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Cristina Gufé

¿Tienes un pañuelo? O la ternura indirecta

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La escritora rumano alemana Herta Müller (1953) padeció la grisura, las penurias y la persecución del régimen de Ceaucescu. En el 2009 el premio Nobel de Literatura reconoció su compromiso político y humano con las minorías humilladas. NorthFoto / Zumapress Herta Müller es una escritora de origen rumano y lengua alemana —en Rumanía existe una minoría que se expresa en ese idioma—, a la que le fue concedido el Nobel de Literatura en el año 2009. En el discurso de aceptación recordó que cada mañana, antes de salir de casa, su madre le hacía una pregunta: «¿Tienes un pañuelo?». Al responder que no, entraba en casa para recogerlo. «El amor se disfrazaba de pregunta». El pañuelo se convirtió en símbolo de afecto y protección. Más tarde comprendió que ese objeto no era tan simple: servía para sonarse, protegerse, secarse las lágrimas, moverlo en las despedidas, hacerle un nudo para recordar algo, aliviar el dolor de cabeza si lo mojas. Durante los años del régimen totalitario de Ceausescu entró a trabajar como traductora en una fábrica de maquinaria; un día, un hombre del Servicio Secreto le pidió que colaborara con la red de espionaje; al negarse la expulsaron del lugar que ocupaba, se traslada entonces a una escalera que se convierte en despacho, donde iba a transformar el miedo en palabras. Extiende allí el pañuelo que pasa a ser su oficina. Descubre que una simple escalera también podía encerrar múltiples significados; comprendió que la ternura se esconde de muchos modos y que la pregunta de su madre tal vez no sería destruida ni bajo el poder del peor de los sistemas. Utilizaba diccionarios, en los que descubrió lo poético de las máquinas hidráulicas (algunas tenían nombres como «cola de golondrina» o «cuello de cisne»), así —pensó— que el trabajo tan duro solo resultaba soportable gracias a la ternura indirecta, la misma que se ocultaba en la pregunta de la madre. También supo del poder de la escritura que, por su naturaleza muda, nunca sería destruido, el lenguaje le iba a proporcionar refugio y resistencia. «El arduo trabajo solo resulta soportable gracias a la ternura oculta, cada palabra en cada profesión se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo». La aspereza en la voz de la madre había reforzado la ternura. Ante el autoritarismo no se podía hablar mucho, hacerlo podría acarrear malas consecuencias, entonces Herta descubrió que «lo que no puede decirse puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo que va de la cabeza a la mano». La escritura comenzó para ella en el silencio, en las escaleras se dio cuenta de que las palabras son capaces de mostrarle a lo vivido lo que no había en el vivir. Ahí apareció la grandeza, el poder del pañuelo, símbolo de lo inquebrantable del lenguaje como liberación ya que no hay modo de excluir lo bello y la protección que podemos encontrar en los lugares y las condiciones más insospechadas. Acaba su discurso recordando a los que, en los dictaduras, son despojados de su dignidad, a ellos le gustaría decirles: ¿Tenéis un pañuelo?, sin olvidar que esta pregunta tal vez se refiera a la extrema soledad del ser humano. Cristina Gufé es escritora, licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación
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