Como aclaraba el otro día por la radio el profesor Domingo Garí, sobre Canarias no se cierne un peligro marroquí de carácter militar. Ni siquiera corremos un riesgo importante como hipotético objeto de episodios de guerras híbridas, esa estratagema de intervención territorial, desestabilización política y alarma social que ha sufrido Ceuta y no por primera vez, al igual que Melilla: basta recordar el asalto de mayo de 2021, que le heló la sangre al Gobierno español.
Recuerdo perfectamente a un idiota de Podemos —no vale la pena ni recordar su nombre— que calificó lo ocurrido entonces como un incidente insignificante que no afectaría nada en el futuro. Pero ese futuro deparó, entre otras cosas, el reconocimiento por el Ejecutivo de Pedro Sánchez de la marroquinidad del Sáhara y el envío del Frente Polisario a las tinieblas diplomáticas.
No había pasado ni un año. En puridad no fue un acto gubernamental, sino una decisión personal de Sánchez plasmada en una carta a Mohamed VI que jamás se ha hecho pública. El presidente no informó a las Cortes, ni al Gobierno, ni siquiera a la dirección de su propio partido.
Es una de sus decisiones que más y mejor lo han retratado durante su mandato, un gesto autoritario y pueril a la vez, exactamente en las antípodas —en el fondo y la forma— de lo que demanda una política exterior.
Puede verse aquí lo chiquito que es Sánchez, su chulería engreída y estúpida, su desprecio al consenso, su nula responsabilidad política como gobernante.
Pues bien: esta enormidad no ha servido absolutamente para nada. Ha sido una suerte de gesto de apaciguamiento que, como todos los gestos para apaciguar y complacer a la monarquía marroquí, terminan siendo contraproducentes. No son entendidos como muestras de generosidad, sino como síntomas de debilidad vulnerable.
Por eso, desde una óptica canaria, es más preocupante lo que haga o deshaga el Gobierno español que lo que intenten las autoridades de Rabat.
Porque la estrategia política y diplomática de Marruecos es inequívoca y la llevan aplicando más de medio siglo, pero la imbecilidad española —y en particular la aturdida torpeza del presente Gobierno, que se corta al afeitarse, como un adolescente desmañado— puede resultarnos mucho más lesiva.
Al igual que a Pedro Sánchez improvisa ahora pedir a la UE que Ceuta y Melilla sean reconocidas como «regiones ultraperiféricas», mañana puede pretender tranquilizar para siempre a Marruecos acordando una mediana marítima que transforme a Canarias en un acuario de Mohamed VI o proponiendo que los valiosos yacimientos minerales de Monte Tropic, al suroeste de nuestro país, sean explotados conjuntamente por ambos estados.
¿No nos dejaron ya sin tomates y acabaron prácticamente con la flota pesquera canaria?
Presida el Gobierno Pedro Sánchez o lo haga Núñez Feijóo, Canarias y sus representantes políticos no pueden adoptar la postura pasiva del espectador más o menos interesado.
Este momento —lo que nos ha llevado al borde de una crisis de Estado— ha dejado claro que ya la política exterior de España es también política autonómica hasta el punto de que puede arruinarnos como comunidad.
Las competencias son del Estado, pero las consecuencias las pagamos todos, y respecto a las relaciones con Marruecos, Argelia y el Sahel, Canarias corre riesgos que pueden convertirse en existenciales en brevísimo tiempo.
Las prioridades deberían estar claras: mejorar la defensa militar del Archipiélago como región frontera del Flanco Sur, defender los intereses marítimos, económicos y mineralógicos de las islas con meridiana claridad en la negociación política y en la acción diplomática, acelerar los procesos en marcha de transición energética e invertir mucho más en investigación y desarrollo.
Cuanto más pujante, diversificada, productiva y eficaz sea nuestra economía, mayor será el peso político de Canarias y menos se deberá temer a cualquier expansionismo marroquí.
En esto, como en tantos aspectos de nuestra vida colectiva, las élites políticas, empresariales y académicas isleñas deben pensar, como los marroquíes, a largo plazo.
Reflexionar no para el próximo año, sino para la próxima década. Planificar no pensando en las próximas elecciones, sino en las próximas generaciones.
(0)Comments