Es 8 de septiembre, un día en el que Extremadura se mira a sí misma y se reconoce. Un día para preguntarnos, sin solemnidad impostada, qué significa haber nacido aquí o haber elegido empezar aquí un proyecto de vida, y por qué a tantos, estemos donde estemos, se nos ensancha el pecho al pronunciar el nombre de esta región. Una fecha en la que cabe lo que fuimos, lo que somos y lo que estamos decididos a ser.
Nuestra bandera también se lee como se lee una vida. En el verde veo los campos y las dehesas, la encina que da sombra y sustento, la esperanza de quien siembra sabiendo que la cosecha llega despacio. En el blanco, la cal de nuestros pueblos, la hospitalidad y la honradez de su gente. Y en el negro, la tierra honda y la memoria de quienes un día salieron a buscarse la vida y jamás dejaron de llamar «casa» a estos horizontes. Tres colores para nombrar algo que apenas cabe en las palabras: el orgullo de ser extremeños.
Y a Extremadura, para entenderla del todo, hay que caminarla. Porque está en el blanco extenso de los cerezos del Jerte cuando irrumpe la primavera. Está en la llanura inabarcable de La Serena, en los viñedos y olivares de Tierra de Barros, en el Tajo y el Guadiana abriéndose paso hacia el Atlántico. Está en la piedra dorada de Cáceres y de Trujillo, en los teatros y los templos que Roma nos dejó en Mérida. Está, sobre todo, en su gente: hecha a la paciencia de la tierra, capaz de darlo todo por quien llama a su puerta. Ese es nuestro verdadero patrimonio, y ese patrimonio se cuida.
Ese orgullo tiene, además, un rostro y un nombre. El 8 de septiembre es también el día de Nuestra Señora de Santa María de Guadalupe, patrona de Extremadura y coronada Reina de la Hispanidad. Desde su Real Monasterio, en la sierra de las Villuercas —joya declarada Patrimonio de la Humanidad—, esta tierra se hizo más ancha que sus propias fronteras: entre aquellos muros se fraguaron decisiones que abrieron el mundo, y de allí partió una devoción que cruzó el océano y echó raíces en pueblos que todavía hoy nos sienten como hermanos. Para todos, Guadalupe es punto de encuentro y seña común. En tiempos de tanto ruido, la Virgen morena nos recuerda que somos, antes que ninguna otra cosa, una casa compartida.
La Hispanidad nos pertenece por derecho propio. De Trujillo y de Medellín, de Jerez de los Caballeros y de tantas villas de nombre humilde, salieron hombres y mujeres que se echaron a un mar que parecía inescrutable, remontaron ríos que nadie había nombrado y llegaron a asomarse a un océano nuevo. Con ellos viajaron nuestra lengua, nuestras costumbres y nuestra fe, que hoy comparten cientos de millones de personas al otro lado del Atlántico.
Y todo ello lo recordamos sin soberbia y sin complejos, con la serenidad de quien sabe muy bien de dónde viene y adónde quiere ir. Aquella Extremadura, pobre en recursos, fue inmensamente generosa con el mundo; nos corresponde ahora estar a la altura de esa herencia.
El futuro de una región se construye día a día, sin atajos y con la mirada puesta en lo esencial
Porque la Extremadura de la historia mira al futuro con esa misma determinación. Amar esta tierra es trabajar para que nadie se vea obligado a marcharse de ella para prosperar. Es cuidar los servicios públicos, es defender una educación que abra puertas, llevar oportunidades y vida hasta el último rincón, dar dignidad y voz al medio rural, acompañar a quienes crean empleo y sostienen nuestros pueblos y ciudades—autónomos, agricultores y ganaderos, la industria que decide instalarse aquí— y abrir camino para que los jóvenes encuentren el porvenir que antes estaban obligados a buscar lejos. Lo hacemos sin estridencias, cada uno cumpliendo con lo que le corresponde, con la certeza de que a Extremadura se la sirve con hechos y con respeto, y de que el futuro de una región se construye día a día, sin atajos y con la mirada puesta en lo esencial.
Y una tierra que se quiere bien necesita también quien la cuente bien. Por eso saludo con afecto la invitación de La Portada de Extremadura. Extremadura necesita un periodismo plural, riguroso y comprometido con los hechos. Capaz de mirar de frente lo que ocurre sin renunciar al cariño por lo propio. La salud de una comunidad se mide también por la calidad de sus voces, por su libertad, por su rigor, por la forma en que se comparte un proyecto común y se defiende desde distintas perspectivas.
Cada 8 de septiembre nos invade la ilusión y el recuerdo, y renovamos también nuestro compromiso con Extremadura. Como el que demostraron quienes labraron estos campos con las manos agrietadas. Como el de quien sostiene hoy a quien levanta una empresa, cuida a un enfermo, da clase en una escuela rural, atiende un huerto o abre cada mañana la persiana de su negocio. Para todos ellos, a los que siguen aquí y a los que nos representan lejos sin olvidar de dónde son, mi profundo agradecimiento.
Feliz Día de Extremadura. Que el verde, el blanco y el negro sigan ondeando allí donde lata un corazón extremeño.
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