Antes de convertirse en un caso judicial, la historia detrás del documental de Netflix, Un hijo propio, fue una historia de pérdida. Eleonor Alejandra Marín Mendoza fingió y sostuvo durante meses que estaba embarazada; había sufrido varias pérdidas gestacionales. En junio de 2009, salió del Hospital General de México con una recién nacida que no era suya. El caso terminó en una condena de más de 13 años.
De acuerdo con los más recientes datos del INEGI, en 2024 ocurrieron en México 22 mil 31 muertes fetales –81.8% antes del parto, 16.8% durante el parto, y 1.4% no se especificó– y se estima que una de cada cuatro gestaciones termina en pérdida. Aun así, el duelo perinatal sigue sin reconocimiento social pleno: a diferencia de otras muertes, no existe un funeral colectivo para despedir a un feto, no hay permiso laboral estandarizado para procesarlo y, si lo piensas, ni siquiera hay una palabra para nombrarlo. Mientras el embarazo se celebra públicamente desde el primer momento, la pérdida se vive puertas adentro, casi en secreto y muchas veces atravesada por sentimientos de vergüenza y culpa.
Ahí es donde el caso de Alejandra obliga a una reflexión incómoda. No se trata de justificar el delito ni de exculparlo por vía del sufrimiento; hubo una mala decisión y se sostienen las consecuencias penales en su contra. Pero podemos mirar otra arista del problema, más allá del escándalo criminal porque la historia no empieza con el secuestro sino con años de anhelo maternal, presión reproductiva y duelo no resuelto.
Lo que el documental dirigido por Maite Alberdi expone, más allá del caso particular de Alejandra, es una pregunta estructural: ¿qué espacio real tienen las mujeres para decir 'perdí a mi bebé', sin que eso se lea como una falla propia? La maternidad convertida en mandato y la infertilidad o la pérdida traducidas en fracaso personal son una pesada carga que solo quienes la han vivido entienden.
Nombrar el duelo gestacional es parte de abrir alternativas para sanar esa herida a tiempo. En Ola Violeta abrimos un espacio seguro de acompañamiento, convencidas de que el deseo de un hijo propio no debería costarle la salud mental a nadie. Una de las tareas más humanas frente a una mujer en ese duelo es dejar de animarla a intentarlo de nuevo y empezar a preguntarle cómo está. Promovamos que nazca en ella el permiso para llorar.
Por María Elena Esparza Guevara
@MaElenaEsparza
PAL
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