Opinión
El personal de Brussels Airlines ha convocado huelgas porque se niega a volar a Tel Aviv. Esgrimen dos razones: motivos de seguridad y motivos éticos. Los primeros, por supuesto, son comprensibles. Ningún avión de ninguna aerolínea debería volar allí donde hay riesgos de seguridad, aunque también es cierto que no es fácil evaluar los mismos, especialmente con anticipación suficiente (Huelga en Brussels Airlines: no quieren volar a Israel).
Lo segundo, la ética de los trabajadores, que supuestamente les impediría volar a un país que aplica políticas represoras sobre Gaza y en general sobre los palestinos, es más compleja de analizar.
Porque eso viene a ser que las aerolíneas no deberían volar a países en los cuales no se respeten los derechos humanos. Es muy probable que las políticas de Israel sean como mínimo cuestionables, pero no lo es menos lo que ocurre en Cuba, en Myanmar con los rohingas, en China con los tibetanos y uigures, en Turquía con los kurdos, en toda África con diversos colectivos. Pongamos que no se deba volar, entonces la pregunta es ¿quién determina a qué lugares sí y a cuáles no?
Las conductas del ser humano son frecuentemente inadmisibles. Se han planteado diversas formas de persecución de esas conductas, pero el bloqueo aéreo no se había empleado nunca y no tiene antecedentes. Todas las aerolíneas volaban a la Argentina de Videla, como a la Rusia de Kruschev u, hoy mismo, a la Guinea de Obiang.
Es un melón que si se abre probablemente genere más conflictos de los que resuelva. En todo caso, esta huelga marca un punto llamativo en la conflictividad sindical.
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