Ignacio Buse ha logrado una proeza: se ha ubicado en el puesto número 30 del ranking ATP, convirtiéndose en el tercer tenista peruano de la historia en estar ahí arriba.
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Aparte de eso, tiene un problema.
Es blanco. Peor todavía: es pelirrojo.
En algún rincón poco iluminado de las redes sociales, donde se resuelven con extraordinaria rapidez problemas que antropólogos, historiadores y genetistas llevan siglos estudiando, ambos rasgos han resultado suficientes para concluir que el joven tenista no representa realmente al Perú.
Este descubrimiento racial y antropológico presenta, sin embargo, algunos inconvenientes documentales.
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Para empezar, los Buse llevan bastantes generaciones siendo peruanos. Cuando Hans Walter Buse Antayo, bisabuelo de Ignacio, nació en Lima en 1891, faltaban todavía 115 años para que Jack Dorsey enviara el primer tuit y alguien pudiera finalmente explicarle que, por el apellido y probablemente por el pelo rojo, había nacido en el país equivocado.
El problema empeora para la causa del resentimiento una generación después.
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Eduardo Buse, abuelo de Ignacio, representó al Perú jugando tenis. También lo hizo su hermano Enrique. Ambos fueron figuras del tenis nacional en los años cuarenta y cincuenta. Eduardo llegó a disputar, por primera vez en 1942, el US National Championships, antecesor del actual US Open. La última vez que lo hizo fue en el 58. Un crack.
Los hermanos lo hicieron tan bien durante tanto tiempo que la cancha principal del Lawn Tennis de la Exposición terminó llamándose Estadio Hermanos Buse. El recinto se encuentra en Jesús María y lleva ese nombre desde 1948, cuando en el mundo recién empezaba la Guerra Fría.
Décadas después, Ignacio Buse jugó allí la Copa Davis defendiendo al Perú, generando una situación administrativamente complicada para la aduana racial: un peruano de apellido Buse que, según algunos, no representa al Perú, terminó representando al Perú en un estadio peruano llamado Buse en homenaje a otros dos Buse que representaron al Perú décadas antes que él.
Por la rama materna tampoco escasean las credenciales. Buse es nieto de don Gastón Acurio Velarde, probo exsenador y tenista cusqueño de larguísimo aliento; y sobrino de Gastón Acurio Jaramillo, entusiasta tenista aficionado que tuvo la prudencia de dedicarse profesionalmente a la cocina. Para tormento de algunos, la peruanidad de Buse parece resistir una auditoría genealógica.
A veces la historia se niega tercamente a colaborar con la histeria de las redes sociales.
Si es que el argumento pelirrojo, blanco o de ascendencia extranjera tuviera algún fundamento razonable, corresponde entonces ser consecuentes. Las redes tendrían que aplicar retroactivamente la nueva policía racial.
La tarea promete trabajo.
Habría que cancelar primero a Francisco Bolognesi. El héroe máximo del Ejército peruano nació en Lima en 1816, pero su padre era un violinista italiano nacido en Génova llamado Andrea, es decir, Andrés.
Demasiadas señales de alerta.
¿Prefería la pizza al cebiche? ¿Gesticulaba con las manos? ¿Tarareaba tarantelas? Conviene advertir de inmediato a las Fuerzas Armadas: llevan más de un siglo honrando a un peruano sospechosamente italodescendiente.
El expediente de Georges Antoine Chávez tampoco luce demasiado prometedor. Nació en París, era rubio, tenía ojos azules y murió a los 23 años al sobrevolar montañas europeas. ¿A quién se le ocurrió ponerle al principal aeropuerto del país el nombre de un peruano que nunca estuvo en el Perú?
Lo de Antonio Raimondi ya es francamente escandaloso. Nació en Milán en 1824 y recién llegó al Perú en 1850. Se naturalizó peruano y dedicó buena parte de su vida a recorrer y estudiar el territorio nacional, registrando su flora, fauna y geología. En resumen: un extranjero infiltrado que tuvo incluso la desfachatez de conocer el Perú mejor que muchos peruanos.
Parecido es el expediente de María Reiche. Nació en Dresde, Alemania, y llegó al Perú en 1932. Dedicó décadas a estudiar y proteger las líneas de Nasca y se hizo peruana por elección. No sabemos si consultó antes con Twitter acerca de esta decisión de proteger nuestro patrimonio de los camioneros peruanos.
Sobran argumentos biográficos para entender algo bastante menos complicado de lo que las redes pretenden: ser peruano no es pertenecer a una raza.
El Perú es precisamente la convivencia —desigual, conflictiva e imperfecta, pero al mismo tiempo extraordinaria— de distintas etnias, migraciones y culturas que fueron forjando su historia. Pretender encontrar un peruano racialmente puro exigiría primero ponerse de acuerdo sobre qué demonios sería eso.
El problema con la pureza racial es bastante anterior a Ignacio Buse: la ciencia todavía no ha encontrado una raza humana pura. Twitter, naturalmente, sí. En eso coincide tétricamente con Hitler y elípticamente con Antauro Humala.
De este pequeño inconveniente conceptual puede dar testimonio contemporáneo un deportista nacido en Turín, región del Piamonte, Italia. Se trata del hijo del italiano Gianfranco Lapadula y de Blanca Aída Vargas, natural de Paramonga, Barranca.
Dada la urgencia estructural del fútbol peruano, al ciudadano italiano Gianluca Lapadula se le otorgó la nacionalidad peruana por derecho de sangre en tiempo récord. Doce días bastaron. Menos de la mitad de los 30 días hábiles que la burocracia peruana puede tomarse legalmente para resolver un procedimiento administrativo. Lapadula consiguió que el Estado reconociera su peruanidad antes de que muchos peruanos consigan que el Estado les conteste un papel.
Ayudó, seguramente, que metiera goles sacrificando su nariz italiana en ello.
Esta mistura explica que Lapadula lleve en el brazo izquierdo un indio con tocado apache: homenaje a los pieles rojas de Paramonga, una tradición peruana nacida de migrantes norteños que convirtieron a los indios de las películas de Hollywood en danza de una fiesta católica. Si alguien busca pureza cultural en el Perú, ha escogido un país bastante inconveniente.
Italiano de nacimiento, peruano por sangre, apache por tatuaje y crema por necesidad.
Más mestizo, imposible.
Ignacio Buse nació en Lima, juega por el Perú y pertenece a una familia que representa al país en el tenis desde antes de que existieran las redes sociales, la televisión y casi todos los que hoy discuten su peruanidad.
Déjenlo jugar en paz.
Si hay algo que corregirle, que sea el segundo saque.
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