El próximo viernes se cumplirán 25 años de los atentados terroristas en Estados Unidos. Diecinueve yihadistas suicidas ejecutaron un plan elaborado por Osama bin Laden y secuestraron cuatro aviones comerciales. Estrellaron dos contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y un tercero contra el Pentágono, mientras que el cuarto fracasó en su objetivo original –se especula que era la Casa Blanca o el Capitolio– porque el pasaje se amotinó y terminó estrellándose en un campo en Pensilvania. Una jornada trágica que cambió la historia del mundo y alteró la arquitectura de seguridad internacional.
Casi 3.000 personas perdieron la vida en aquellos atentados, de las cuales, unas 2.700 en Nueva York. Varios miles más resultaron heridas, sin contar a los millones de estadounidenses que sufrieron traumas psicológicos debido al gran impacto del suceso. Aún quedan casi 1.100 víctimas sin identificar, lo que equivale a cerca del 40% del total de personas que murieron en el ataque.
En una ceremonia conmemorativa que tendrá lugar en Manhattan el viernes, se volverán a leer en voz alta los nombres de las víctimas. Se guardarán siete momentos de silencio que coincidirán con instantes clave del 11-S, en homenaje a quienes fallecieron ese día o posteriormente por enfermedades relacionadas con su trabajo en la llamada zona cero, en medio del polvo, el humo y las sustancias químicas.
Los atentados marcaron un antes y un después en la historia de EE.UU. y del mundo
El presidente Trump, que quería pronunciar un discurso en el lugar, no asistirá al homenaje a las víctimas porque los organizadores, desde el 2012, lo han concebido como un acto sobrio apartidista, en el que los políticos no puedan hablar, y solo tienen voz los familiares, y por tanto no le permitirían intervenir. Enrabiado, Donald Trump ha hecho pública su pataleta negándose a asistir para presentar sus respetos y ha decidido ir al Pentágono, donde podrá explayarse con un discurso. Sí estará en la zona cero el actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, musulmán, inmigrante y socialista, lo cual ha provocado alguna división entre familias de las víctimas, algunas de las cuales se plantean no asistir.
El cerebro de los ataques del 11-S, Jalid Sheij Mohamed, considerado uno de los lugartenientes de Osama bin Laden y preso en Guantánamo desde el 2006 con otros tres acusados, será juzgado a partir del 5 de junio del 2028, lo que prueba la complejidad y dificultades para sentar a los acusados del atentado en el banquillo.
Los atentados despertaron a Occidente del sueño de paz y prosperidad en el que vivía después del final de la guerra fría y sacudieron el tablero geopolítico, con una guerra contra el terrorismo desatada por EE.UU. que ha contribuido al declive de su hegemonía global y ha coincidido con la pujanza de China, hasta dar forma al mundo escéptico con el multilateralismo en el que vivimos hoy. Y en este tiempo, Al Qaeda se ha transformado para seguir operativa, mediante la descentralización de una red que opera a través de varios grupos en diversos lugares del mundo con aspiraciones más amplias que la yihad.
La guerra contra el terrorismo desatada por Washington ha cambiado los equilibrios geopolíticos
La transformación posterior al 11-S abrió un debate en EE.UU. sobre los límites de las facultades gubernamentales en materia de seguridad y obligó a revisar la relación entre la prevención del terrorismo, la supervisión institucional, la privacidad, los derechos civiles y las garantías constitucionales. Ese equilibrio es aún hoy uno de los desafíos centrales de la política de seguridad estadounidense, particularmente ante la expansión de las actuaciones de inteligencia y vigilancia implementadas por la Administración Trump.
El 11-S erosionó el liderazgo global de EE.UU., desencadenó la llamada guerra contra el terrorismo, fracturó a la ONU y alteró los equilibrios geopolíticos. La posterior invasión de Irak y Afganistán dejó también una Europa dividida a favor y en contra de esas guerras, pero también la empujó a buscar su propia voz en materia de seguridad, además de alimentar una desconfianza hacia Washington que se ha disparado estos últimos años. EE.UU. se embarcó en unas guerras 'preventivas' que alimentaron un islamismo más violento y enturbiaron sus relaciones con Oriente Medio.
Muchos opinan que la victoria de Trump fue un producto del 11-S, porque afirman que no sería presidente sin la ayuda de medios sensacionalistas nacionalistas, con su retórica antiinmigrante e islamófoba y su crítica contra el establishment responsable de llevar al país a 'guerras eternas'. Pero ha acabado abrazando una dependencia excesiva de la fuerza militar, un desprecio por la diplomacia y una apuesta por el unilateralismo.
EE.UU. encara un mundo sobre el que ya no influye como hace 25 años, pero en el que sigue obligado a participar para salvaguardar sus intereses.
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