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Remedios Sánchez

Pedro y el relato

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Hubo un tiempo remoto en el que la historia de las comunidades se construía mediante relatos que incorporaban a la memoria colectiva los fundamentos sobre ... los que se asentaban sus orígenes, sus figuras más relevantes y aquellos acontecimientos que marcaban su tradición. Siempre poseían una clara intencionalidad didáctica: aportaban patrones éticos de conducta y explicaban cómo debían interpretarse los misterios del mundo en cada sociedad concreta. Es decir que, cuando llegaba la noche, los ancianos tomaban la palabra alrededor del fuego, mientras adultos y niños escuchaban con atención, sabiendo que iban a revelarles las esencias de su experiencia como herramienta para salvaguardar la identidad grupal y construir valores con afán de eternidad. Atendiendo a esto, era imprescindible cuidar tanto la veracidad de aquellos relatos como su credibilidad, esa honorabilidad que debe rodear a quienes demuestran con hechos que sirven a los intereses comunes. Pero resulta que el modelo ha ido degenerando progresivamente hasta el momento presente, en el que el relato de demasiados líderes actuales no se basa ni en el conocimiento ni en la voluntad de servicio. Es el pueblo quien tiene que explicarles lo que sucede; por ejemplo, en Ceuta. Y lo que sucede es que el vecino del sur ambiciona apropiarse de un territorio español y utiliza como arma arrojadiza a su propia gente; en concreto, a las 80.000 personas que cruzaron la frontera para aposentarse en una ciudad de 19,5 km² que es crisol de culturas y ejemplo de armonía fraterna para quienes hemos tenido la suerte de vivir allí. Fuera de discusión quedan dos premisas incuestionables en relación con los ceutíes: la primera, su secular españolidad; pocos ciudadanos sienten tanto su nación como los caballas. La segunda, que Marruecos es responsable, por acción u omisión, de la avalancha que tomó sus calles ante la indolencia de la Moncloa, que hace como que no se entera de por dónde le da el aire. Porque es imposible creer que ochenta mil individuos se desplazaran por medio reino alauita sin la aquiescencia de sus autoridades. Por eso se ha quedado solo Pedro Sánchez, el hombre que dinamitó el PSOE para convertirlo en este sanchismo desatado y obtuso, arrinconado el sentido común que representan quienes quisieron limitar su poder omnímodo. Ahora el Presidente, sostenido únicamente por sus últimos palmeros, se enroca en hilvanar un discurso en el que ha pasado de calificar la incursión como «violación de la integridad territorial», antes de marcharse de vacaciones, a afirmar después que no existen pruebas de colaboración marroquí. Seguramente sea el único que lo piensa, y ahí radica el problema: en que estas explicaciones erráticas, totalmente ilógicas, evidencian su incapacidad para gestionar el conflicto y una nula sensibilidad hacia los ceutíes, que soportan esta invasión de miles de personas ocupando ilegalmente, desde hace semanas, cada milímetro de su tierra. Porque no perdamos la perspectiva: la crisis humanitaria se ha producido después, y precisamente a causa de la pésima gestión, porque literalmente no hay espacio. El traslado a la península, exceptuando a las menores sin arraigo, tampoco constituye una solución cuando hablamos de Marruecos, un país que busca, sencilla y llanamente, desestabilizar España para cambiar la linde. Tolerarlo implicaría agrandar el desafío. Lo primero que debería hacer Sánchez es reconocerlo, porque, fuera de eso, no hay relato que se sostenga. Es un cuento ridículo que ya no se cree nadie.
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