Seguramente Richard 'Dick' Norris Williams II no conocía el significado de la palabra resiliencia. Ello no le impidió ser uno de sus modelos más acabados. Educado en un internado suizo, hijo de un abogado, Duane, descendiente directo de Benjamin Franklin, a los 12 años empezó a jugar al tenis. Tenía 21 años cuando se embarcó junto a su padre en uno de los camarotes de primera clase del Titanic, ese malhadado 14 de abril de 1912.
Cuentan que con su cuerpo rompió una puerta para liberar a otro pasajero y que su acción inspiró una escena de la película de James Cameron. Cuentan también que estuvo en el barco casi hasta el final, cuando nadó hacia uno de los botes salvavidas. En el naufragio no sólo perdió a su padre, sino que estuvo a punto de perder sus piernas, sumergidas durante horas en agua helada. Los médicos del Carpathia, el barco que lo rescató, le dieron un ultimátum: debían amputárselas si quería salvar su vida. Williams sintió que su mundo se derrumbaba: ya no podría volver a jugar al tenis. Desafiando la advertencia, se impuso una rutina agotadora, que consistía en caminar incansablemente por la cubierta del buque, además de ejercitarse para estimular la circulación sanguínea. Lo que consiguió, para los profesionales que lo atendían, fue un milagro.
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