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¿Qué modelo económico puede permitirse Europa?

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Europa tiene un problema de competitividad. Lo repiten desde hace algunos años los políticos, los economistas, la industria y los inversores. Lo dicen los informes de la Comisión Europea, lo dicen los líderes europeos, lo confirman las cifras. Y toda la sociedad lo pone en tela de juicio. Pero quizá esta ya no sea la pregunta correcta. La pregunta más incómoda es: '¿qué modelo económico puede permitirse Europa?' Un modelo construido, durante décadas, sobre una energía relativamente asequible, el comercio global, cadenas de suministro eficientes, una protección social amplia, la regulación y la transición verde. Un modelo que podía suponer que la seguridad estratégica estaba, en gran medida, garantizada desde el exterior. Hoy, casi cada una de estas premisas está sometida a presión. Europa quiere energía más barata. Quiere descarbonización. Quiere una industria competitiva. Quiere rearmarse. Quiere protección social. Quiere autonomía estratégica. Quiere inversiones masivas en tecnología. Y, al mismo tiempo, quiere disciplina fiscal. Y todos son objetivos legítimos. Pero el problema es que todos cuestan. Y Europa debe financiarlos casi simultáneamente. Aquí comienza el verdadero problema de competitividad. El debate europeo ha permanecido demasiado tiempo cautivo de una fórmula que se ha vuelto insuficiente: más innovación, más eficiencia, una mejor regulación y, así, más crecimiento. Por supuesto que Europa (es decir, la Unión Europea) necesita todo esto. Pero el mundo en el que funciona la economía europea ha cambiado. Europa ya no compite solo por los mercados. Compite por energía, capital, tecnologías, materias primas y capacidad industrial. Compite, en última instancia, por la seguridad. Y este cambio obliga a Europa a replantearse la propia definición de competitividad. Porque lo que ayer se consideraba eficiente puede convertirse hoy en vulnerable. Una cadena de suministro muy barata, pero dependiente de un único proveedor, es eficiente. Pero no es resiliente. Una fuente de energía muy barata, pero dependiente de una ruta geopolíticamente vulnerable, puede reducir los costes. Pero no ofrece seguridad. Una industria de alto rendimiento, pero dependiente de tecnologías, materias primas o componentes producidos fuera de Europa, puede ser competitiva en condiciones normales. Hasta que las condiciones normales desaparecen. La eficiencia sin resiliencia puede convertirse en vulnerabilidad. Esta es una de las grandes lecciones geopolíticas y geoeconómicas de los últimos años. Y explica por qué Bruselas empieza a poner en la misma ecuación cosas que, hasta hace poco, se discutían por separado: competitividad, energía, defensa, industria, innovación, seguridad económica y autonomía estratégica. No es una coincidencia. Es la nueva economía europea. La UE debe invertir más en cosas que, hasta ayer, consideraba casi garantizadas: seguridad, infraestructura energética, capacidad industrial, tecnología, defensa y cadenas de suministro resilientes. Al mismo tiempo, sin embargo, debe financiar la transición verde, la infraestructura social y un modelo de protección social que los ciudadanos no están dispuestos a abandonar. Aquí aparece la tensión política. Los ciudadanos quieren precios asequibles y buenos servicios públicos. La industria quiere energía competitiva. Los inversores quieren previsibilidad. Los Estados quieren margen fiscal. Bruselas quiere descarbonización. La OTAN quiere defensa. Europa quiere competitividad. No hay nada absurdo en estos objetivos. Se vuelve absurdo suponer que podemos alcanzarlos sin elegir, sin priorizar y sin cambiar la forma en que invertimos. Por eso, Europa debe pasar de la pregunta «¿cuánto cuesta?» a la pregunta «¿qué arriesgamos si no lo hacemos?». ¿Cuánto cuesta una red eléctrica robusta? Más que una subdimensionada. Pero ¿cuánto cuesta una economía industrial afectada por apagones, bloqueos o dependencias externas? ¿Cuánto cuesta la defensa? Mucho. Pero ¿cuánto cuesta la vulnerabilidad? ¿Cuánto cuesta asegurar las cadenas de suministro? Más que comprar el producto disponible más barato. Pero ¿cuánto cuesta interrumpir la producción cuando el proveedor desaparece? Esta es la lógica de la economía de la resiliencia. Y también cambia la definición de inversión. Una red eléctrica robusta no es solo infraestructura energética. Es infraestructura económica. Una terminal de GNL no es solo una instalación para gas. Es un seguro estratégico. Una fábrica de semiconductores no es solo una inversión industrial. Es capacidad tecnológica. Un sistema de defensa antimisiles no es solo gasto militar. Protege la infraestructura económica. Un centro de datos seguro no es solo tecnología. Es infraestructura estratégica. La seguridad empieza a volverse productiva. Aquí se encuentra, quizá, el cambio de paradigma más importante. La UE no debe elegir entre competitividad y seguridad. Debe aprender a transformar la seguridad en una fuente de competitividad. Las inversiones en energía pueden reducir los costes industriales. Las inversiones en redes pueden eliminar los cuellos de botella. Las inversiones en defensa pueden acelerar tecnologías de uso civil. Las inversiones en inteligencia artificial pueden aumentar la productividad. Las inversiones en materias primas críticas pueden reducir las dependencias. La infraestructura europea puede integrar mejor el Mercado Único. Pero para ello la UE debe resolver un viejo problema: la velocidad. A Europa no le faltan ideas. Le falta escala. No le falta investigación. Le falta transformar la investigación en productos y empresas globales. No le faltan emprendedores. Le faltan condiciones para que estos permanezcan y crezcan en Europa. Un inversor puede soportar un impuesto. También puede soportar una regulación. Lo que soporta mucho más difícilmente es la incertidumbre. Si la autorización de una inversión tarda años, el capital se marcha. Si la energía es demasiado cara, la producción se marcha. Si las reglas cambian constantemente, las inversiones se vuelven más arriesgadas. El capital no espera a Europa.Por eso, la reforma del Mercado Único y la simplificación administrativa no son cuestiones técnicas. Son instrumentos de seguridad económica. Europa no puede construir autonomía estratégica mediante 27 mercados fragmentados y 27 velocidades administrativas. Necesita escala. Capital. Energía. Infraestructura. Tecnología. Capacidad industrial. Y capacidad para decidir rápidamente. Europa ha pasado décadas optimizando la eficiencia. Ahora debe aprender a optimizar la resiliencia. No significa que deba abandonar la economía de mercado. Significa adaptarla a un mundo en el que el riesgo geopolítico se ha convertido en una variable económica. El modelo antiguo era sencillo: eficiencia, costes más bajos, competitividad. El modelo que se está perfilando es diferente: resiliencia, seguridad, inversiones, productividad, competitividad. Esto no es renunciar a la eficiencia. Es corregirla. Porque una economía que produce barato, pero no puede producir en una crisis, no es verdaderamente competitiva. Solo es temporalmente eficiente. Y Europa ya no tiene el lujo del tiempo. Por tanto, la pregunta ya no es si puede conservar su modelo económico. La pregunta es si puede reinventarlo antes de que el mundo lo vuelva irrelevante.
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