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Juan Arza

Morir de buenos

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Cualquiera que haya viajado en avión recordará una de las instrucciones de seguridad que el personal de cabina da antes del despegue: en caso de despresurización debemos colocarnos primero nuestra propia máscara de oxígeno. Si, movidos por una suerte de altruismo o heroicidad, intentáramos primero ayudar a los demás, correríamos el riesgo de perder el conocimiento. Esa imagen se me viene a la cabeza cada vez que observo a alguien defender la acogida de inmigrantes sin considerar el impacto económico, social y cultural que una inmigración masiva puede tener sobre la sociedad receptora. Si España empobrece, su Estado de Bienestar colapsa y su convivencia se deteriora, acabará dejando de ser un Estado útil para sus propios ciudadanos, para los inmigrantes, y para otros países que se benefician del comercio y la ayuda humanitaria. El psicólogo evolucionista canadiense Gad Saad ha publicado recientemente Suicidal Empathy: Dying to Be Kind (Empatía suicida: la compasión que mata), obra en la que sostiene que la empatía, una cualidad noble y necesaria, puede convertirse en una fuerza autodestructiva cuando se desvincula de la razón y del análisis de las consecuencias. La compasión, la tolerancia o la acogida se transforman entonces en principios absolutos que deben aplicarse independientemente de sus resultados. Autores como Francesc Moreno, Marcos Ondarra, o Víctor Lenore en este mismo medio se han hecho eco de la obra y han expuesto cómo nos ayuda a entender algunos debates políticos actuales. La inmigración es precisamente uno de los ejemplos que Saad utiliza. Nuestra psicología reacciona poderosamente ante el sufrimiento de personas concretas, pero una política pública no puede construirse exclusivamente sobre esa reacción emocional. Debe preguntarse también cuántas personas puede integrar una sociedad, qué efectos económicos y sociales produce su llegada, qué incentivos genera y hasta qué punto quienes llegan comparten o aceptan los principios fundamentales de la sociedad de acogida. La caridad y la justicia El obispo Robert Barron ha comentado recientemente el libro de Saad en su programa Word on Fire. Barron coincide sustancialmente con Saad, pero añade una distinción específicamente cristiana: empatía y caridad cristiana no son lo mismo. Siguiendo la tradición tomista, amar significa querer el bien del otro. Y querer su bien no equivale necesariamente a evitarle cualquier sufrimiento, satisfacer sus deseos o aprobar sus decisiones. La auténtica caridad debe estar ordenada por la verdad, la justicia y la prudencia. En el caso de la inmigración, a la cuestión moral se añaden dimensiones económicas y políticas más prosaicas. Alrededor de la inmigración se ha desarrollado en España una estructura asistencial cada vez más extensa, que emplea a decenas de miles de personas y consume cientos sino miles de millones de euros. Una estructura de semejantes dimensiones genera inevitablemente inercias e intereses propios. Un número creciente de españoles, altamente politizados y movilizados, vive del problema y no está interesado en que éste se acabe. Por otra parte, una izquierda en declive ha creído encontrar en las comunidades islámicas un caladero de votos y el perfecto aliado para sus cruzadas culturales. ¿Qué puede unir a quienes enarbolan la bandera feminista o LGTBI y quienes defienden el uso del velo y la aplicación de la sharía? La fantasía multicultural es irrealizable, un mero trampantojo que esconde los intereses de quienes están interesados en la destrucción de la sociedad occidental de base cristiana. El marco mental de la izquierda Los tres factores que estamos describiendo —la moral suicida, los intereses económico-laborales y el sucio cálculo político— están presentes en la crisis migratoria de Ceuta. Ni los partidos de derechas ni, especialmente, la Iglesia católica deberían dejarse arrastrar por un marco mental que identifica control migratorio con dureza de corazón y falta de humanidad. Al contrario: deben esforzarse por ofrecer una alternativa coherente y realista. España tiene derecho a controlar sus fronteras, decidir cuántas personas puede acoger y exigir a quienes se establecen en ella el respeto de su cultura y leyes. Rechazar la inmigración ilegal masiva y combatir las ideologías incompatibles con esos principios no supone renunciar a la compasión. Supone comprender que para poder ayudar a otros debemos seguir respirando.
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