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José Luis Casla

Los pueblos castellanos

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Recorrer una inmensa mayoría de los pueblos de Castilla y León, paseando por sus intrincadas y angostas calles, flanqueadas por casas de rústica y centenaria piedra, la mayoría de una sola altura, impresiona al visitante que llega al lugar, y que no suele encontrarse con nadie. Y así, callejea sin rumbo alguno, siguiendo la trayectoria que le marca la irregular y a veces caótica disposición del trazado del lugar, que le obliga a seguir zigzagueando por sus recodos, por sus calles cortas, a veces prolongadas, que suelen desembocar en pequeñas placitas, circulares a veces, irregulares en otros casos, con una pequeña fuente en el centro, que rompe la rutina de los espacios solitarios que marcan un recorrido uniformemente dispuesto al que el sorprendido visitante, a estas alturas, está ya acostumbrado. Hasta que llega a una plaza de mayores dimensiones, que por el nombre que le ha adjudicado el callejero, es sin duda, la plaza principal, con varias calles que confluyen en ella, una de las cuales, la más corta, conduce a la iglesia, visible al fondo, cuya prismática torre, quizá una espadaña, nos indica que nos encontramos en el centro del pueblo, que nos invita a seguir recorriendo las adyacentes callejuelas, que llevarán al visitante a acceder a otras zonas no visitadas, quizás a algún acceso a alguna arboleda de los alrededores, o a salidas que nos conducirán a alguna carretera secundaria que comunica el pueblo con otros situados en las proximidades. Pero lo que más le sorprende, lo que más llama su atención, es la ausencia casi absoluta de árboles y zonas verdes, por pequeñas que fueren en el casco urbano. Salvo en las afueras del pueblo, dónde suelen haber arboledas y alamedas, así como zonas de pinares. Pero en el pueblo, en sus desiertas calles, la soledad en este aspecto es casi total. Incluso a lo largo de las prolongadas travesías que cruzan el pueblo, no se divisa ni un solo árbol, ni un solo vestigio de zona verde por pequeña que fuere, nada, cemento y piedra, a lo largo de todo el recorrido. Calles sin una sola sombra que proteja a sus ciudadanos, que alegre la desolación de unas calles bordeadas por unas estrechas aceras por dónde discurren los habitantes sin que un solitario árbol alegre la vista y los proteja de los rigores de las diversas estaciones que se suceden sin su presencia. Tristes, silenciosas, abandonadas y solas, sin la agradecida presencia de unos compañeros de viaje que alegren el paisaje de unas solitarias y rudas calles, donde la piedra y el silencio todo lo inunda con su callado y riguroso posar al margen de la vida, la alegría y el rumor de las hojas y los pájaros que esperan su oportunidad para humanizar el paisaje.
Los pueblos castellanos
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