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Carlos Belloni

Los hijos del algoritmo y el futuro de la humanidad

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Durante casi toda la historia humana, tener un hijo implicó aceptar una enorme dosis de incertidumbre. La reproducción, las características del bebé y su nacimiento eran eventos atravesados por el azar. Nadie podía saber qué hijo llegaría al mundo, qué rasgos heredaría, qué enfermedades desarrollaría o qué capacidades tendría. La parentalidad comenzaba, precisamente, aceptando esa contingencia. Esto comenzó a cambiar. Hoy existen empresas capaces de analizar embriones humanos y de asignarles puntuaciones vinculadas a su predisposición genética a determinadas enfermedades y trastornos e, incluso, a la probabilidad de heredar ciertos rasgos físicos o cognitivos. Lo que comenzó como una herramienta médica destinada a evitar enfermedades hereditarias comienza a deslizarse hacia algo más ambicioso: seleccionar y optimizar hijos. La escena ya no pertenece a la ciencia ficción. Laboratorios como Orchid Health, Nucleus Genomics o Herasight ofrecen análisis genéticos completos de embriones capaces de estimar riesgo de cáncer, enfermedades cardíacas, trastornos psiquiátricos y, según prometen algunas compañías, incluso probables diferencias de inteligencia entre embriones de una misma pareja. La lógica es seductora. Si una tecnología puede disminuir las probabilidades de sufrimiento, ¿por qué no utilizarla? Si existe la probabilidad de evitar una enfermedad neurodegenerativa, un trastorno metabólico o una predisposición genética severa ¿no sería irresponsable negarse a hacerlo? El problema comienza en el momento en que la lógica médica comienza a mezclarse con la lógica del perfeccionamiento. Porque una vez que existe un proceso de selección y que este queda disponible al público, la frontera entre prevenir enfermedades y optimizar rasgos se hace borrosa. El paso siguiente deja de ser evitar el sufrimiento y pasa a ser cómo maximizar el potencial. Y aquí aparece algo nuevo: los hijos comienzan a transformarse en objeto de evaluación algorítmica. Eligiendo bebés La revolución tecnológica más importante de las próximas décadas quizás no ocurra sólo en el ámbito de la inteligencia artificial o de la automatización de los agentes, sino que ocurra en el ámbito de la reproducción humana. Durante siglos, sexualidad y reproducción estuvieron biológicamente unidas; tenían un vínculo estructural; tener hijos implicaba necesariamente un encuentro sexual entre cuerpos humanos. La fertilización in vitro rompió esa relación. Los embriones empezaron a ser producidos fuera del cuerpo humano junto a pruebas genéticas preimplantacionales capaces de seleccionar qué embriones serían utilizados y cuáles descartados. Luego aparecieron técnicas de congelamiento de embriones que permiten almacenarlos incluso durante décadas. Hoy vivimos con la paradoja temporal de embriones que permanecieron congelados durante más de treinta años y que, ahora, están siendo implantados y dando lugar a nacimientos. La situación es filosóficamente extraordinaria. Bebés nacidos décadas después de haber sido concebidos, o padres más jóvenes que el embrión implantado tras donaciones. Embriones almacenados indefinidamente en un limbo biológico y jurídico. La reproducción se independizó del sexo, de los tiempos biológicos, del cuerpo –se está experimentando con úteros externos– y, sobre todo, del azar. Y, cuando la reproducción entra tan plenamente en esta lógica técnica, inevitablemente aparece otra lógica: la de la optimización. Las nuevas plataformas genéticas funcionan de manera inquietantemente similar a los sistemas algorítmicos que ordenan y organizan buena parte de la vida digital. Todo se vuelve evaluable, cuantificable y comparable. Los embriones empiezan a presentarse como probabilidades: riesgo de Alzheimer, predisposición cardíaca, probable coeficiente intelectual, color de ojos, trastornos psiquiátricos, ansiedad, altura estimada. La lógica del scoring abandona las redes sociales y los mercados financieros para ingresar en el terreno de la reproducción humana; modificando la idea de parentalidad. Hace algunos años, el filósofo Michael Sandel escribió que el problema del perfeccionamiento genético no reside sólo en sus riesgos técnicos, sino en la transformación silenciosa de nuestra relación con la vida. El peligro aparece cuando dejamos de percibir la existencia humana como algo que debía ser asumido y aceptado, y comenzamos a verla como objeto de dominio y de diseño. Porque durante siglos, amar un hijo implicaba aceptar aquello que llegaba. Existía un límite biológico infranqueable: la imposibilidad de decidir cómo sería esa persona y, la parentalidad, quedaba ligada a una experiencia de