De nuevo este fin de semana, el casco histórico de Pontevedra volvió a mirar hacia el siglo XV. Lo hizo, como cada año por estas fechas, de la mano de una Feira Franca que ha conseguido algo mucho más difícil que recrear una época: convertir la historia en una experiencia colectiva y hacer de la propia ciudad su principal escenario. La conmemoración nos lleva hasta 1467, cuando Enrique IV concedió a Pontevedra el privilegio de celebrar un mercado libre de impuestos durante un mes, quince días antes y quince después de San Bartolomé. No era una concesión menor. Hablaba de una villa dinámica, comercial, vinculada a la pesca y a los intercambios; una Pontevedra que tenía en sus calles, en sus mercados y en el tránsito de personas buena parte de su razón de ser.
Y llegado este punto quisiera hacer una consideración; porque cierto es que la Feira Franca que hoy conocemos tomó forma en el año 2000 y la de 2026 ha sido oficialmente su vigésima quinta edición, después de la interrupción provocada por la pandemia. Pero cabe destacar la existencia de iniciativas anteriores para recuperar aquella antigua feria, ya durante la etapa municipal de Juan Luis Pedrosa, aunque todavía alejadas de la dimensión que alcanzaría posteriormente la celebración.
Desde entonces, la fiesta no ha dejado de crecer hasta ocupar prácticamente todo el conjunto histórico y convertirse en una de las citas más multitudinarias de Pontevedra. Hay mercados, artesanos, músicos, espectáculos, personajes medievales y, sobre todo, miles de personas que deciden formar parte activa de la celebración. Y esa participación es, precisamente, una de las claves de su éxito, porque la gente se viste, ocupa las plazas, organiza comidas, comparte mesa, conversa, se encuentra con conocidos y desconocidos y convierte las calles en un inmenso espacio de convivencia.
Y antes de continuar con este artículo de opinión dominical, quisiera poner el énfasis en las recreaciones y atavíos de los participantes. Porque, cuando pensaba que ya lo había visto todo (griegos, romanos, escoceses, piratas e incluso una pareja de dinosaurios mezclándose alegremente con el supuesto rigor medieval), este año hasta me encontré con tres posibles brujas ardiendo en la hoguera. La imaginación popular, desde luego, parece no conocer límites. A lo que voy: la gente participa y se divierte; necesario momento de esparcimiento en unos tiempos no poco aciagos.
Pero detrás de ese componente festivo existe algo mucho más interesante. Y la temática elegida para este año, las tabernas, permite explicarlo especialmente bien.
La taberna medieval no era solamente el establecimiento en el que se comía o se bebía vino. Era uno de los grandes espacios de sociabilidad de la época. Por allí pasaban comerciantes, marineros, artesanos, campesinos, soldados, viajeros o peregrinos. En sus mesas se cerraban tratos, circulaban noticias llegadas de otros lugares, se comentaban los acontecimientos de la villa y se compartían historias.
Dicho de otra manera: la taberna era uno de los lugares donde una comunidad podía reconocerse a sí misma. Por eso resulta tan acertado que Pontevedra haya convertido este año la taberna en el hilo conductor de su Feira Franca. Basta caminar durante estas jornadas por A Ferraría, O Teucro, A Pedreira, Santa María o cualquiera de las calles del casco histórico para comprender que, en realidad, durante unas horas toda Pontevedra se transforma en una inmensa taberna al aire libre. Y no en el sentido estrictamente hostelero del término, sino en uno mucho más profundo: como lugar de encuentro. Ese mismo concepto apareció el pasado viernes en el espectáculo inaugural a través de Aldara, una joven que, tras la muerte de su madre, debe hacerse cargo de la taberna familiar en la Pontevedra de 1467. La llegada del vino del Ribeiro se convierte para ella en una cuestión esencial, porque de esa mercancía depende la posibilidad de hacer frente a las deudas contraídas con un recaudador. Sin duda, un guiño (no pocas veces olvidado), al papel de la mujer como motor social en la época medieval.
La historia permite reunir comercio, impuestos, hostelería y relaciones sociales, pero introduce también una cuestión que merece ser destacada: el papel económico de las mujeres. Aldara no aparece como una figura secundaria ni como simple acompañante de otros personajes. Es responsable de un negocio y participa directamente en la actividad económica de la villa.
También el vino deja de ser simple atrezo medieval para recuperar su condición de mercancía, de sustento económico y de elemento alrededor del cual se establecen relaciones comerciales y personales. Y precisamente junto al vino apareció este año otro protagonista singular: la cerveza Ollo Redondo, vinculada al monasterio de San Benito de Lérez e impulsada por el párroco don Manuel Chouciño, que se elabora en Pontevedra por Cervexas Nasa, incorporando el mosto de albariño a un estilo IPA y que nació, además, con el objetivo de contribuir a la obtención de fondos para la restauración del monasterio.
Su presencia en una Feira dedicada a las tabernas tiene bastante más sentido del que pudiera parecer inicialmente. Existe una larga relación histórica entre las comunidades monásticas y la elaboración de cervezas, licores y otros productos destinados, entre otras cosas, al sostenimiento económico de los propios monasterios. Y quizás ahí esté resumido todo. Porque la taberna medieval no era importante únicamente porque allí hubiese vino o cerveza. Era importante porque allí estaba la gente.
Eso es también lo que explica, en mi opinión, buena parte del éxito de la Feira Franca. Podemos hablar de los espectáculos, de los mercados, de los trajes, de la ambientación o de la recreación histórica. Todo ello es necesario. Pero el verdadero sentido de la fiesta está en quienes llenan las calles y hacen suyo el espacio público.
Cinco siglos después han cambiado los edificios, los mercados, las mercancías y las costumbres. Pero hay algo que permanece; y es que una ciudad solo cobra verdadero sentido cuando sus habitantes la ocupan, la comparten y se encuentran en ella. Y durante la Feira Franca, este año además en plena consonancia con la temática elegida, Pontevedra vuelve a demostrar que puede ser exactamente eso: una gran taberna de encuentro.
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