Lo que sí nos parece que no tuvo razón de ser fue la exhibición que hizo el presidente de la República al caminar en medio de los cadáveres de los combatientes que fueron dados de baja. Sófocles escribió Antígona para poner de presente varios dilemas que representan el conflicto entre lo correcto y lo legal.
La paz total fue un total fracaso, más dedicado a apagar incendios que a lograr una política que encaminada a desarmar los grupos y a brindar seguridad a las regiones. De ahí que sea sensato que el nuevo Gobierno dé por terminado ese capítulo. El profesor Eduardo Pizarro Leongómez en su libro El fracaso de la paz total, en el que analiza muy bien los puntos comunes entre diferentes procesos de paz que no han llegado a buen puerto en el país, concluye que la idea de Petro de dialogar con por lo menos nueve grupos demostró la falta de un plan estructurado que estableciera un esfuerzo de priorización estratégica y por eso nunca hubo claridad. Tan mal como empezó, terminó ese esfuerzo de paz.
Acabar con ese mal llamado proceso fue una promesa de la campaña de Abelardo de la Espriella a la Presidencia. Por eso, no sorprende su decisión, como tampoco la ofensiva que ha querido liderar con el uso de bombardeos y otras acciones para atacar a grupos armados y debilitarlos, en lo que ya logra resultados. Sin embargo, como le pasó a Iván Duque y al mismo Gustavo Petro, la presencia de combatientes menores de edad, que terminan atrapados por las bombas, ha puesto en aprietos la estrategia.
Como lo hemos dicho, el primer responsable por la presencia de menores con armas es el reclutador. Contra ellos deben dirigirse la crítica, porque precisamente convierten en víctimas a estos menores de edad al ponerlos como carne de cañón. El Estado debe procurar que sean protegidos, pero también sabemos que en el fragor de la guerra en ocasiones no hay oportunidad de sopesar todos los elementos, y por eso lo lamentable es vivir en conflicto armado permanente.
Lo que sí nos parece que no tuvo razón de ser fue la exhibición que hizo el presidente de la República al caminar en medio de los cadáveres de los combatientes que fueron dados de baja. Sófocles escribió Antígona para poner de presente varios dilemas que representan el conflicto entre lo correcto y lo legal, o para ponerlo en términos de ese entonces, el dictamen de los dioses o el dictamen de los hombres. En esa tragedia griega hay también un fondo importantísimo que habla del respeto que se debe a los muertos. Que los grupos armados cometen todo tipo de fechorías y no respetan derecho alguno es igualmente cierto, pero el Estado debe procurar respeto por la dignidad de todos los colombianos, incluso de los que no se lo han ganado.
El presidente de la República hace bien en pasar a la ofensiva y cumplir su promesa de ser duro con todo aquel que levanta las armas contra el Estado, y está bien que dé cuenta de los resultados, pero no son necesarios exhibicionismos. Como nos recuerda Hannah Arendt, los seres humanos pueden hacer realidad diabólicas fantasías sin que el cielo se caiga o la tierra se abra, y en eso estriba la banalidad del mal. El Estado debe actuar con cabeza fría y lejos de esa banalidad, de ese performance que le resta severidad a un asunto tan serio como la guerra, que cobra la vida día a día de colombianos humildes.
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