humildad frente a lo imprevisible. Los hijos no eran proyectos controlables sino individuos contingentes, atravesados por el azar, la herencia y circunstancias imposibles de prever. Ahora aparece una cultura que empieza a considerar intolerable esa incertidumbre. Y que actuará en consecuencia. Elijo optimizar Silicon Valley ocupa un lugar central en este proceso. Muchos de los principales impulsores de estas tecnologías provienen del ecosistema tecnológico y transhumanista obsesionado con la optimización, los datos y la ingeniería de sistemas; lógica coherente con la cultura tecnológica contemporánea. Si todo sistema puede ser optimizado, ¿por qué la reproducción humana debería permanecer fuera de esa lógica? Si existen algoritmos capaces de maximizar los rendimientos financieros, la eficiencia energética o la productividad empresarial, ¿por qué no utilizarlos también para maximizar el potencial genético de nuestros hijos? La pregunta parece racional. Incluso inevitable. Y allí reside el problema. Y el peligro. Porque esta eugenesia contemporánea no se presenta bajo discursos brutales sobre pureza racial o superioridad biológica. Llega envuelta en un lenguaje mucho más amable, el de la prevención, de la libertad individual, de la autonomía reproductiva, de la salud del embrión y del potencial genético. Nadie obliga. Nadie impone. Los padres eligen elegir. Y todo se vuelve inquietante. Porque las formas más eficaces de control social rara vez funcionan sólo mediante coerción. Funcionan mejor cuando las personas internalizan de manera natural y voluntaria determinadas lógicas culturales hasta llevarlas a cabo como decisiones libres. Eugenesia de Mercado El problema tampoco es solamente ético. Es político y económico. Estas tecnologías son costosas. Sólo sectores privilegiados pueden acceder a sistemas avanzados de selección genética embrionaria. Si esas capacidades continúan expandiéndose, la humanidad podría ingresar en otra nueva forma de inequidad: la desigualdad biológica. No sólo ricos y pobres, sino individuos optimizados versus individuos no optimizados. Y la posibilidad resulta perturbadora porque rompe una de las intuiciones igualitarias más profundas de la humanidad. Hasta ahora, incluso en sociedades profundamente desiguales existía una lotería biológica compartida. El azar distribuía talentos, capacidades y limitaciones de manera imprevisible. La ingeniería genética amenaza con convertir esa lotería en mercado, haciendo resurgir el fantasma de la eugenesia. Durante el siglo XX, la eugenesia estuvo asociada a esterilizaciones forzosas, racismo científico y totalitarismo biológico. Pero esta nueva eugenesia no necesita de la coerción estatal. Puede funcionar mediante elecciones privadas guiadas por incentivos culturales y económicos. Una eugenesia cultural de mercado. Existe además otra dimensión más silenciosa e inquietante. A medida que estas tecnologías avanzan, la reproducción humana comienza a desacoplarse no sólo del sexo sino también del deseo. En varias sociedades desarrolladas, las nuevas generaciones muestran un desinterés sostenido no sólo ante el matrimonio y la reproducción, sino también ante el deseo sexual. Japón suele aparecer como el laboratorio extremo de este fenómeno. Y emerge una pregunta profundamente extraña: ¿cómo sería una humanidad que no necesite de la sexualidad para perpetuarse? ¿Y una humanidad sin deseo sexual? En paralelo, las tecnologías reproductivas avanzan separando aún más la sexualidad de la reproducción y la concepción de la carga genética. La reproducción comienza a convertirse en otro proceso técnico administrable. La afirmación parece exagerada. Pero hace apenas algunas décadas resultaba impensable la fertilización in vitro, la selección genética embrionaria o la posibilidad de editar el ADN humano. La historia tecnológica muestra siempre el mismo movimiento: aquello que inicialmente parece monstruoso termina por volverse familiar; lo habitual naturaliza lo que antes resultaba moralmente insoportable. Quizás por eso el verdadero problema de estas tecnologías no sea qué podemos hacer con ellas, sino qué clase de humanidad comenzará a considerarlas normales. Porque una vez que los hijos empiezan a ser evaluados, comparados y seleccionados mediante algoritmos, algo profundo cambia en la relación entre padres e hijos. El amor parental deja de ser aceptación incondicional y se desliza hacia otra lógica: la de la optimización. Y allí aparece el verdadero núcleo inquietante de esta revolución biológica. No que los seres humanos persigan hijos perfectos. Quizás nunca lleguemos a eso. El verdadero cambio ocurre antes: en el momento en que la contingencia humana deja de ser tolerable y la incertidumbre deja de marcar la parentalidad.
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