Puente sobre el río Tambre. PACO RODRÍGUEZ
Pasé unos días en mi pueblo. Volver a mi casa natal, pasear por la huerta o sentarme a la sombra de la vieja parra de toda la vida, reconforta el ánimo. Sin embargo, acercarme hasta el viejo río Tambre recorriendo viejos senderos, me confunde los recuerdos, porque los mismos caminos ya no llevan a los mismos sitios. «El río no cambia, lo que cambia es el paisaje que lo rodea», dejó escrito el poeta latino Virgilio. Pero aquí cambió todo, porque hasta el río va más lento y sediento de agua. Y cambiado encontré también al pueblo cuando lo recorrí en una mañana calurosa. Resultó una confrontación extraña entre el mundo real que tenía delante y el virtual que sigue viviendo en mi memoria. Y los dos tienen ya muy poco que ver. Es el trabajo del tiempo que de forma inexorable lo ha ido cambiando. Cambió el paisaje urbanístico porque el pueblo creció por el asentamiento de muchas familias que en él encontraron trabajo. Estuve paseando por calles que me cuesta reconocer, con edificios de cuatro plantas, todos iguales, levantados en donde antes había unas casas unifamiliares (bajo y primer piso, de piedra, con dos balcones al frente) que aportaban buen gusto y un estilo propio. Entiendo el crecimiento, lo que no comprendo es que, para construir lo nuevo, haya que destruir lo antiguo sin tener en cuenta su valía y el testimonio arquitectónico de una época. Además, en esas casas vivían amigos, familiares, vecinos de toda la vida, en las que podías entrar, pues las puertas estaban siempre abiertas en la confianza de la vecindad. Y había pequeños comercios y negocios, que se sucedían en las dos calles principales: la panadería, el ultramarinos, la barbería, la tienda donde comprábamos los chistes, la zapatería, el bar, centro social inevitable... Los vecinos eran siempre los mismos, conocías sus nombres, vidas y milagros. Veíamos cómo envejecían y sentíamos pena cuando morían. Se iban con la humildad con que vivieron y, es curioso, dejaban un hueco en la vida colectiva del pueblo.
En este paseo por esas calles que uno ya no controla porque tampoco tienen mayor interés, me voy cruzando con gente que no conozco. Algunos me saludan y contesto sin saber a quién: posiblemente sean hijos o nietos de amigos o antiguos vecinos, porque los conocidos de siempre escasean, lo que me produce una sensación frustrante, como la de sentirte forastero en tu propia tierra. Por momentos tengo la impresión de que las personas de mi generación nos encontramos como cogidos a contra pie entre el peso de la memoria del pasado y la voluntad de adaptarnos al presente. Como si el corazón y la nostalgia mirasen hacia atrás, mientras que el entendimiento trata de entender y ordenar la realidad del presente. Pasa en muchos órdenes de la vida, pero se acentúa cuando se trata del lugar donde has nacido y donde pasaste tu niñez y juventud. Y en mi caso, lo que no puedo dejar de sentir es la nostalgia por aquel mundo sencillo y austero que conocí en mi pueblo, cuando el tener poco era lo común, pero era más que suficiente.
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