El emperador iba desnudo, vale. ¿Qué pasó después? El cuento es género que escamotea los detalles. Se nos dice solo que el soberano mantuvo el tipo y siguió desfilando en bolas por la calle, entre los cuchicheos de una multitud por fin autorizada a creer en lo que veían sus ojos. ¿Y luego? ¿Cómo se vuelve a la vida normal después de un suceso embarazoso que pringa a todo quisque? Tras el bochorno, ¿siguió el emperador en su trono como si tal cosa o se retiró del mundo a purgar su afición a las telas delicadas? ¿Perdonaron los súbditos el desliz regio o pidieron cuentas por el dinero gastado en un traje que no existía? ¿Y qué fue del niño que descubrió la farsa? ¿Le dieron una beca o fue linchado por listo? He pensado en las posibles continuaciones de la fábula de Andersen estos meses, al hilo, primero bufo y luego trágico, del caso Arday. Pongo al día al lector rezagado: a comienzos de verano, Jason Arday, el catedrático negro más joven de la historia de Cambridge, es acusado de plagio en su tesis doctoral. La investigación periodística pone a continuación el foco en un currículum recamado de mentiras y una biografía oficial -autismo severo, maratones en serie, tumor cerebral- un poco demasiado fantástica. Arday pasa de celebrity a apestado; la presión mediática lo acorrala, dimite y a la semana se suicida. Zafarrancho de combate en la guerra cultural: para la izquierda, un mártir; para la derecha, un fracaso de la academia woke. Ambas tesis son compatibles. Hubo credulidad para construir un símbolo y ensañamiento para destruir a un hombre. ¿Se tejió Arday sus mantones de nada o aceptó ser el maniquí de una academia desinteresada por la verdad? ¿Conocía su desnudez o creía ir bien abrigado por el mundo? Sea como fuere, el episodio revela lo que pasa cuando una burbuja epistémica se pincha de improviso. A veces, por delicadeza, por no hacer daño, evitamos desbaratar las ficciones que arropan al prójimo; es más sencillo seguirle la corriente, aunque nos hagamos cómplices del embolado. Pero no tenemos instituciones para que sean delicadas, sino para que sean diligentes: si Cambridge lo hubiera sido, Arday, conocido solo por los suyos, seguiría vivo. El niño en esta historia, por cierto, es el académico Nathan Cofnas, que denunció el plagio. Un «realista racial» que cree que la raza es una realidad biológica que nos limita genéticamente. Andersen no previó esta dificultad: que el niño fuera un resentido con opiniones antipáticas sobre los negros. Así es la vida real: nadie es del todo inocente y siempre hay uno, pecador o justo, que paga por todos.
(0)Comments