ED

Editor

Ver el presente en Ceuta, por Andreu Jaume

Image
Quien ha visto el presente, todo lo ha visto, decía Marco Aurelio, refiriéndose al fondo inalterable que hay en cualquier periodo histórico. Por mucho que pasen los siglos, cambien las vestimentas o mejoren los transportes, seguimos asistiendo al mismo drama humano de guerras, flujos migratorios, hambre, odio, invasiones, desesperación y miedo. Medimos el progreso con respecto a la tecnología o los avances científicos, que sería frívolo despreciar o minusvalorar, pero al mismo tiempo no deja de ser evidente y frustrante comprobar cómo la necesidad, lo que nunca cesa, que los griegos llamaron Ananké, sigue con su fuerza bruta y obstinada, arrastrándonos a todos, como si no hubiéramos aprendido nada. Ver el presente, de todos modos, atreverse a verlo con ojos despejados, con toda su crudeza y complejidad, es siempre muy difícil, quizá hoy más que nunca. Las atrocidades de este siglo nos han sorprendido con la guardia baja y la despensa moral bastante vacía. La frustración del imposible crecimiento infinito y el poderoso narcótico del mundo digital, con todos sus sucedáneos, nos han convertido en espectadores apáticos de una realidad que resulta cada vez más difícil contemplar de cara, pero que no deja de sangrar afuera. Como decía Albert Camus, hay que esforzarse cada día para no apartar la mirada de lo que nos resulta insoportable, un ejercicio que en nuestra época se ha vuelto casi imposible. Cada uno tiene sus particulares anteojeras mediáticas o virtuales para ver lo que quieren que veamos aquellos que controlan un determinado estado de opinión. La crisis de Ceuta ha puesto de manifiesto hasta qué punto carecemos de un vocabulario político común capaz de acoger una discusión sobre los problemas que nos atenazan, no ya como país, sino como civilización. En el debate parlamentario del jueves pasado, la diputada de Sumar Aina Vidal hizo muy bien en abroncar al diputado de Vox José María Figaredo por su llamada a «cazar» inmigrantes. Las palabras importan y no pueden utilizarse a la ligera, menos cuando esos símiles tienen detrás un espantoso historial ideológico que recuerda y actualiza la desacralización del concepto de «persona». Está aún por escribirse la respuesta a la impugnación que el pensamiento posmoderno, con intenciones quizá legítimas, pero con resultados penosos, llevó a cabo en el siglo pasado con respecto a la trascendencia de la persona, una categoría humana para la que no existe sustituto y cuyo eclipse ha traído siempre el horror. Se equivocó, en cambio, Aina Vidal al denostar las peticiones de devolución, rebajándolas todas a un mismo nivel de insolidaridad y racismo. No hay duda de que las soflamas de los exaltados y las propuestas de corte violento y agresivo no van a solucionar nada, aunque nunca hay que dejar de tenerlas en cuenta porque forman parte de la bestia que también somos y a la que hay que dar espacio en nuestra imaginación, justamente para combatirla. Pero no se puede acusar de xenófobos a quienes demandan una normativa urgente para incoar, por la vía legal, ordenada y por tanto civilizada, la repatriación de unas personas que han sido enviadas, según puede colegirse de los informes policiales que estamos conociendo estos días, como carne de cañón por el Estado totalitario al que pertenecen y que nuestro Estado —de derecho, sí— tiene la obligación de entregar a la ley, pero sin olvidar la ciudad en la que están y los derechos fundamentales de sus habitantes. Como ha recordado Carlos Mármol en este mismo periódico, si un español entra ilegalmente en Marruecos, su destino es bastante más negro. Allí su transgresión se considera un delito contra la soberanía alauí y equivale a un encarcelamiento inmediato y preventivo. Si la derecha ofende a menudo la dignidad con sus exigencias viscerales de excepción y castigo, la izquierda olvida, una y otra vez, que la bondad no tiene nada que hacer en el espacio público. Por eso ha sorprendido y admirado la actitud de Juan José Vivas, a quien muy pocos conocían hasta ahora, y que ha dado una lección de cómo se ejerce una magistratura. El presidente ceutí ha sabido ser severo sin faltar al respeto, defender su ciudad sin denigrar a los inmigrantes, pero apelando a las más altas instancias, desde la Corona, el Gobierno y la UE, para que se restituya el statu quo. Su respuesta a la demagogia de