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Alex Saint

'Como maquilladora he aprendido que las mujeres más bellas también creen que no son suficiente. La inseguridad no desaparece'

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La maquilladora Alex Saint reflexiona sobre el papel de la belleza en la vida de las mujeres, pero también sobre la pulsión que desde siempre nos ha empujado hacia ella 'La belleza es la moneda de cambio más antigua del mundo'. Escuché esa frase viendo The Beauty, la serie de Ryan Murphy, poco antes de empezar a escribir esta tribuna, y desde entonces no he dejado de pensar en ella. Es rotunda. Es incómoda. Precisamente porque es terriblemente cierta. Especialmente para las mujeres. A lo largo de la historia, la belleza nos ha abierto puertas, ha determinado nuestro valor social y ha condicionado cómo éramos tratadas, escuchadas o deseadas. Incluso ha sido determinante para saber si deberíamos estar vivas o muertas. ¿De verdad hemos conseguido cambiar eso con el paso del tiempo? ¿O simplemente ha cambiado aquello que decidimos considerar bello? Desde que tengo uso de razón, la belleza ha sido un tema importante en mi vida. O, al menos, ha orbitado cerca. Cuando yo era pequeña, mi madre era modista. No lo fue por decisión propia. Como muchas niñas de su generación —nació en 1966— aprendió a coser antes de muchas otras cosas. Saber confeccionar un vestido, bordar o sacar un patrón no era una cuestión de vocación; era una forma de prepararlas para el lugar que debían ocupar en la sociedad, el de una buena mujer. Yo crecí entre telas, revistas de moda y mujeres que entraban y salían de casa de mi abuela, donde mi madre tenía el taller, buscando el modelito perfecto para una boda o una comunión. Sin darme cuenta, se instauró en mi cabeza una idea muy clara: todo aquel artificio, toda aquella carta de presentación, era una herramienta poderosa. Ya en el colegio, aprendí otra cosa. Mi madre no era como las demás madres. No se vestía como ellas, no caminaba como ellas, no hablaba como ellas. Mi madre se parecía mucho más a las mujeres que yo veía en las revistas. Y la gente le hablaba y la trataba de una forma diferente. Yo todavía no sabía qué era el privilegio estético, pero ya estaba aprendiendo que la belleza modificaba la forma en la que el mundo respondía a una mujer. Sufrí mucho bullying de pequeña. Tenía todas las papeletas para ello. Era muy sensible, inusualmente espabilada e inteligente para mi edad. Demasiado diferente. Y había heredado algo que en aquel momento fue una cruz, pero que años después terminaría salvándome la vida: la elegancia y la belleza de mi madre. Más información El maquillador es la estrella: cinco nombres clave de una profesión más valorada que nunca Con los años he llegado a la conclusión de que la relación del ser humano con la belleza es mucho más compleja de lo que solemos admitir. Hay algo casi divino en ella. Algo profundamente antiguo. Una pulsión que nos lleva a rodearnos de cosas bellas incluso cuando no necesitamos hacerlo. Decoramos nuestras casas, perfumamos las sábanas antes de dormir, leemos historias bonitas a nuestros hijos, admiramos una prenda bien confeccionada o un rostro maquillado de una determinada manera. La belleza forma parte de la experiencia humana mucho antes de que las marcas de lujo o las redes sociales aprendieran a capitalizarla. Las mujeres, además, hemos heredado una relación especialmente íntima con ella. Durante siglos fuimos educadas para reconocerla, construirla y cuidarla. Mientras los hombres ocupaban el espacio público, muchas mujeres transformaban el privado: cosían, bordaban, peinaban, decoraban, maquillaban. La belleza existía como arte incluso antes de que existiera nuestra propia libertad. Pero una cosa es la belleza y otra muy distinta el terrorismo estético al que estamos sometidas permanentemente. La belleza inspira. El terrorismo estético exige. La belleza despierta creatividad. El terrorismo estético fabrica ansiedad. La belleza nos invita a deleitarnos y disfrutarnos. El terrorismo estético nos obliga a evaluarnos constantemente. La belleza nos hace mirar el mundo con ternura y amor. El terrorismo estético convierte nuestro cuerpo en un proyecto infinito que siempre necesita una nueva crema, un nuevo tratamiento o encuentra un nuevo defecto que corregir. Vivimos rodeadas de una industria extraordinariamente sofisticada que siempre consigue convencernos de que estamos a una compra de convertirnos en una versión mejor de nosotras mismas. Cambian los productos, los discursos y las tendencias, pero la sensación permanece intacta: nunca somos suficiente. Y cuando por fin creemos serlo, aparece un nuevo estándar que vuelve a alejarnos de la meta. Como maquilladora, sé bien de lo que hablo porque vivo precisamente de esa industria. Esa contradicción me acompaña todos los días. Después de una década trabajando en este oficio he aprendido algo que solo es capaz de enseñarte la experiencia: las mujeres consideradas más bellas y exitosas también creen que no son suficiente. Hoy puedo asegurar con rotundidad que la inseguridad no desaparece cuando alcanzas el canon. Un canon que yo misma he perseguido a costa incluso de mi salud mental y física. Amo profundamente el maquillaje. Le debo mi profesión y algunas de las experiencias más bonitas de mi vida. Me sigue pareciendo una de las formas de arte más fascinantes y accesibles que existen, porque tiene una capacidad extraordinaria: puede transformar un rostro, pero también la forma en la que una persona lo habita. Precisamente por eso creo que merece una conversación mucho más honesta que la que nos ofrecen las tendencias y las empresas. Porque cuando el maquillaje solo sirve para acercarnos al ideal de belleza que otros han decidido por nosotras, deja de ser una herramienta de expresión para convertirse en una cárcel. En mi caso, además, el maquillaje nunca fue únicamente una cuestión estética. Como mujer trans, fue la primera forma de decir quién era cuando todavía no sabía cómo explicarlo con palabras. Fue refugio, ilusión y esperanza. Las tendencias seguirán cambiando. Lo hicieron antes de nosotras y lo harán después. Cambiará el color de los labios, el grosor de las cejas, la forma de maquillarnos e incluso la idea misma de lo que significa ser bella. Pero la pregunta seguirá siendo la misma: ¿esa decisión nace de nuestro deseo o del miedo a no ser suficiente? Como decía La Agrado en Todo sobre mi madre, 'una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma'. El maquillaje no debería servir para acercarnos al ideal de belleza del momento. Debería servir para acercarnos a lo que siempre hemos soñado de nosotras. Si la belleza ha sido la moneda de cambio más antigua, quizá el verdadero acto de rebeldía no consista en rechazarla. Quizá consista en dejar de pagar con ella por nuestra libertad. Yo no quiero renunciar a la belleza. Quiero renunciar a que otros decidan cuál debe ser la mía.
'Como maquilladora he aprendido que las mujeres más bellas también creen que no son suficiente. La inseguridad no desaparece'
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