Septiembre es el enero de los que vuelven y Castelló/Castellón siempre acaba regresando a nuestras vidas. Bien sea conmemorando el 'privilegi' de trasladarnos de la montaña a la alquería de Benarabe, o bien sea celebrando el 'retorno a la ciudad' de la alquería, el maset, el apartamento o la villa a la Vila.
Septiembre es el cap d'any laico de todos los cursos que repetimos, de las repescas y la matrícula del gimnasio al que no iremos. Septiembre nos ahorra el concierto de año nuevo de Viena y los saltos de esquí alpino, y a cambio a los castellonenses nos obsequia una festividad ¡laboral!: el día 8, el día de la Fundación.
Por estas páginas domingueras aparecen como fantasmas rincones de un Castellón que ya no existe. Los invocamos, semana tras semana, a través de los recuerdos de quienes todavía sostienen con un hilo cada vez más fino nuestra memoria urbana. Y, así, capítulo a capítulo, vamos elaborando la guía de la ciudad invisible.
Y como es bueno (re)comenzar por el principio, qué mejor que situarnos en la piedra angular que serviría a Ximén Pérez d'Arenòs, el lugarteniente del rey Don Jaime, y a los primeros pobladores llegados de los reinos del norte como el verdadero callejón de los milagros. Nos referimos al 'carreró de la Barraca'.
El Castellón invisible se parece bastante al hombre invisible de las películas de Serie B: nunca vemos su rostro, pero el sombrero, los zapatos o los guantes le delatan cuando está presente. De este modo, centrémonos hoy, víspera/vespra del 775 aniversario de la firma real de nuestro nacimiento, en la modesta calle Barracas. Allí es donde, según la leyenda de Alonso d'Arrufat, el primer urbanista, situó las primeras casas-barracas. El mismo personaje, más o menos histórico, a quien 'Les Trobes' de mosén Jaume Febrer le atribuye las labores de desbroce de los solares incultos de la primitiva villa. ¡Arquitecto, urbanista y recalificador del suelo!
No obstante, y por eso nos hemos referido a la invisibilidad de algunos lugares, medio callejón de la Barraca desapareció en la zona que hoy ocupa la actual plaza de Santa Clara. Hoy solo podemos imaginarlo avanzando entre las mesas de las terrazas de los bares y atravesando la estatua ('La Piedra de la Historia') con los ojos cerrados.
Este callejón discurría junto a la fachada oeste del viejo Instituto de Segunda Enseñanza. El edificio, hoy desaparecido, había sido anteriormente el convento de Santa Clara hasta su secularización. Callejuelas, como la de les Monges Clares, que conducía hasta la calle Mayor, ahora se confunde entre el pavimento de losetas, casetas de las floristerías y el Banco de Santander.
Por contra, sobrevive la otra mitad del callejón, es su parte visible, comestible y bebible, la de las tabernas con veladores exteriores. El callejón que aspira a ser la Calle Laurel de los castellonenses, bajo un toldo de alquería, pero no de la alquería de Benarabe.
¿Pero qué nos deja de ver hoy la ciudad de Castelló/Castellón, siempre complaciente de su presente, siempre olvidadiza de su legado? ¿Qué pensaríamos si todavía pudiéramos contemplar, aunque fuera mediante una simulación en 3D, los arcos góticos que presidían el horno de Sisternes, sito en el sector de Barracas que ya no existe? ¿O la iglesia y convento de Santa Clara, o el claustro de profesores del primer instituto de bachillerato de la provincia? ¿O la plazoleta que siguió al derribo del conjunto, perfectamente arbolada? ¿Acaso la imagen actual, una plaza-solarium posmoderna, resulta más edificante para los sentidos?
¿SERÁ LA GENTRIFICACIÓN?
El kilómetro Cero castellonense se ha transformado, lo viene haciendo desde el siglo XIII y seguirá evolucionando (también, involucionando, según los gustos) hasta el fin de los días. Allí, en la antigua Casa Abadía, apenas votan 600 electores del censo total capitalino. Son el doble que los 300 espartanos de la batalla de las Termópilas, pero totalmente irrelevantes, son meros espectadores.
En las últimas décadas ha sucedido un fenómeno que alguien podría asociar a la «gentificación», aunque no lo es. En el Distrito 1 la sustitución del vecindario «de tota la vida» no la provocan las parejas de snobs con perro y teletrabajo, a la manera de las capitales más chics. Tampoco la plaga de los apartamentos turísticos y los miniestudios en las plantas bajas. En las fincas, (bloques de pisos de los años 70 en adelante) del cor de la ciutat, quieres alteran el paisaje y el paisanaje son los despachos de oficinas y las clínicas, sin la preceptiva licencia.
Y en los bajos de numerosos edificios del centro urbano, donde anteriormente predominaba un ultramarinos, un zapatero remendón o una mercería, hoy cuelga un letrero de 'Se traspasa' y 'Liquidación por jubilación'. Perdón: también hay bares, qué lugares, y salones de pintauñas. Esto sucede en tiempo real y en paralelo a la deserción de las cadenas y las franquicias, que migran de un centro sin comercio a un centro comercial.
Ante semejante panorama, a las autoridades, hasta donde llegan sus competencias en un sistema neocapitalista, han decidido intervenir en el Mercado. ¿Paradójico? No. El Mercado Central es municipal y medieval, (como el Privilegi de nuestras 775 primaveras), de manera que la actuación en este espacio tradicional de las compras de los productos frescos (carne, pescado, verduras...) puede considerarse la última oportunidad para la recuperación del centro perdido.
La reforma, como se verá en breve, vuelve a incidir en el plato fuerte de la ecuación: la restauración entre los mercaderes y en el rooftop (la azotea). De este modo, sin Zara ni ZAS, sin «carreró de la Barraca» ni casi vecinos, Castelló/Castellón dispondrá a placer de su Grand Place como Bruselas. La nuestra, eso sí, levantada en honor de otros 'Tercios' y del emperador 'Quinto'.
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