Las democracias requieren de reformas puntuales que permitan mantener la credibilidad en el sistema. De no realizarse, el colectivo pasa a ser pasto de demagogos y extremistas. Aquí, gobierno tras gobierno, esas necesarias reformas se eternizan; cuando no mueren o se modifican a conveniencia en el poder legislativo o el ejecutivo.
Amagan sin noquear; como si de una pelea arreglada se tratase. El ciudadano observa descreído, sospechando que hay más espuma que chocolate en tanto rodeos y posposiciones. En la actualidad, eso sucede con la reforma policial.
Reconozco, nobleza obliga, que el actual gobierno hace esfuerzos como ningún otro por transformar la institución de orden público. Trabaja con ahincó y determinación. Sin embargo- sea por tratativas, miedos, u otra razones-, descuida pedir cuentas a la jerarquía policial. Estoy convencido que esa negligencia garantizara el fracaso; convencimiento avalado por estudiosos del tema.
Ni uniformes, edificaciones, tecnología, equipamientos, aumento de sueldo, seguros, comidas, nuevos armamentos, vehículos, o mejor educación, reducen la cultura de corrupción que aqueja un determinado sistema. Pero es cierto: en algo ayuda la educación y la implementación de protocolos administrativos de rigurosa supervisión.
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Cincuenta y cuatro generales han ocupado la jefatura policial desde que inauguramos democracia. Llama la atención el que ninguno de ellos haya sido enjuiciado; dando a entender que comandaron ajustados al reglamento y a la ley. Sin embargo, viendo como muchos dejaron el uniforme acaudalados- sin disimulo ni sonrojo- la gente entiende lo contrario. Un desplante a la vista de todos. No es de extrañar, puesto que esos antiguos jefes se formaron en la creencia de que la fortuna corresponde al mando.
Expertos en reforma policial insisten en la necesidad de supervisar, responsabilizar, y llevar a los tribunales a los oficiales sospechosos de corrupción:
Transformar una fuerza policial sin pedir cuentas a oficiales superiores es inefectivo. La cultura de esas instituciones comienza en la cima, en los que mandan: sus lideres deben establecer los estándares de comportamiento y ética. Los reglamentos deben aplicarse primero a ellos. Exceptuar a los comandantes del rendimiento de cuentas crea una doble moral, que arruina todos los departamentos. Si los defectos de corrupción quedan escondidos e impunes, permanecerán sistémicos y se pierde la confianza de la población. Así habló Zaratustra…
Alistados y oficiales subalternos pronto aprenden que la institución es un botín, otorgado a cambio de lealtades coyunturales y algo de orden social. En el anecdotario de los cuarteles escuchan de fortunas amasadas, y comprueban la impunidad de que goza la jerarquía. En otras palabras: aprenden a que brincarse la ética y el reglamento paga.
Hablo del 'árbol que crece torcido', llamo la atención sobre el fenómeno de identificación negativa. Es inevitable que hombres y mujeres nos identifiquemos con nuestros superiores; tomamos de ellos lo bueno y lo malo mientras vamos formando nuestro carácter. Cada general y superior representa para la tropa una figura paterna, de ellos adquieren hábitos y valores.
Quienes dirigen nuestra reforma policial tienen suficiente inteligencia y conocimiento para saberse al dedillo los párrafos anteriores. Entonces, ¿Porque en plena democracia ningún alto oficial de policía ha rendido cuenta ante la justicia o hacienda? Al parecer, esa permisividad es política de Estado; pasada, como bastón de relevo, de presidente a presidente sin distinción de banderías.
Sobresale, como una de las más exitosas reformas policiales, la llevada a cabo por la República Democrática de Georgia. Entre las principales razones del feliz resultado se encuentra la siguiente:
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'Se entendió, que si permanecían intactas las redes de generales, jefes policiales, fiscales y altos funcionarios que se beneficiaban del sistema, sustituir agentes inferiores no sería suficiente. El nuevo gobierno quiso enviar desde el principio una señal muy fuerte: la campana anticorrupción no terminaría en los niveles inferiores'
'A Dios rogando y con el mazo dando', dice un viejo refrán del siglo dieciséis.
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Psiquiatra, observador socio- político, opinador.
Aficionado a las artes y disciplinas intrascendentes de trascendencia intelectual.
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