No se dejen engañar: el año nuevo no comienza en enero, sino en septiembre. Y es por eso mismo, por no tener en cuenta esta eterna certeza, que los propósitos de cara a enero no siempre agarran: porque diciembre culmina en la agotadora cima de lo festivo, y a ver quién tiene arrestos para arrancar con la tan proclamada trama de las buenas intenciones tras el jolgorio de las doce campanadas, en plena cuestaza de enero, cuando el cuerpo no pide más que depurativos frente al mono de los excesos y la tarjeta del banco te canta por soleares.
Septiembre, sin embargo, pinta de otra manera. Septiembre siempre será el inicio de curso y, por consiguiente, el inicio del año y de las esperanzas ciertas, que diría San Francisco. Porque uno podrá cumplir cincuenta años, tener hipoteca, colesterol, una carpeta llena de facturas y otra, metafórica, repleta de asuntos que preferiría no abrir; pero llega septiembre y algo remoto se despereza por dentro. Será memoria genética o, simplemente, que muchos llevamos media vida domesticados por los calendarios académicos, pero septiembre conserva todavía aquel olor a cuaderno nuevo, a lápices afilados y a libros recién forrados. Hasta el adulto más descreído siente por estas fechas la sospecha de que quizá aún esté a tiempo de empezar de nuevo.
Y ésa es, amigos míos, la gran diferencia. Que mientras enero exige, septiembre invita. En enero hay que adelgazar, dejar de fumar, aprender inglés, apuntarse al gimnasio y tomarse al día dos litros de agua, cuatro piezas de fruta, diez nueces, el vasito de vino, el limón en ayunas, un puñado de bayas de goji, la creatina, la proteína y la pamplina; y todo ello, a saber, para convertirnos en quién sabe qué antes de que llegue febrero. De locos, bro, en plan, literal.
Septiembre, en cambio, propone objetivos más modestos y por eso, quizá, más humanos: ordenar la mesa, retomar aquel libro, volver a marcar el número de teléfono de ella, o de él, acariciar nuevamente la guitarra, acostarnos un poco antes, comer algo menos y arreglar no sólo el armario, sino también, y a ser posible, la agenda, las intenciones y la conciencia. Luego, naturalmente, la vida hará a cada cual lo que tenga o no que decir.
Y a mediados de octubre habrá cuadernos con las primeras hojas arrancadas, dietas que sucumbieron, agendas con tachones y despedidas inevitables, pero también abrazos sorpresivos, encuentros inesperados y horizontes esperanzados. Es ley de vida. Conviene asumirlo antes de que los gurús de la productividad nos hagan sentir culpables por no levantarnos a las cinco de la mañana para meditar, correr diez kilómetros, leer a Joyce y preparar gachas de avena mientras el resto de los mortales buscamos a tientas el botón de la cafetera.
Y es que, quizá, el problema no esté en fracasar de vez en cuando, sino en la absurda pretensión de convertirnos cada cierto tiempo en alguien distinto.
Nos han vendido que mejorar consiste en reinventarse. Y no. A determinadas alturas de la película uno ya debería saber que hay materiales que vienen de fábrica. Y con ese equipaje habrá que hacer el viaje. La cuestión no consiste en arrojarlo por la borda cada septiembre, sino en aprender a colocarlo mejor en el maletero de la propia vida para que no nos aplaste en los traqueteos de la primera curva.
Pudiera ser que madurar, tal vez, sea precisamente eso: abandonar la fantasía de empezar de cero y aceptar la posibilidad, mucho más humilde y verdadera, de empezar desde donde estamos. Con nuestras derrotas incluidas.
Por eso me gusta septiembre. Porque tiene algo de segunda oportunidad sin necesidad de fingir que la primera no existió. El verano se retira despacio, los días comienzan a encogerse y regresamos a nuestras mesas, oficinas, colegios y obligaciones con esa suerte de digna resignación tan propia del soldado que retorna al frente sabiendo perfectamente lo que le espera. Pero, en todo caso, regresamos. Y eso, como diría Rajoy, no es cosa menor, es cosa mayor.
Quizá porque las cosas importantes suelen comenzar así: sin ruido, con un cuaderno en blanco delante y con la modesta esperanza de comenzar a escribir, tal vez una vez más y por donde lo dejamos, las páginas de la propia vida.
(0)Comments