Mark Carney, el primer ministro canadiense, ha suspendido las negociaciones comerciales de Canadá con Estados Unidos, tras calificar la política arancelaria de la administración Trump como extorsión. Luego de un año de intentar evitar los aranceles ilegales de Trump, Carney ha suspendido unilateralmente esa negociación comercial, lo que ha impactado la geopolítica del comercio internacional y podría convertirse en el equivalente comercial de la desventura militar de Trump en el Medio Oriente.
El tono tranquilo pero desafiante de Carney lo diferencia de otros líderes mundiales. Sus palabras tienen autoridad y gravitas, pues fue presidente del Banco Central de Canadá, durante la Gran Recesión de 2008, y del de Gran Bretaña, durante el Brexit. Sus declaraciones tras el colapso de las negociaciones tarifarias han sido calificadas como equivalentes a su discurso en enero, ante el Foro Económico Mundial en Davos.
Para Carney, la ofensiva arancelaria de Trump, y el que esgrima la hegemonía global de Estados Unidos, es un chantaje global. Su aseveración de que la administración Trump firma sus acuerdos 'con lápices de mina' sacó roncha en Estados Unidos. Carney también ha hecho notar el déficit de 40 trillones de dólares que tiene ahora esa nación y asegura, en cambio, que la economía de Canadá está ordenada.
Uno de los puntos de fricción que condujo al colapso de la negociación con Estados Unidos fue que, en el último minuto, Trump exigió que Canadá se ciñera a los mismos protocolos arancelarios que impone a sus otros socios comerciales. Además, exigió que Canadá no buscara acuerdos de libre comercio con otros países. Esto rebalsó el vaso. Desde que Trump comenzó a imponer aranceles a las importaciones de Canadá, en total violación del acuerdo de libre comercio existente, Carney ha advertido a los canadienses que la antigua relación comercial con Estados Unidos ha terminado y que Canadá deberá expandir su comercio hacia otros mercados para compensar las consecuencias de este desacuerdo.
Carney ha tenido un éxito notable, para gran pesar de la Casa Blanca. Su desafío está teniendo el apoyo por todos quienes ya están cansados de Trump. El diario chino Global Times calificó a Canadá y China como 'los únicos países que se atreven a responder a la presión de Estados Unidos con medidas recíprocas'. Para septiembre está previsto que Carney se dirija al Parlamento de la Unión Europea cuando asista a la cuenta anual que rendirá la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Trump ha estado firmando acuerdos comerciales con decenas de países y todos han aceptado sus condiciones para evitar ser afectados por tasas arancelarias aún más elevadas. China ha desafiado los aranceles de Trump desde un comienzo y periódicamente ha logrado acuerdos bilaterales. Canadá y México se han librado de gran parte de los aranceles de Trump debido a su acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, pero Trump eligió industrias específicas, como el sector automotriz, el acero, el aluminio y los productos forestales canadienses para imponer aranceles del 25 al 50%. Recientemente, incluyo un gran número de exportaciones, desde palos de hockey hasta platos de papel, y les impuso un arancel del 50%.
Esta última categoría de exportaciones, que representa veinte mil millones de dólares, constituye solo el 5% de los 400 millones de dólares en bienes canadienses exportados a Estados Unidos, pero estos nuevos aranceles afectarán desproporcionalmente a pequeñas industrias y provocarán la eliminación de unos 90 mil empleos. Para evitar esto, Canadá había intensificado las negociaciones y había aceptado un cierto nivel del régimen arancelario, a pesar de que eso violaría el acuerdo de libre comercio. Las conversaciones parecían ir por buen camino y un acuerdo parecía inminente, particularmente luego que Trump anunciara que el acuerdo estaba listo para la firma. Pero, intempestivamente, justo antes de la medianoche del viernes 21 de agosto, Carney ordenó el retiro de sus negociadores y su regreso a Ottawa.
La versión canadiense de la ruptura es que los estadounidenses presentaron nuevas exigencias y restricciones de última hora totalmente inaceptables para Canadá. Como lo expresó el primer ministro Carney: 'No podemos aceptar lo que han ofrecido y no podemos conceder lo que han exigido'. Entre esas condiciones se exigía que Canadá aplicara a todos sus socios comerciales los mismos aranceles que Estados Unidos aplicaba a Canadá y que Canadá eliminara el requisito de proporcionar etiquetado en francés para los productos que ingresaran a Canadá.
El debate 'libre comercio versus aranceles' es quizás más antiguo que el de 'globalización versus nacionalismo'. Estas opciones binarias no son necesariamente incompatibles. El libre comercio y aranceles específicos pueden coexistir, de la misma manera que la nueva globalización y el viejo nacionalismo pueden coexistir. Las experiencias bilaterales de Canadá y Estados Unidos resultan ilustrativas al respecto. Se trata de dos países abiertos a la inmigración, con experiencias multiculturales similares.
Geográficamente, los dos países son casi iguales, con cerca de 10 millones de kilómetros cuadrados cada uno. Comparten la frontera más larga del mundo que se extiende a lo largo de nueve mil kilómetros. Pero la población de Estados Unidos, 350 millones de habitantes, es casi nueve veces mayor que los 40 millones de Canadá. Más dispares aún son sus economías y sus ingresos: el PIB de Estados Unidos es de 31 trillones de dólares, con un ingreso per cápita de 90.000 dólares; el PIB de Canadá es de 2,3 trillones de dólares, con un ingreso per cápita de 56.000 dólares. Las deudas nacionales superan el PIB en ambos países: el 125% en Estados Unidos y el 113% en Canadá.
