LU

Luis Ángel Pérez De La Pinta

Cuidadín

Image
La IA y sus cosas con las que hay que tener cuidadín Como todo hijo de vecino, uso la IA en mi trabajo. Es una herramienta estupenda para todas esas tareas sencillas, tediosas e intensivas en tiempo que forman parte de cualquier jornada. Parece, además, especialmente diseñada para periodistas y similares: gremio que, si por algo se distingue, es por saber hacer más o menos de todo con pericia escasa y disponer de algo parecido a un vasto océano de conocimiento con una profundidad, eso sí, de apenas un centímetro. Labores hoy importantes y cotidianas en la jornada de cualquiera que trabaje en comunicación como, por ejemplo, corregir un cartel o preparar un apunte con fotos para redes, se pueden resolver ahora en unos minutos si sabes explicarle a la máquina qué quieres y cómo lo quieres. ¿Suena bien, verdad? Claro que sí, pero el problema llega cuando, en lugar de saber explicárselo, solo crees que lo sabes. Y a mí, a mis 48 y con 25 años de oficio, me ha pasado esta misma semana. Fue, y no es excusa, en una mañana de prisas, de esas en las que se acumulan las cosas y el tiempo para pensar es poco. La cuestión afectaba a una fotografía. Una foto de grupo, además, y con la plana mayor de la institución donde trabajo en ella. Convencido de que un simple retoque podía convertir una imagen correcta, sin más, en una fotografía excelente, eché mano de la magia prometida. Y sí, funcionó: el resultado parecía mucho mejor que el original. Pero el problema estaba en esa palabra: parecía. Solo parecía. No lo era. Y es que, en aquella aparentemente mejorada imagen, había algo malo. Algo que no se veía a primera vista y que, por eso, me recordó, salvando las distancias, a la escena inicial de Terciopelo Azul, de David Lynch. En ella, el responsable de Twin Peaks nos enseñaba un idílico barrio residencial estadounidense, de jardines perfectamente cuidados, en el que, de repente, un hombre también idílico y aparentemente majísimo sufre un infarto. La cámara baja hasta la hierba y muestra lo que no se veía: insectos negros y feos comiéndose unos a otros entre las briznas de césped verde y cuidadísimo. Lo mío, afortunadamente, inquietaba menos, pero necesitaba un zoom igual. Porque, al ampliar la imagen modificada, veías cómo las caras de los protagonistas se habían transformado hasta lo ridículo. Personas que conocía perfectamente tenían ahora unos rasgos que no eran los suyos. Había dos culpables: un programa de retoque automático que, con criterio dudoso, hacía algo no pedido que consideraba una mejora y un tonto —yo— que la había liado parda por no revisar las cosas en profundidad y creer que los cacharros hacen las cosas mejor que las personas. Lo que me tocó hacer después se lo pueden ustedes imaginar: un rosario de llamadas, explicaciones y disculpas. Encima era domingo, día de pocas noticias y, por tanto, de esos en los que cualquier cosa que se tuerce tiene más posibilidades de llamar la atención de la cuenta. Hubo que volver a enviar todo, esta vez con la fotografía original, y explicar que un filtro de enfoque aplicado por error había hecho no sé qué y no sé cuántos. El resultado fue muy sencillo: lo que en teoría iba a ser una mañana corta terminó pasadas las cuatro. Y no del todo, porque el miedo a que la cosa se fuera de madre todavía lo tenía cuando llegué a casa. El asunto no fue a más porque, debo decirlo, trabajo en una provincia llena de profesionales excelentes. Gente que, cuando metes la pata, en lugar de rematarte, te ayuda porque entiende que estas cosas pasan y hace lo posible para que el error se quede en eso: en un error. En Madrid —y basta para confirmarlo cierta historia que todos conocemos sobre cierto presidente, cierta mesa y ciertas piernas— probablemente todo hubiese transcurrido de otra manera. Ni la rapidez de la reacción ni la comprensión de mis pares —y de mis jefes, sea dicho— me habrían salvado el día. ¿Qué saco de aquí? Tres cosas. La primera: las prisas son malas consejeras. Y conste que lo de "vísteme despacio, que tengo prisa" no sé si lo dijo Napoleón, Carlos III o el emperador Augusto, pero tanto da, porque es verdad. La segunda: la IA está muy bien. Es una herramienta estupenda que ahorra tiempo, resuelve tareas y puede hacer cosas extraordinarias, pero también genera problemas que, a veces, se ven a simple vista y, en otras ocasiones, solo aparecen cuando haces ese zoom que siempre hay que hacer si no quieres que tu carrera acabe en un fundido a negro. La tercera —y última—: cuando hay mucho en juego y no eres experto en lo que te ocupa, no te fíes ni de ti mismo ni de la magia. En estos casos, no está de más confiar en alguien que lleva años haciendo eso que necesitas y no sabes hacer y que, por eso, tiene oficio, trayectoria y galones. Lo que se paga con dinero, y lo decía mi abuelo Manolo, siempre es barato. Y eso mismo vale también para carteles, discursos, vídeos, análisis prospectivos o lo que se os ocurra. Porque una fotografía imperfecta sigue siendo una fotografía. Una cara distorsionada hasta lo grotesco, ya es otra cosa. Cuidadín, pues.
Cuidadín
View on original source
Share
Archive
Like

(0)Comments

 

Related Opinion

A note on cookies

Newshunt uses essential cookies to keep you signed in and to remember your language and country, so the site works the way you expect. With your permission, we'd also like to use analytics cookies to understand how people use Newshunt and improve it over time.

Accepting only affects analytics. To learn more, view our Privacy Policy or Terms & Conditions.