Muchos recordamos una tira de Mafalda en la que aquella niña lúcida y respondona pedía: «Paren el mundo, que me quiero bajar». Resulta que la tira nunca existió. Quino desmintió la frase: Mafalda no quería abandonar el mundo, quería que el mundo mejorase. Quizá por eso conviene recuperarla ahora, aunque sea apócrifa en el mundo de las noticias falsas.
Este verano de 2026 está consiguiendo que más de uno busque el freno de emergencia.
En Aragón, hemos visto arder el paisaje con una insistencia que ya no permite hablar simplemente de mala suerte. Tamarite, Leciñena, Orés, Ejulve, Las Peñas de Riglos… incluso el monasterio de San Juan de la Peña, entorno tan poético en mi experiencia. Nombres que durante días dejaron de ser lugares para convertirse en partes de guerra. Miles de hectáreas calcinadas, pueblos desalojados, vecinos pendientes del viento y del humo, la Historia de Aragón amenazada por las llamas. A la vez, los bomberos forestales han terminado en huelga reclamando más medios y mejores condiciones. Y en Calatorao murieron un bombero y un trabajador durante el incendio de un taller. El calor extremo dejaba su huella en la salud, mientras la sequía vaciaba cauces y las tormentas y el pedrisco castigaban el campo.
Uno mira entonces fuera de Aragón buscando consuelo y comete el error del principiante.
Europa también arde. Las sucesivas olas de calor, los incendios y la sequía han extendido sus efectos por el continente. Gaza continúa contando muertos, incluso niños, pese a una paz que nunca acaba de parecerse a la paz. Ucrania sigue sumando drones, misiles, soldados y funerales en una guerra a la que ya hemos hecho hueco en la costumbre. Sudán continúa atrapado en una de las mayores crisis humanitarias del planeta. Y nosotros seguimos desayunando titulares como quien consulta la previsión meteorológica. Ah, y Ceuta también arde. Sin fuego y con partidos jugando al tenis.
Por si el zaragocista necesitaba una aportación doméstica al desastre universal, vemos al equipo de los amores arrastrarse por Tercera División. Conviene mantener las proporciones, no exageremos: un descenso no es una guerra, ni un incendio, ni una muerte. Pero hay veranos que ni siquiera respetan el derecho al pequeño refugio de los domingos. Hasta el fútbol parece haberse apuntado a la metáfora.
Y aquí aparece la pregunta incómoda.
No todo lo malo que ocurre es culpa de un gobierno. Un rayo no vota, el calor no milita, una sequía no tiene carné de partido y la condición humana inventaba guerras mucho antes de las ruedas de prensa. Pero los gobiernos deciden cuánto se previene, cuántos medios existen, qué prioridades se financian, qué conflictos se alimentan o se intentan detener y cuánto tiempo se dedica a solucionar problemas frente al que se emplea en administrar culpas.
La cuestión no es si debemos parar el mundo. Fijemos la mirada en quién lo conduce y hacia dónde.
Y queda una pregunta en el aire: ¿querríamos bajarnos porque el mundo se ha vuelto inevitablemente peor o porque demasiadas gestiones políticas nefastas llevan demasiado tiempo empujándolo cuesta abajo?
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