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Hacer de la escuela un espacio seguro y acogedor

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Comienzan las clases. Es el momento de afrontar un desafío que, de manera más que justificada, ha generado una notable incertidumbre entre toda la comunidad educativa. La educación no se puede aislar de la sociedad en la que se desarrolla. Y no cabe la menor duda de que la sensación de miedo y estupor sigue más que patente entre una gran parte de la población. El retorno de todas las personas que irrumpieron ilegalmente en nuestra Ciudad es la única solución posible. Esta es una convicción unánime. Así lo han expresado todas las instituciones y entidades políticas y sociales. Y así lo demanda insistentemente una ciudadanía al límite de su capacidad de sacrificio. La impaciencia se expande y arraiga profundamente causando estragos en la conciencia colectiva. El ritmo de los procedimientos administrativos previstos para practicar las deseadas devoluciones, de conformidad con la ley, son infinitamente más lentos que el ansia de normalidad de un Ciudad que vive sobrecogida desde hace ya demasiado tiempo. Por otro lado, la más que evidente e intencionada descoordinación entre administraciones, y la insuficiencia de medios para afrontar un problema de una dimensión desconocida (una casuística no contemplada en la legislación vigente), complican en exceso la vida cotidiana alimentando una inevitable desazón que parece no tener fin. En este contexto tenemos que comenzar a dar clases en el Curso 2026/2027. Y tenemos que hacerlo porque no se puede privar al alumnado del derecho a la educación (que es un derecho de los alumnos y alumnas, no de sus padres y madres). Lo delicado de esta situación obliga a todas las partes implicadas a ser prudentes. y absolutamente respetuosos y comprensivos con la opinión y los sentimientos de todas las personas afectadas. No valen etiquetas fáciles, ni planteamientos teóricos, ni juicios sumarísimos. Es preciso encontrar la forma de que el sistema educativo pueda funcionar correctamente sin generar más dudas ni más crispación. La educación debe convertirse en un factor de distensión. No podemos solucionar el problema. Pero si podemos contribuir a mejorar el ambiente y la percepción fatalista de muchas familias. Y ese debe ser nuestro objetivo. La exigencia prioritaria a las autoridades ha sido la garantía de seguridad. Así lo ha reivindicado unánimemente la comunidad educativa. Los sindicatos docentes lo hemos hecho de manera directa ante los máximos responsables ministeriales. Las decisiones que se han adoptado a este respecto son las adecuadas. Existe el compromiso firme de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que están operando actualmente en la Ciudad en un número superior a los cinco mil efectivos (Ejército, Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Local) de que los centros educativos, sus entornos y las rutas para ir y volver de ellos estarán suficientemente vigiladas y controlados. No hay ninguna razón objetiva para dudar de este compromiso, ni de la capacidad técnica de los cuerpos implicados para cumplirlo. Por otro lado, se ha considerado conveniente añadir un plus de tranquilidad dotando a los centros de seguridad privada permanente en el interior de todos los colegios e institutos. En la vida todo es perfectible (esto, también); pero se puede asegurar que los centros (en el sentido amplio del concepto) reúnen condiciones de seguridad suficientes. Pero no podemos conformarnos con eso. Es necesario algo más. El profesorado debe hacer, en esta ocasión, un esfuerzo adicional para sacar a los jóvenes de la ecuación de sufrimiento y crispación que mantiene en ascuas a la Ciudad. No es fácil. Los profesores y profesoras no somos máquinas. No somos ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor. Formamos parte de este pueblo que se siente embargado por la indignación y a ratos por la desesperación. Nuestro reto, en este curso, es precisamente, sobreponernos a todas las adversidades para lograr exonerar al alumnado de la fuerte carga emocional que vienen padeciendo. Al menos mientras estén en la escuela. Nuestro afán debe ser conseguir que los centros, además de ser espacios seguros, sean también espacios amables, alegres y acogedores. Debemos contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, a recuperar la calma y la tranquilidad. Esto no es incompatible con seguir exigiendo soluciones con la contundencia y la perseverancia que una situación como esta demanda. Hasta que todo se resuelva definitivamente. Confiemos que pronto.
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