Como somos mayores y hemos conocido distintos mundos, podemos decir que en la figura del político y la idea que a estas alturas se tiene de él, prima el interés personal sobre el interés público. Como en la gente común, me dirán, y es cierto. Pero en el caso del político debería de ser al revés, o por lo menos no tan evidente. Los años que llevamos de democracia autonómica –o sea, próxima– lo han convertido, desgraciadamente, en el rey desnudo. El narcisismo o el afán por una jugosa paga, y el caminar a un palmo del suelo son costumbres habituales, cuando sus virtudes, tan necesarias en la cosa pública, son simuladas o se desvanecen. Ahora bien: las excepciones –que las hay– subrayan, precisamente, lo imprescindible del político en nuestra cultura, forjada por siglos de diálogo. La palabra es una de sus herramientas mientras dice la verdad. En la era de la posverdad, de la impostura y de la mentira esta herramienta es usada con nobleza por unos pocos. Deberían de ser nuestro espejo y la imagen que nos devuelven no nos gusta en absoluto. Tino Alomar –no se trata de construir mitos en épocas de demolición– era un político de otro tiempo y ese tiempo ya no existe. Pero le gustaba tanto la política que había olvidado –o conservaba intacta la esperanza– que en el territorio que frecuentaba muy poco quedaba de lo que él buscó desde joven. Tino Alomar –y esto es importante para mi generación– siempre ha estado. Vino de Llubí, hijo del farmacéutico del pueblo, y estuvo en el Luliano cuando era un germen de universidad; estuvo en Barcelona cuando las revueltas estudiantiles del franquismo; estuvo en Bandera Roja y en el PSI con Tarabini, colgada ya la sotana, pero no la barba rusa que lo distinguía; estuvo dirigiendo la revista Cort que defendió a los saharahuis; estuvo con Josep Melià, en un giro hacia el centroderecha que sus antiguos compañeros de viaje no perdonaban; estuvo –más feliz que nunca– en la embajada de España en México y en la Asamblea de Madrid: vivir lejos una temporada nos sienta muy bien a los mallorquines. En la época mexicana se casó con una de las mejores mujeres de mi generación: Jungla Mascaró, tan independiente como él. Con ella fundó una familia y ha sido –y el tiempo verbal aquí duele más– un padre muy querido por sus hijas e hijos. Testigo de aquella boda en la embajada fue Valentí Puig que en el viaje de novios por el país de Octavio Paz a punto estuvo de morir ahogado por las corrientes del Pacífico. Todos éramos jóvenes y reíamos más. Tino miraba el arte contemporáneo como fruto de una sociedad y respetaba a los escritores y a los poetas. Tuvo algunos amigos entre ellos (Frontera, Soler, Puig, Mesquida, Picornell, o uno mismo...). Recuerdo que le gustaba Modiano y le interesaba especialmente el papel de los literatos colaboracionistas en la Francia de la II Guerra y de Vichy, una herencia, creo, también de Melià. Alomar pudo ser un hombre de la Res pública en el sentido platónico y en otro tiempo lo habrían adscrito a la categoría de servidor del Estado. Quiero decir que fue un hombre político hasta la médula, pero no un activista, ni un demagogo, ni alguien que sólo buscara su provecho. Este es el Tino que conocí en nuestra rara juventud –y del que nuestro amigo Climent Picornell hizo un gran retrato de paisaje con figura esta semana en Última Hora– y a partir de aquí, ya de regreso en Mallorca y metido en la vida pública, Tino fue Celestí y así lo llamaban y han llamado los miembros de su partido y aquellos que lo trataron en el Consell, Govern, Parlament… No en cambio los que lo conocíamos de antes. Estuvo de Jefe de Costas, pero el Turismo fue su especialidad y quedará como el gran defensor de la ecotasa, donde maniobró en varios frentes y se llevó tantas bofetadas como si la hubiera ideado él. Estos años, que comenzaron con Jaume Cladera –al que admiró y del que continuó siendo amigo, como de Francesc Antich– y acabaron con Francina Armengol, fueron sus años de éxito político. En la discusión prefería el distanciamiento analítico a la mirada del cínico que aparenta una amabilidad que es mero camuflaje de sus intereses personales. La mirada de Tino no engañaba y su sonrisa, que esgrimía a menudo, fue más carta de presentación –este soy yo– que arma de seducción. La seducción la dejó en la noche mientras estuvo en ella. Fue un político honrado y un hombre de su tiempo, ya lo dije, ese tiempo sólido que no existe. Desde hace años navegaba en piragua por la bahía de Pollença y era feliz, una felicidad que se acentuaba en el rostro cuando entre amigos hablaba de su propia familia. Al poco de regresar Tino a la isla, me correspondió hacer el pregón de la Conquista en honor de la ciudad de Palma. Fue el 31 de diciembre de 1990, último año de la alcaldía de Ramón Aguiló, y lo titulé La ciutat invisible. Cuando acabó el festejo nos fuimos con un par de amigos que habían venido a escucharme, entre ellos Tino, a tomar el aperitivo al Bar Bosch. Allí surgió la idea de organizar una comida mensual con conocidos de diverso pelaje. La idea fructificó y el invento también. Esa comida lleva existiendo casi cuarenta años. No creo que ninguna tertulia en Palma haya resistido tanto tiempo y de todo hemos tenido en ella. Compañía entre nosotros y cosas buenas, pero también tensiones, diferencias discutidas en tono belicoso y alguna que otra maniobra subterránea. En fin: los defectos y virtudes de la naturaleza humana. Pero la comida ha resistido y siendo cada uno de su padre y de su madre, es una buena muestra de convivencia –sin exclusiones ni recelos–, entre diferentes ideas y lo que el historiador Quadrado llamó forenses y ciudadanos. Tan es así, que tengo la sospecha de que el tiempo empieza a estar cabreado con nosotros: hace pocos años tuvimos la repentina baja de Nadal Tortella y ahora la de Tino Alomar, no por anunciada menos dolorosa. Quedamos ocho: sic transit gloria mundi.
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