Lo que el pueblo reclama legítimamente son elecciones inmediatas, libres y transparentes
El 3 de enero marcó un giro en la compleja historia política de Venezuela.
La detención y salida de figuras que ejercían el poder con cuestionada legitimidad, trajo un respiro de esperanza a quienes anhelábamos un cambio.
Sin embargo, ese optimismo se desvaneció rápidamente cuando actores internacionales respaldaron liderazgos que gran parte del país consideró incomprensibles y diametralmente opuestos a la verdadera renovación democrática.
Han transcurrido los meses y observamos cómo una comisión para la transición, constituida en parte por miembros de la Asamblea del 2015, prioriza, entre otros, la reestructuración del Tribunal Supremo de Justicia; un proceso que postergará el tema electoral por más de un año. En paralelo, avanzan negociaciones de petróleo y electricidad, entre otros, de enormes proporciones.
En este contexto, también genera profunda inquietud, que la representación de nuestros recursos vitales recaiga en individuos cuestionados en Venezuela y también en el exterior, carentes de la trayectoria técnica y gerencial que exige el caso, en alianzas internacionales que, por otra parte, despiertan estupor unos y desconfianza otros.
Esta dinámica vulnera la dignidad de una nación que ha resistido con estoicismo una crisis sin precedentes. Venezuela está exhausta de acuerdos a puerta cerrada y de imposiciones externas. Lo que el pueblo reclama legítimamente son elecciones inmediatas, libres y transparentes, que nos permitan elegir gobernantes que nos representen con altura, dignidad y rigor ante el mundo.
La comunidad internacional debe comprender que nuestro país no es un simple tablero de ajedrez geopolítico, sino una nación que demanda justicia y libertad. Los comicios genuinos no son una opción postergable, sino una obligación ética hacia un pueblo que ha padecido el éxodo y la precariedad extrema.
Es hora de que prevalezca el derecho inalienable de los venezolanos a decidir su futuro en las urnas, sin intermediarios espurios ni intereses foráneos. ¡Venezuela debe despertar, exigir y decidir ya!
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