Opinión | Reflexiones de un viejo outsider
Xaime Fandiño
Marta y Marilia, de Ella Baila Sola, y Juan Pardo, en "Boa Noite", programa de una TVG que echaba a andar. / FdV
Estoy comenzando a trabajar en una compilación de anécdotas y recuerdos relacionados con mi periplo laborar por la TVG en el siglo pasado, desde el año 85 hasta el 2000.
Tuve el honor de formar parte del grupo de los primeros técnicos que contrató la CRTVG para arrancar el canal autonómico. La emisión inaugural tuvo lugar el 25 de julio de 1985 desde los exteriores de la emisora en San Marcos.
De ese momento, además de la emoción que supuso el participar en primera persona en el ilusionante proyecto de poner en antena nuestra televisión pública, recuerdo algunas cosas: el lío de cables que había en la unidad móvil recién estrenada antes de la retransmisión, con la mesa de sonido desmontada y haciendo soldaduras de última hora; el comienzo de la emisión, con los nervios a flor de piel transmitidos en ese primer barrido panorámico inestable del plano del reloj a Lola Bouzón o, los efluvios de aquel intenso olor que, desde la granja porcina situada en el terraplén tras el escenario habilitado para el evento, emanaba hacia la explanada donde se celebraba el acto presidido por el presidente de la Xunta, Gerardo González Albor; el director general de la CRTVG, Luis Losada, y Guillermo Montes, director de la TVG, junto a una destacada presencia de autoridades civiles y militares. Era julio, hacía calor, la brisa soplaba suave y envolvía nuestras pituitarias de un aroma denso y penetrante.
Otra de las cosas que nos impresionó a los trabajadores que, en aquel lugar inhóspito y a base de bocatas y empanadas que nos traían en una furgoneta desde Santiago, habíamos estado preparando la puesta en marcha de la cadena dentro de un edificio a media construcción que finalmente se convertiría en los estudios de San Marcos, fue que, de la noche a la mañana, por arte de magia, apareció una carretera perfectamente asfaltada hasta la emisora sustituyendo al carreiro por donde habíamos transitado la jornada anterior. Ese día quedamos alucinados al llegar y encontrar que nuestro camino empedrado se había convertido en un acceso de lujo. Esa impecable infraestructura, acompañada de la premura y el sigilo de la intervención, nos dio la dimensión sobre la importancia que le daban los políticos al edificio y al proyecto que había al final de la pista recién pavimentada. Comprobamos en carne propia que: cuando se quiere, se puede.
La tarde-noche anterior el 24 de julio habíamos estado grabando con la actriz Fiorella Faltoyano mientras se desplazaba por las instalaciones, con la finalidad de hacer unas presentaciones para el programa especial de inauguración de la TVG. La dotación de la microfonía de la cadena era todavía muy precaria —a los micrófonos inalámbricos ni se les esperaba—. El único micro de corbata que disponíamos era un lavalier de gran tamaño y se lo colocamos como pudimos a la actriz en medio del pecho. Eso sí, quedaba un poco pegote, pero salvamos la situación.
Cuando conseguimos llegar al final de la retransmisión inaugural sin demasiados contratiempos, nos relajamos y comprobamos que teníamos capacidad de crear contenido para darle de comer al canal y emitir a diario. Eso sí, siempre con la correspondiente desconexión nocturna. La tele cerraba por la noche su emisión, finalizando con imágenes de las principales ciudades de Galicia, la bandera ondeante y el himno.
Una de las cosas que tuvo a bien la dirección, en aquellos comienzos, fue traer a un realizador de la BBC con muchos años de experiencia sobre sus espaldas para que nos ilustrara sobre temas relacionados con la realización y la producción audiovisual, así como en los compromisos que tenía la televisión pública con su audiencia. Es importante destacar que todavía no habían hecho su aparición las emisoras privadas. Aún le quedaban unos años.
Al sintonizar hoy las cadenas veo que algunos de los códigos que nos transmitió ese señor y que para nosotros se convirtieron en mantras, se han desintegrado. Concretamente este instructor anglo, cuya relación era sobre todo con la producción de noticias, estaba obsesionado con la asepsia que debían transmitir los presentadores y presentadoras de los informativos. Nos hablaba de que la kinésica de las personas que se ponían ante la cámara no podía condicionar ni dramatizar la información transmitida. Es decir, la comunicación no debía estar mediatizada por gestos de empatía o rechazo del presentador en el momento de leer la noticia ante la cámara. Según aquel profesional de la BBC el hieratismo y la compostura del presentador o presentadora de informativos era una seña de identidad de la cadena y también motivo de gran responsabilidad ante su audiencia.
Me imagino que hoy ese hombre, si todavía vive, pues ya tenía sus años a mediados de los ochenta, estará escandalizado. La mayoría de los espacios informativos actuales, poco tienen que ver con el limitado despliegue tecnológico de esa primitiva y neonata televisión. Hoy los sets de noticias de todas las televisiones, incluidas las públicas, están diseñados a base de inmensas pantallas como background que se suman a la escenografía virtual.
Por esos escenarios tecnológicos se mueven los presentadores gesticulando con brazos, manos y cara mientras leen las intros de las noticias en el teleprompter o autocue. En tal profusión tecnológica, durante la realización, se utilizan planos generales que, para mostrar el poderío tecnológico de las instalaciones, distancian al informador del público. Así, a veces podemos ver un presentador diminuto en una mesa que flota en el escenario o paseando por el set, mientras nos cuenta gesticulando y dramatizando el texto que lee en la cámara, la actualidad de la guerra de Ucrania o la situación de un bosque incendiado.
Es tal el show estético y actoral de los informativos del siglo XXI que a veces es difícil distinguir el programa de noticias de la cadena de un magacín, cosa que no sucedía en el siglo pasado donde el linde entre los espacios informativos con la programación lúdica y de opinión era claro, sobrio y sin fisuras.
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