Opinión | Anomalías
Eduardo Armada
Escritor y fotógrafo
La actriz Anna Galiena, en «El marido de la peluquera».
Antoine. Su infancia transcurre en un pueblo francés de la costa. Le gusta ir a la playa y jugar con la arena, aunque odia el bañador de lana que le obliga a ponerse su madre, porque le pica y nunca se seca. Ya de pequeño acude con frecuencia a la peluquería. Le gusta el olor, la voz y la proximidad de la peluquera, sus grandes pechos tan cerca de su cara mientras ella le corta el pelo.
Un día vislumbra uno de esos pechos por la bata entreabierta y se jura a sí mismo que de mayor se casará con una peluquera. Y así fue. Años más tarde, Antoine conoce a Mathilde y ambos se enamoran perdidamente. A veces Mathilde le corta el pelo, a veces se sienta junto al mostrador de la entrada mientras él la observa pasar las páginas de una revista. Todo transcurre en un ambiente de calma y sensualidad, con el tiempo ralentizado en el interior de la peluquería donde Antoine y Mathilde viven sin estridencias su amor intemporal.
Durante años, si me preguntaban respondía que mi película predilecta era El marido de la peluquera, de Patrice Leconte, con Jean Rochefort y Anna Galiena en los papeles de Antoine y Mathilde. Solo en los momentos de desamparo caía en la infidelidad y me dejaba seducir por Léolo.
«Porque sueño, yo no lo estoy», repetía Léo Lauzon tratando de escapar de la locura y de una sórdida existencia con una familia extravagante.
Me mantuve fiel a esa elección durante años, por costumbre y porque algo me lo recordaba ocasionalmente: un libro de recetas que todavía conservo. En realidad es un cuaderno de contabilidad –gris reminiscencia de un tiempo tortuoso– con las hojas pautadas y columnas para el deber y para el haber. Es sorprendente que haya sobrevivido hasta ahora, resistido mudanzas y visitas al trastero, porque no es un libro muy glamuroso. Básicamente apunto tiempos de cocción.
No obstante, aún en su simpleza y austeridad, un libro de recetas puede resultar revelador, pues no pretendiendo contar nada de nosotros mismos, a menudo lo hace. O acaso es lo mismo una comida emulsionada, reducida y texturizada, con guarniciones imposibles y sugerentes nombres en francés, que un recetario como el mío, frugal en extremo: judías, cinco minutos treinta segundos. Brócoli, tres minutos con quince.
La única extravagancia, ajena por completo tanto al arte culinario como contable, es una anotación sin fecha en la primera página, seguramente del verano de 1991, cuando se estrenó en España El marido de la peluquera. Se trata de la transcripción de una carta, la que Mathilde le deja a Antoine una oscura noche de lluvia.
Me pregunto qué sentido tiene y, sobre todo, qué dice eso de mí. Una carta de amor y de suicidio en un libro de contabilidad que es también un recetario.
Imagino que a la sombra de la nostalgia, seducido por la susurrante voz en off de Mathilde y cierta querencia por el drama, transcribí esa bella y dolorosa carta que dejó –era joven entonces– una muesca en mi corazón:
Mi amor, me voy antes de que te vayas tú. Me voy antes de que dejes de desearme, porque entonces solo nos quedará la ternura, y sé que no será suficiente. Me voy antes de ser desgraciada. Me voy llevando el sabor de nuestros abrazos, llevando tu olor, tu mirada, tus besos. Me voy llevando el recuerdo de los mejores años de mi vida, lo que me diste tú. Te beso infinitamente. Siempre te he amado, no he amado a nadie más. Me voy para que nunca me olvides.
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