Y no se me ocurre un arma más poderosa contra el odio y el racismo que esa humilde maleta del hueco de la escalera. Porque en casi todas las familias hay una maleta, imaginaria o verdadera en la que algún antepasado (o nosotros mismos) metimos nuestras ilusiones en busca de prosperidad. Así que, y dicho sea de paso, rescatemos esas maletas de la historia de este país y dejemos un hueco en nuestro corazón para la solidaridad.
Piedad Valverde: Pertenencias
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