A fines del siglo XX comenzó la transición y alternancia política en México. La dictadura perfecta no quería dejar el poder que ostentó durante 70 años, pero la presión social acumulada por décadas de abusos y pifias monumentales —como las matanzas de Tlatelolco, del Jueves de Corpus, de Tlatlaya, Aguas Blancas o la incompetencia gubernamental mostrada durante el terremoto de 1985— era tal, que el PRI tuvo que ir concediendo espacios de poder a la oposición y a la sociedad civil hasta llegar a la alternancia en la Presidencia en el año 2000. Esto no fue gratuito, costó la vida de muchos mexicanos, con miles de perseguidos, encarcelados, exiliados y destrozados por sus ideas, ideales, denuncia de injusticias o simplemente por buscar un mejor país que dejarle a sus hijos.
La apertura que llegó con los gobiernos de Zedillo, Fox y Calderón buscaba la inclusión de todos los mexicanos y las salvaguardas que tanto necesitaba la incipiente democracia: órganos autónomos como el IFE (ahora INE) que protegería el voto de los ciudadanos, el Inai, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el IFT y muchos más, privilegiando la independencia de la Suprema Corte de Justicia y el Congreso, implementando candados para evitar abusos de poder. Rompiendo la tradición priista, el presidente no eligió a su sucesor, el PAN tuvo elecciones internas que Calderón ganó sobre el candidato de Fox (quien apoyaba a Santiago Creel) y siguieron los cambios democráticos. Disminuyeron las presiones a periodistas, activistas y pensadores que criticaban al gobierno en turno. Incluso se podían hacer chistes e imitaciones del presidente, la primera dama, el gabinete y todos los políticos en programas de TV que fortalecieron la libertad de expresión, aun a costa de los enojos de los aludidos.
Dentro de esta ecuación de políticos de viejo y nuevo pedigree, hubo uno que siempre quedó fuera de los partidos donde militó: Andrés Manuel López Obrador. En el PRI lo hacían siempre a un lado por no tener la cultura, nombre o reconocimiento necesarios para subir escalafones en el partido, aunque era evidente su poder de convocatoria, sobre todo en las clases sociales más necesitadas. Su resentimiento lo llevó a sublevarse contra las élites de su partido utilizando la presión social para obtener a la fuerza lo que no pudo a la buena: la candidatura a la gobernatura. Eventualmente, por la imposibilidad de alcanzar lo que él pensaba que era su derecho, abandonó al partido siguiendo a Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de un expresidente y quien fundó el Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (FCRN) —partido formado por inconformes priistas, personas de izquierda y algunos valiosos mexicanos que buscaban alternativas políticas que beneficiaran a las masas. Las elecciones de 1988 fueron un fraude monumental al ocurrir una supuesta 'caída' de los sistemas de cómputo cuando a la cabeza iba Cárdenas en los primeros conteos. Finalmente, se declararía ganador al candidato oficial, Salinas de Gortari. El lugar del FCRN lo tomó el naciente Partido de la Revolución Democrática (PRD), una alianza de 'tribus' (como ellos mismos se llamaban) que mostraban sus divisiones personales o ideológicas hasta que López Obrador se impuso como su integrante con más posibilidades de llegar al poder. Compitió y fue elegido jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, consolidando la influencia de la izquierda en la capital y convirtiéndose en el contrapeso y contrincante principal del presidente Fox.
Una vez que AMLO llegó al poder, ha hecho todo lo necesario para no soltarlo, convirtiendo al país en un remedo de democracia donde su partido tiene capturada no sólo la Presidencia, sino el Congreso, la SCJN, el TEPJF, el INE y se ha asegurado de preservar ese control al tener en la bolsa a las Fuerzas Armadas, que nunca antes en la historia moderna habían tenido tanta influencia en la vida diaria del país.
Como lo pronosticó Calderón en un discurso durante su presidencia, cuando el gobierno decide no meterse con la delincuencia, los criminales se adueñan del país. Ha llegado ese día en que el crimen organizado domina por lo menos un tercio del país, gracias a la política de 'abrazos, no balazos' y al contubernio de decenas de políticos, en especial morenistas, que son protegidos desde Palacio Nacional. El entramado ya es tan grande que parece imposible salir de él.
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