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ARTURO CHECA

ARTURO CHECA: El príncipe

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Érase un príncipe que se imaginaba maravilloso y vivía feliz en su imaginado e imaginario mundo. Al príncipe le daba igual si alguien rompía las ... defensas de su endeble castillo, decidía quedarse a vivir en su interior y ponía en jaque a sus villanos, graneros, tiendas de pan y comerciantes de barro. «Hay que ser solidario. Debemos ayudar a todos». Igual daba que las arcas del Reino menguaran o que los invasores fueran una invitación a que más y más llegaran. El príncipe seguía ufano y feliz. Acusando a otros de conspiraciones. No dudando en coger a su princesa e irse de vacaciones a un balneario. Y luego a un refugio de montaña. Mientras alrededor del castillo, el panadero no podía abrir su tienda por miedo a saqueos, las madres temían dejar solas a sus hijas por las calles de la villa y los vasallos se manifestaban pidiendo una solución en todos los confines de su Reino. «Y qué más da», pensaba el príncipe. «Si yo soy listo, guapo y feliz». Al príncipe tampoco parecía afligirle haber nombrado a un amo de llaves de su castillo rojo, a un alguacil dedicado a impartir justicia y al mayordomo mayor del reino y que todos ellos hubieran acabado en manos de la ley medieval. O que el Rey Emérito Rojo estuviera también en las mazmorras sociales mientras se le investigaba por haberse quedado joyas de la corona y haber metido la mano en los cofres de oro del reino. «Todo habladurías, invenciones y conspiraciones del Castillo Azul», decía a todo el que se acercaba. Y los que le rodeaban le alegraban el oído, le decían «que bien le queda a usted ese vestido, mi príncipe». Lo mismo daba que el príncipe andara en pelota picada. Su ejército de aduladores nunca fallaba. Claro que el príncipe tenía enemigos. Hasta en los de su consejo real, aquellos que le sostenían en el trono. Ya ni siquiera se escondían para hablar mal de él y criticarle. Lo hacían en el salón del trono delante, mientras el príncipe escuchaba con una media sonrisa irónica y narcisista. Incluso aplaudía tras guardar el pequeño espejito en el que se miraba para adorar lo hermoso que era. Luego, en los despachos del salón del trono, los mismos que echaban sapos de él en público extendían la mano para llevarse la bolsa de monedas de oro para llevarse a cada uno de sus condados. Y a seguir sosteniendo al príncipe y su ufano trono. Érase una vez Sánchez en su mundo de fábula, en su universo paralelo en el que nunca pasa nada, ni aunque se invada una parte de tu país, ni aunque los principales cargos de confianza a los que has nombrado acaben corrompidos ni cuando hasta los tuyos te giran la cara. Pero toda historia tiene su 'colorín, colorado, este cuento se ha acabado'.
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