la ministra de Sanidad, contenida y a la vez contundente, ha sido modélica. Efectivamente, nadie puede dar lecciones de convivencia, humanitarismo o solidaridad a una comunidad como la de Ceuta, que lleva siglos integrada por judíos, musulmanes, cristianos y también hindúes. En el ejercicio de su cargo, además, Vivas ha acertado a trascender las siglas de su partido, buscando acuerdos con la oposición en asuntos clave e ignorando las barrabasadas de Vox. «Nadie puede dar lecciones de convivencia, humanitarismo o solidaridad a una comunidad como la de Ceuta, que lleva siglos integrada por judíos, musulmanes, cristianos y también hindúes» No estaría de más recordarle a la ministra de Sanidad, por cierto, las contradicciones que se ovillan en su propio conglomerado ideológico con respecto a la solidaridad. En Mallorca se ha oído siempre una expresión que desde niño me pareció siniestra y que tardé en entender. Cuando se hablaba del exceso de forasters —es decir, de trabajadores andaluces o murcianos—, mucha gente, llevada por la rutina anestésica en la que vive, solía gritar: «¡¡barco de rejilla!!». Yo al principio pensaba que se referirían a barcos dotados con jaulas de rejilla, a modo de cárcel, para que los molestos castellanoparlantes fueran devueltos a sus pueblos. Pero no, se trataba de algo más literal, es decir, de barcos hechos de rejilla para que los «inmigrantes» —palabra en este caso equivocada, puesto que los andaluces estaban y están en su país, ya sea en Baleares o en Cataluña— se hundieran cuanto antes y dejaran de contaminar la raza. Esa especial forma de solidaridad sigue viva —y de qué manera— en los partidos de izquierda catalanista y nacionalista hoy asociados con Sumar. Otra cuestión que se utiliza de forma torticera y repugnante es la de los menores, cuya reducción al calificativo burocrático de «menas» es uno de los síntomas de despersonalización más alarmantes de nuestro tiempo, a menudo jaleado por la derecha. En cuanto a la izquierda, no estaría de más que tuviera en cuenta las reflexiones que hizo Hannah Arendt sobre la integración racial en las escuelas de Little Rock, en Arkansas, cuestionando la imposición por la fuerza de una igualdad social que no debía confundirse con la igualdad jurídica. Arendt distinguió entre lo político, lo social y lo privado. A su juicio, el Estado debía velar por la igualdad ante la ley, pero en cambio no podía regular las relaciones sociales, obligando a los niños a protagonizar una disputa política que se debía resolver entre adultos. Se trata de una observación que no ha dejado de adquirir relevancia y complejidad a medida que nos adentramos en este siglo XXI. Porque en Ceuta, a pesar de la acción caótica, mendaz y vergonzosa del Gobierno, a pesar de la indignante desidia del presidente, definitivamente invalidado, moral y políticamente, para ejercer su cargo, debemos esforzarnos en discernir entre lo que fue —y sigue siendo— una violación de la integridad territorial del país y las consecuencias jurídicas, civiles y humanitarias que está teniendo. Nada vamos a solucionar si nos empeñamos en ver una sola cara del problema o fiamos su comprensión a la burda batalla política y caníbal que está creando una verdadera guerra civil mundial. Mientras Pedro Sánchez hablaba en el Congreso, más de 80 personas —entre ellas una bebé, subrayo el femenino para que duela aún más la singularidad de esa preciosa vida perdida— murieron en un cayuco rumbo a Canarias. (Cristina Valido, por cierto, de Coalición Canaria, dio uno de los pocos discursos vibrantes y justos que se pronunciaron el otro día en el hemiciclo, contra la demagogia a izquierda y derecha que se había oído). Y a lo largo de todo el verano, no han dejado de llegar a Baleares —a Mallorca, Cabrera y Formentera— pateras llenas. Ese es nuestro presente y hay que atreverse a verlo en toda su dimensión, si de verdad queremos vivirlo.
Ver el presente en Ceuta, por Andreu Jaume
View on original source
Share
Archive
Like

(0)Comments

 

Related Opinion

A note on cookies

Newshunt uses essential cookies to keep you signed in and to remember your language and country, so the site works the way you expect. With your permission, we'd also like to use analytics cookies to understand how people use Newshunt and improve it over time.

Accepting only affects analytics. To learn more, view our Privacy Policy or Terms & Conditions.