Publicado por: Editorial
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Una mujer de 64 años recientemente murió al cruzar la carrera 27 con calle 51, arrollada por una motocicleta. Iba al supermercado a hacer sus compras cotidianas, pero perdió la vida por la irresponsabilidad de un conductor. Tan lamentable como la muerte de esta persona es el hecho de que, durante el primer semestre de este año, son 17 los peatones que han corrido esta trágica suerte, lo que representa aproximadamente una de cada tres muertes totales en accidentes de tránsito.
Las víctimas de esos atropellos en la vía, en su mayoría, son adultos mayores, es decir, personas con una movilidad reducida y tiempos de reacción más lentos, lo que los hace extremadamente vulnerables. En realidad, esos no son accidentes, sino consecuencias de una cultura que prioriza la velocidad y la comodidad del vehículo por encima del peatón; es la expresión de la indolencia de quienes, al volante de una moto, olvidan que comparten el espacio público con personas de carne y hueso.
Que los motociclistas sean los principales actores en estos siniestros y, a su vez, el grupo que registra la mayor tasa de mortalidad en las calles no es más que el resultado de conductas temerarias como el exceso de velocidad, el desprecio por los semáforos y las maniobras imprudentes que se han vuelto comunes en las vías urbanas. La misma imprudencia que mata a un peatón es la que, irónicamente, termina con la vida del motociclista, cuando el encuentro es con un vehículo igual o más poderoso que el suyo, todo lo cual es un verdadero drama para la ciudad.
Pero, además del factor cultural, detrás de cada muerte hay una ausencia palpable del Estado en su deber de control y disuasión, que hace que los conductores irresponsables se sientan impunes para infringir las normas de tránsito. La deficiente infraestructura vial es otro factor que convierte a la ciudad en una trampa mortal para quienes se desplazan a pie, por lo que la solución no es solo educar al motociclista, sino también mantener adecuadamente las calles para que sean espacios seguros y dignos para todos, con pasos peatonales elevados, reductores de velocidad y andenes amplios y despejados que aíslen al peatón del tráfico vehicular.
Reconocer que la motocicleta es una herramienta de trabajo fundamental para muchos hogares no es incompatible con exigir que su uso se enmarque en el más estricto respeto a la vida. Las autoridades insisten en que no buscan estigmatizar a los motociclistas, pero es imperativo también que avancen con operativos de control permanentes con los que realmente se logre sancionar a quienes infringen la ley. La reincidencia en todo tipo de conductas imprudentes solo se anula si cada infracción tiene una consecuencia tangible y disuasoria.
Como sociedad no podemos aceptar tranquilamente que una persona que camina por la ciudad corra el riesgo de no regresar a su casa, y menos aún que ese riesgo esté tan concentrado en nuestros adultos mayores. La vida de un peatón, en especial la de un anciano, no puede ponerse en vilo cada vez que pasa la puerta de su casa.
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