En 1245, mediante la bula Grandi non immerito, el Papa Inocencio IV apartó del gobierno a Sancho II de Portugal sin necesidad de negarle su legitimidad dinástica, pues le bastó con declararlo rex inutilis, un rey incapaz de administrar justicia y de sostener el gobierno del reino. Sancho vio cómo el papa entregaba las riendas del reino a su propio hermano por esa incapacidad reconocida. Sánchez, en cambio, puede ser señalado hoy como un gobernante igualmente inútil y sin embargo seguir gobernando porque conserva los votos necesarios para hacerlo, y esa es precisamente la trampa de la democracia, que no impone ninguna prueba de utilidad a quien gobierna, solo la aritmética parlamentaria que lo sostiene. Hay algo casi profético en que aquel rey se llamara Sancho, porque a fuerza de sonido y de fracaso apenas le falta una sílaba para convertirse en Sánchez, el mismo apellido que hoy preside (o más bien reina) sobre este virreinato de aplazamientos permanentes que algunos ya llaman Españistán y que bien podría rebautizarse como el reino de Sánchez I, el primero de su nombre y a este paso también el último título útil que le quedará. La frontera portuguesa, por cierto, sigue trayendo cuentas pendientes a la familia, y esta vez es el hermano del presidente quien prefiere decir que vive en Portugal antes que decir dónde vive de verdad, ya condenado por la plaza pública que se creó a su medida en Badajoz. Viéndole comparecer este jueves en el Congreso resulta tentador pensar que a este presidente le bastaría con mirarse en ese espejo de 800 años para reconocer su propio retrato, el suyo y el de los suyos, un retrato que se está labrando él solo con una dedicación que en otro empeño cualquiera merecería un aplauso.
Amnesia de Estado
El problema es que la política contemporánea no funciona como el derecho canónico medieval, y en la oposición, y en buena parte del comentario político persiste un error de bulto, la ingenua creencia de que un gobernante cae por el simple peso de su propia indignidad. Aquí nadie dimite por vergüenza, aquí se cultiva el olvido con el mismo esmero con que otros cultivan un huerto, y la cosecha de este verano ha sido especialmente abundante. Ahora una jueza de la Audiencia Nacional pide a la Guardia Civil que aclare si hubo algún aviso previo a la avalancha, mientras la propia Policía aporta ya una decena de indicios que apuntan a una falta de coordinación del Ejecutivo en todo el episodio. Cuando el propio aparato del Estado empieza a documentar por escrito la incompetencia de quien lo dirige, a la oposición le basta con algo tan sencillo como leer los informes en el hemiciclo.
De la comparecencia del jueves no salió la explicación que Ceuta llevaba semanas esperando. Salió, en su lugar, un catálogo de justificaciones envuelto en el lenguaje protector de la Moncloa, con Marruecos tratado con guante de seda pese a que la pasividad de sus fuerzas fronterizas aparece recogida en informes policiales. Salió también un Gobierno más ocupado en presentar lo sucedido como un ataque a la integridad territorial que en explicar por qué el Estado fue incapaz de anticiparse a una crisis de semejante magnitud, mientras Defensa captó comunicaciones de agentes marroquíes que alertaban de una entrada masiva y en las que mandos policiales ordenaban a sus hombres no abandonar sus puestos, un material que deja sin responder qué sabía España de la situación antes de que estallara y por qué no actuó a tiempo. La pregunta, por tanto, ya no es solo qué sabía Rabat, sino también qué sabía España mientras unos se preparaban y los otros esperaban.
Solo ante su propio naufragio
No hay horizonte colectivo que ofrecer ni reforma alguna que legar. Después de siete años en la Moncloa, el Gobierno ha reducido su agenda a la gestión del día a día y a la supervivencia parlamentaria. El poder, para esta psicología del mando, ha dejado de ser una herramienta de gobierno para convertirse en una necesidad vital de supervivencia personal, y esa soledad ya no es solo doméstica, pues 22 países europeos han advertido de que políticas de regularización masiva como la española pueden actuar como factor de atracción, vinculando de paso la crisis de Ceuta con la doctrina judicial que ayudó a desencadenar el asalto a la frontera. Un presidente que consigue que hasta sus socios comunitarios le señalen con el dedo, mientras dentro de su propio Gobierno los ministros ya ni se hablan entre sí y crece el rumor de un adelanto electoral, ha dejado de gestionar una crisis para gestionar sencillamente su propia soledad. Esa soledad que le exhiben cada semana no es un accidente de la jornada, es el diagnóstico completo de una legislatura que se sostiene sola en el aire, sin red y sin nadie debajo dispuesto a sujetarla si cae.
Cuentan que a Sánchez le obsesiona cómo lo recordará la posteridad, y la respuesta a esa obsesión ya está escrita en el rastro que va dejando a su paso, más en lo que degrada que en lo que promete, más en la España que se resquebraja frontera a frontera que en la que anuncia en rueda de prensa, esa España que él prefiere no mirar hasta que ya no le queda más remedio. La historia, sin embargo, no interviene en presente para desalojar a quien se atrinchera tras los muros del Estado. Los hombres de Iglesia que intervinieron en aquel conflicto medieval contaban con una doctrina jurídica, un concilio y un papa dispuesto a convertir la incapacidad de gobernar en motivo suficiente para apartar al soberano del poder. En la España actual, el rey inútil sigue gobernando precisamente porque ha entendido, mejor que nadie, que los informes policiales tardan, que las juezas investigan despacio y que los reproches europeos se disuelven con la siguiente cumbre. Mientras eso siga funcionando, este presidente continuará administrando el tiempo como quien administra un aplazamiento que no tiene ninguna intención de que termine nunca.
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