Políticamente, Estados Unidos comenzó como una federación laxa y evolucionó hacia una mayor centralización, llegando hoy al punto de tener, gracias a la Corte Suprema, un presidente dotado de un 'ejecutivo unitario.' Canadá comenzó como un sistema político altamente centralizado y se ha flexibilizado considerablemente con el tiempo, hasta convertirse en un ejemplo exitoso de federalismo parlamentario bilingüe.
Lo que comenzó como libre comercio entre Canadá y Estados Unidos a finales de la década de 1980 abarcó también a México, para crear el bloque de libre comercio más grande del mundo con una población total de 520 millones de personas y un PIB de 35 trillones de dólares. Más que el volumen comercial, es la integración transfronteriza de la producción lo que se convirtió en el sello distintivo de este régimen de libre comercio. Esto resulta más evidente en el sector automotriz. Las piezas de automóviles van y vienen a través de las fronteras antes de ser ensambladas en un vehículo terminado.
La política del libre comercio entre Estados Unidos y Canadá tiene una historia compleja. A principios del siglo XX, fueron los liberales canadienses, liderados por el primer ministro Wilfrid Laurier, quienes promovieron el libre comercio con Estados Unidos, con oposición de los conservadores. En 1930, al inicio de la Gran Depresión, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Arancelaria Smoot-Hawley para subir los aranceles de unos 20,000 productos importados como protección frente a la competencia extranjera. Los patrocinadores de esta ley fueron el senador republicano Reed Smoot de Utah y el congresista republicano Willis Hawley de Oregón.
Las reacciones externas fueron rápidas. Canadá tomó la iniciativa con represalias contra el aumento de aranceles. Otros nueve países se unieron a las represalias, muchos otros protestaron, y todos ellos encontraron socios comerciales alternativos para reducir el comercio con Estados Unidos. El resultado fue un agravamiento de los efectos de la Gran Depresión, afectando a trabajadores, agricultores y sus familias. El comercio mundial cayó en un 66%. El castigo político fue rápido: Smoot y Hawley no fueron reelegidos, y Hoover sufrió una durísima derrota en las elecciones de 1932.
Noventa y seis años después de que la ley Smoot-Hawley fuera promulgada y luego abrogada, Trump la resucitó para imponer aranceles del 50% a las importaciones procedentes de Canadá. Smoot-Hawley permite al presidente imponer aranceles sin la aprobación del Congreso. A diferencia de lo ocurrido en 1930, el actual gobierno de Carney ha intentado entablar negociaciones, pero estas han quedado en nada. La represalia arancelaria de Canadá es a una escala mucho mayor que la de 1930. El acuerdo de libre comercio trilateral entre Canadá, Estados Unidos y México, que fuera renovado durante el primer mandato de Trump, también está suspendido y no hay indicios de su renovación. La administración Trump podría intentar un acuerdo bilateral con México solo para fastidiar a Canadá, pero tendría que ser según términos impuestos por Trump.
Hace 38 años, cuando se alcanzó el primer acuerdo de libre comercio entre Canadá y los Estados Unidos, la opinión pública canadiense estaba profundamente dividida. El entonces primer ministro Brian Mulroney, un conservador y aliado cercano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fue duramente criticado. Mulroney ganó por un estrecho margen unas elecciones muy disputadas, asegurando un gran número de escaños en las provincias de Quebec y Alberta, mientras que quedó en segundo lugar en todas las demás provincias. El acuerdo de libre comercio resultó ser una bendición aparente para la economía canadiense, pero los beneficios y costos reales todavía se debaten hoy en día. La administración Trump y sus aranceles han reavivado ese viejo debate
Antes del acuerdo de libre comercio de 1988, el 68% de las exportaciones canadienses se dirigían a Estados Unidos, y esa proporción aumentó al 76% a lo largo de 38 años. Tras los aranceles de Trump, la participación estadounidense en las exportaciones canadienses ha vuelto a caer rápidamente al antiguo 68%, a medida que las industrias y las empresas han encontrado mercados alternativos. Una de las críticas al acuerdo de libre comercio fue que adormeció a los gobiernos y empresarios canadienses, llevándolos a confiar en el mercado estadounidense sin explorar oportunidades en otros mercados.
La respuesta de Carney a Trump ha sido explorar nuevos mercados y socios comerciales. Carney cuenta ahora con un apoyo de 80% en las encuestas de opinión. Eventualmente se podría alcanzar un nuevo acuerdo comercial, pero la pregunta es si se podrá lograr en lo que queda del mandato de Trump. La cuestión principal radica en lo que esto implica para todos los acuerdos comerciales que Trump ha obligado a firmar a otros países bajo la coacción de los aranceles.
Mientras Estados Unidos con Trump se está aislando en el mundo, Trump mismo se está aislando políticamente en su propio país. La gente está cansada de que no preste atención a sus problemas económicos, agravados por su política arancelaria, y hartos de su obsesión por erigir monumentos en Washington que perpetúen su legado. Los índices de aprobación de Trump están por el suelo, las perspectivas de los republicanos para las elecciones de noviembre empeoran día a día, y casi todas las iniciativas de Trump siguen empantanadas en los tribunales. Trump ha disminuido de sus ataques militares en Irán, que han tenido un costo altísimo. Ahora amenaza con llevar a cabo 'una operación económica aplastante' contra Irán y sus socios comerciales, a lo cabría decir: de qué aplastamiento hablamos, de qué operación. Más bien parece que el fracaso estrepitoso de Smoot-Hawley le está penando por doquier.
Traducido y editado por Renato Cristi
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