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Roberto Hurtado García

El hijo de la panadera

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El cine me hizo bastante daño durante la adolescencia. Tampoco quiero responsabilizar enteramente a Hollywood, porque yo puse mucho de mi parte, pero durante algunos años creí que las películas contenían información útil sobre el amor y aquello fue un error. Uno veía a un muchacho enamorarse de la chica más guapa del instituto y daba por hecho que aquello podía suceder también en la provincia de Alicante. El protagonista solía ser tímido, algo torpe y no demasiado popular, características en las que algunos podíamos reconocernos. Lo que olvidábamos era que aquel adolescente estaba interpretado por un actor de veintisiete años al que habían despeinado y puesto unas gafas para afearlo. Nosotros no necesitábamos tanto trabajo de caracterización. Ellas tampoco salieron indemnes. El cine les presentó hombres taciturnos, difíciles, con una herida antigua y cierta resistencia a hablar de sus sentimientos. Bajo todo aquello había, por supuesto, una persona estupenda esperando a que alguien tuviera la paciencia de descubrirla. A veces un hombre insoportable era simplemente un hombre insoportable. Richard Gere también hizo lo suyo. En Oficial y caballero entraba en una fábrica vestido de uniforme, encontraba a Debra Winger, la cogía en brazos y se la llevaba mientras todo el mundo aplaudía. Aquello nos pareció romántico. Traslademos la escena a Carrús. Imaginemos que aparezco una mañana en una fábrica de calzado vestido de oficial y caballero —aunque nunca he sabido dónde podía conseguir semejante uniforme—, entro sin permiso y avanzo entre las máquinas dispuesto a sacar en brazos a la muchacha de la que estoy enamorado. «¿Usted dónde va?». Intenta explicarle al encargado de una fábrica de Carrús que has venido a llevarte a una de sus trabajadoras porque estás enamorado. Richard Gere tenía música. Yo habría tenido al encargado. Y todavía habría salido peor parada ella. Debra Winger desaparecía con Richard Gere y empezaban los títulos de crédito. La muchacha de Carrús tenía que volver a trabajar el lunes. Los siguientes veinte años habría sido aquella a la que un imbécil fue a buscar vestido de oficial. Cada vez que llegara alguien nuevo: «Marisa, cuéntale lo del uniforme». Tampoco Tom Hanks nos hizo ningún favor. El cine consiguió convencernos de que no era imprescindible ser especialmente guapo, cosa que tranquilizó bastante a quienes ya empezábamos a sospechar que no íbamos a serlo. Bastaba con ser simpático. A Tom Hanks siempre le funcionaba. A mí, ser simpático me sirvió sobre todo para hacer de sujetavelas. O de carabina, que implicaba cierta responsabilidad. Siempre había un amigo más decidido, más valiente o sencillamente con más suerte que había conseguido acercarse a dos chicas y necesitaba desprenderse de una. «Entreténme a la amiga». Claro. La amistad está para eso. Uno aceptaba la misión y pasaba la siguiente hora hablando con una desconocida mientras su amigo intentaba resolver su futuro sentimental a pocos metros. Ella tampoco tenía culpa de nada: muchas veces estaba allí porque su amiga le había pedido que la acompañara y ahora se encontraba conversando con un muchacho al que tampoco había elegido. Éramos dos daños colaterales. A veces la conversación era incluso agradable y uno podía empezar a hacerse ilusiones. Entonces regresaba la amiga. «¿Nos vamos?». Y se iban. Tu compañero aparecía al rato: «¿Te ha dado el teléfono?». «No». «¿Y qué has hecho?». «Entretenerla». Para eso me habías traído. Quizá la culpa no fuera enteramente del cine. Billy Wilder ya había intentado advertirnos. En El apartamento, Jack Lemmon estaba enamorado de Shirley MacLaine, Shirley MacLaine estaba enamorada del hombre equivocado y casi todo el mundo utilizaba el apartamento de Jack Lemmon menos Jack Lemmon. Eso sí se parecía bastante más a la vida. El problema es que nosotros preferíamos creer a Tom Hanks. Y luego estaba Meg Ryan. Quién no se enamoró alguna vez de Meg Ryan. Le bastaba con reírse, discutir por cualquier tontería o mirar a Tom Hanks como si aquel hombre normal tuviera algo que los demás no habíamos sabido ver. Si Meg Ryan podía enamorarse de Tom Hanks, todavía había esperanza. Yo, desde luego, me agarré a ella. Recuerdo haber pasado una temporada bastante pendiente de una amiga de una vecina. Era guapísima y mi relación con ella tenía una pequeña dificultad: se desarrollaba casi por completo dentro de mi cabeza. No estoy seguro de que supiera mi nombre. Quiero concederme al menos eso. Mientras yo fabricaba casualidades que me permitieran coincidir con ella, otra chica aparecía muchas tardes frente a la puerta de mi casa. Sobre todo en primavera. Se sentaba por allí, hablaba con unas y con otras, esperaba. A veces yo salía. A veces entraba. Nos saludábamos. No sospeché nada. Seis meses después alguien me preguntó si no sabía que aquella chica estaba colada por mí. No. Naturalmente que no. Entonces recordé alguna tarde, alguna pregunta, la cantidad de veces que había aparecido por allí. Para entonces salía con el hijo de la panadera. No guardo ningún rencor al hijo de la panadera. El hombre no había hecho nada malo. Seguramente habló con ella, se dio cuenta de que le gustaba y volvió a hablar con ella al día siguiente. A los dieciséis o diecisiete años, semejante sencillez estaba fuera de mi alcance. Nosotros podíamos pasarnos una tarde intentando averiguar si una chica había mirado a alguno de nosotros en una discoteca y discutir después cuánto había durado la mirada, si había sonreído y, sobre todo, a quién estaba mirando exactamente. Llamar por teléfono tampoco era sencillo. El teléfono estaba en el salón y casi siempre descolgaba quien no debía. «¿Está Ana?». «¿Quién eres?». Aquella pregunta podía acabar con una tarde entera de preparación. Si finalmente conseguías que se pusiera ella, quedaba todavía lo más difícil. «Hola». «Hola». «¿Qué haces?». «Nada. ¿Y tú?». «Nada». Hollywood había levantado imperios con menos argumento. Imagino que a ellas tampoco les resultaba mucho más fácil. Alguna estaría esperando que llamase un muchacho que, a pocas calles, llevaba media hora sentado delante del teléfono reuniendo valor para preguntar si estaba Ana. Y no llamaba nadie. Mientras tanto, una chica podía pasar tardes de primavera frente a tu casa y tú no darte cuenta. Podías estar enamorado de otra que apenas reparaba en ti o hacer de carabina para un amigo con más suerte. Nunca supe qué hizo el hijo de la panadera. Quiero pensar que tampoco fue gran cosa. No apareció vestido de oficial en ninguna fábrica y, hasta donde sé, Meg Ryan no tuvo ninguna influencia en el asunto. Probablemente un día se acercó a ella y le dijo hola. Y ella le contestó.
El hijo de la panadera
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